La comunidad internacional (1/3)
El Compendio parte de que las narraciones bíblicas de los orígenes muestran la unidad del género humano, con lo cual sienta ya la base sobre la que después se construirá la reflexión acerca de la Comunidad Internacional: el Dios de Israel es Señor de la historia y del cosmos, y su acción abarca «todo el mundo y la entera familia humana» a la cual está destinada la obra de la creación. El hecho de que Dios haya hecho al hombre «a su imagen y semejanza» (Gn 1,26-27) le confiere una dignidad única que se extiende «a todas las generaciones» y «sobre toda la tierra», es decir, a todos los pueblos que después formarán esa comunidad de naciones. El ser humano, además, no fue creado aislado, sino en un contexto donde son parte integrante el espacio vital, el alimento, el trabajo y, sobre todo, la comunidad.
La alianza con Noé confirma que Dios quiere mantener para toda la comunidad humana la bendición de la fecundidad y la absoluta dignidad de la vida, no obstante la violencia y la injusticia introducidas por el pecado. El Génesis presenta con admiración «la variedad de los pueblos», obra de la acción creadora de Dios, pero al mismo tiempo el episodio de la torre de Babel estigmatiza el rechazo por parte del hombre de su condición de criatura: en el plan divino, todos los pueblos tenían «un mismo lenguaje e idénticas palabras» (Gn 11,1), pero los hombres se dividen, «dando la espalda al Creador» (Gn 11,4). Este episodio marca, dentro del texto, el origen bíblico de la fragmentación de los pueblos que la futura comunidad internacional está llamada a superar. Frente a ello, la alianza con Abraham, elegido «padre de una muchedumbre de pueblos» (Gn 17,4), abre el camino para la reunificación de la familia humana, y los Profetas anunciarán para el tiempo escatológico «la peregrinación de los pueblos al templo del Señor» y una era de paz entre las Naciones.
Jesucristo es prototipo y fundamento de esa nueva humanidad reunificada: en la Cruz «todas las barreras de enemistad han sido derribadas» y las diferencias raciales y culturales dejan de ser motivo de división para quienes viven en Cristo. El Compendio subraya que, desde Pentecostés, cuando la Resurrección fue anunciada a los diversos pueblos y «comprendida por cada uno en su propia lengua» (Hch 2,6), la Iglesia cumple la misión de «restaurar y testimoniar la unidad perdida en Babel»: el texto establece así explícitamente el paralelismo entre la dispersión narrada en Génesis y la reunificación de los pueblos iniciada en Pentecostés, como fundamento de la vocación de la Iglesia hacia la comunidad de las naciones.
Por ello, el mensaje cristiano ofrece una visión universal que hace comprender la unidad de la familia humana, unidad que no se construye «con la fuerza de las armas, del terror o de la prepotencia», sino que es reflejo de la comunión trinitaria y conquista de la libertad. El Compendio cita a Juan XXIII: «ninguna época podrá borrar la unidad social de los hombres, puesto que consta de individuos que poseen con igual derecho una misma dignidad natural» (n. 432), afirmando que los pueblos se orientan hacia la cooperación porque libremente se reconocen «miembros vivos de la gran comunidad mundial» — fórmula con la que el texto religa directamente estos fundamentos bíblicos con la noción misma de Comunidad Internacional que desarrollará el resto del capítulo.