Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base
Fecha: 03/09/2026
Frase: “¿Qué dice Cristo mismo? Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. ¡Gracias Señor! porque donde hay una comunidad que se pone a reflexionar en tu palabras, con sinceridad religiosa, allí estás Tú, Cristo bendito, liberador de los hombres. Cómo no me va a llenar el corazón de esperanza una Iglesia, donde florecen las comunidades eclesiales de base. Y por qué no voy a pedir a mis queridos hermanos sacerdotes que hagan florecer comunidades por todas partes: en los barrios, en los cantones, en las familias. Porque donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí está el signo sacramental. Aquí la Catedral es ahora presencia de Cristo. El protagonista de esta mañana es Cristo Nuestro Señor. El está dándonos testimonio, de que no sólo la hostia consagrada, sino todos ustedes y yo formando una comunidad; y allá donde un grupo de cristianos, en tomo del aparato receptor de su radio, están meditando esta palabra, como palabra de Dios, allí está Cristo, aquí está Cristo. ¡Bendito sea Dios que no vamos solos!” (San Óscar Romero, 10 de septiembre 1978)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
• Ez 33, 7-9. Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre.
• Sal 94. Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».
• Rm 13, 8-10. La plenitud de la ley es el amor.
• Mt 18, 15-20. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.
¿Qué pasa hoy en nuestra sociedad cuando alguien comete un error: se le ayuda a corregirse o se le expone y cancela públicamente? ¿Cómo se suelen resolver los problemas?
2. Catequesis (Juzgar)
El evangelio de este domingo (Mt 18,15-20) pertenece al cuarto de los cinco grandes discursos que estructuran el primer evangelio. San Mateo cierra cada uno con la misma fórmula, «cuando Jesús acabó estas palabras» (Mt 7,28; 11,1; 13,53; 19,1; 26,1), y ese recurso divide el libro en cinco bloques. Al cuarto (Mt 18) la tradición lo denomina discurso eclesial o discurso de la vida de la Iglesia. Los otros cuatro miran hacia fuera: a la multitud, a los enviados, al mundo, al fin de los tiempos. Este mira hacia dentro y regula el trato de los cristianos entre sí.
Conviene reconstruir el trayecto recorrido desde la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo (Mt 16,13-20), donde el Señor prometió edificar su Iglesia y entregó a Pedro las llaves del Reino. Siguieron el primer anuncio de la pasión y la condición del discípulo (Mt 16,21-27), la Transfiguración (Mt 17,1-9), el segundo anuncio (Mt 17,22-23) y el episodio del impuesto del templo (Mt 17,24-27), donde Jesús paga sin estar obligado, «para no escandalizarlos» (Mt 17,27).
El capítulo 18 se abre con la pregunta de los discípulos acerca de quién es el más grande (Mt 18,1). Jesús responde colocando un niño en medio de ellos (Mt 18,2-5), advierte con severidad contra el escándalo de los pequeños (Mt 18,6-9) y narra la parábola de la oveja extraviada (Mt 18,12-14), cuya conclusión es esta: «no es voluntad del Padre de ustedes, que está en los cielos, que se pierda uno solo de estos pequeños» (Mt 18,14). Nuestra perícopa comienza inmediatamente después, sin transición alguna.
El dato resulta decisivo para la interpretación. Los tres pasos que a continuación se prescriben no constituyen un reglamento disciplinar autónomo: son la forma concreta de salir tras la oveja extraviada.
I. La corrección fraterna (Mt 18,15-17)
«Si tu hermano peca, ve y repréndelo a solas» (Mt 18,15). La iniciativa corresponde a quien advierte el pecado y no a quien lo comete. El mismo movimiento se prescribe en el sermón del monte: quien recuerda ante el altar que su hermano tiene algo contra él debe dejar la ofrenda e ir primero a reconciliarse (Mt 5,23-24). En ambos casos se mueve el que sabe.
El verbo griego que traducimos por reprender (ἐλέγχω-elénjo) no denota reprimenda ni condena, sino poner ante los ojos, hacer ver, sacar a la luz. Es el término que emplean los Setenta en Lv 19,17, pasaje que conviene leer completo: «no odiarás a tu hermano en tu corazón; reprenderás a tu prójimo y no cargarás con pecado por él». Dos versículos más adelante aparece el mandamiento del amor al prójimo (Lv 19,18), que san Pablo cita justamente en la segunda lectura de hoy (Rom 13,9). La corrección nace del amor y termina en el amor.
De ahí que el silencio pueda constituir una forma de abandono. San Agustín dedicó a este versículo un sermón entero, en el que compara la falta del que ofende con la del que se desentiende:
« ¿Qué debe hacer el que sufrió la injuria? Lo que hemos escuchado hoy: Si tu hermano peca contra ti, corrígele a solas15. Si descuidas hacerlo, peor eres tú. Él te injurió y, al hacerlo, se produjo a sí mismo una grave herida; tú, ¿desprecias la herida de tu hermano? Le ves perecer o que ha perecido, ¿y te desentiendes? Peor eres tú callando que él injuriando. Por tanto, cuando alguien peca contra nosotros, sintamos gran preocupación, mas no por nosotros, pues es loable olvidar las injurias. Pero olvida la injuria que sufriste, no la herida de tu hermano.» San Agustín, Sermón 82, 7
La primera lectura expresa la misma responsabilidad mediante la figura del centinela: a Ezequiel se le pedirá cuenta de aquellos a quienes no advirtió (Ez 33,7-9). Toda la liturgia de este domingo responde, en última instancia, a la antigua pregunta que Caín realizaba en el Génesis: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).
Ahora bien, el procedimiento cuida el modo. Primero a solas (Mt 18,15), para que la vergüenza no endurezca al hermano; luego ante uno o dos testigos, conforme a la norma de Dt 19,15 que el texto cita literalmente (Mt 18,16); solo entonces ante la comunidad (Mt 18,17). Cada grado está dispuesto para no tener que pasar al siguiente y protege la fama del hermano mientras subsista la esperanza de enmienda.
Santo Tomás precisa que la corrección fraterna es acto de caridad y no de justicia: no ordena las cosas, busca al hermano. El criterio para saber si corregimos bien no es, por tanto, tener razón, sino amar. No corregimos desde arriba, sino como pecadores que fueron buscados y salen ahora a buscar.
“La corrección del que yerra es en cierta forma remedio que debe emplearse contra el pecado del prójimo. Ahora bien, el pecado de una persona puede considerarse de dos maneras. La primera: como algo nocivo para quien lo comete. Segunda: como perjuicio que redunda en detrimento de los demás, que se sienten lesionados o escandalizados, y también como perjuicio al bien común, cuya justicia queda alterada por el pecado. Hay, por lo mismo, doble corrección del delincuente. La primera: aportar remedio al pecado como mal de quien peca. Esta es propiamente la corrección fraterna, cuyo objetivo es corregir al culpable. Ahora bien, remover el mal de uno es de la misma naturaleza que procurar su bien. Pero esto último es acto de caridad que nos impulsa a querer y trabajar por el bien de la persona a la que amamos. Por lo mismo, la corrección fraterna es también acto de caridad, ya que con ella rechazamos el mal del hermano, es decir, el pecado. La remoción del pecado —tenemos que añadir-incumbe a la caridad más que la de un daño exterior, e incluso más que la del mismo mal corporal, por cuanto su contrario, el bien de la virtud, es más afín a la caridad que el bien corporal o el de las cosas exteriores. De ahí que la corrección fraterna es acto más esencial de la caridad que el cuidado de la enfermedad del cuerpo o la atención que remedia la necesidad externa. La otra corrección remedia el pecado del delincuente en cuanto revierte en perjuicio de los demás y, sobre todo, en perjuicio del bien común. Este tipo de corrección es acto de justicia, cuyo cometido es conservar la equidad de unos con otros.” (Suma Teológica II-II q.33 a.1)
El versículo culmina con un término de resonancia mercantil: «habrás ganado a tu hermano» (Mt 18,15). El mismo verbo (κερδαίνω-kerdaino) había aparecido el domingo anterior en sentido inverso: «¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Mt 16,26). Así, el evangelio muestra cuál es la verdadera ganancia: no poseer el mundo, sino recuperar al hermano. Un solo hermano vuelto a la comunión vale más que cualquier conquista exterior.
II. Atar y desatar (Mt 18,18). El hermano tratado como publicano
«Cuanto aten en la tierra quedará atado en el cielo, y cuanto desaten en la tierra quedará desatado en el cielo» (Mt 18,18). La fórmula es idéntica a la dirigida a Pedro en Mt 16,19 y solo difiere en el número: allí singular, aquí plural. Se trata de la misma potestad, ejercida por quien preside y por el cuerpo unido a él.
El Catecismo de la Iglesia Católica interpreta que quedar excluido de la comunión de la Iglesia es quedar excluido de la comunión con Dios, y que ser readmitido en aquella es serlo también en esta, pues la reconciliación con la Iglesia resulta inseparable de la reconciliación con Dios (n. 1445). Ya san Cipriano había establecido el principio: «No puede tener a Dios por padre el que no tiene a la Iglesia por madre.» ( La unidad de la Iglesia católica, 6)
Resta la expresión más severa: «sea para ti como el gentil y el publicano» (Mt 18,17). No se manda dejar de amarlo, ni despreciarlo, ni difamarlo. Se constata una situación y se pide prudencia: tratar con realismo a quien no está en comunión con nosotros y piensa distinto, sin simular un acuerdo inexistente y sin convertir la diferencia en enemistad. San Agustín retomando esto dirá: “ No le incluyas ya en el número de tus hermanos. Mas no por eso hay que despreocuparse de su salvación” (Sermón 82, 7)
Es más: quien transmite esta sentencia es Mateo, y Mateo era publicano. Estaba sentado en su mesa de recaudación cuando el Señor le dijo «sígueme» (Mt 9,9). No resulta casual que la frase aparezca precisamente en su evangelio. El evangelista sabe qué significa ser mirado como publicano, y sabe todavía mejor qué significa que alguien no se detenga en esa mirada.
De ahí que la expresión no clausure la relación, sino que modifique su régimen. El excluido deja de ser hermano a quien corregir y vuelve a ser destinatario del anuncio. No olvidemos el mandato con que se cierra este mismo evangelio: «vayan y hagan discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). La comunidad que no logró retenerlo recibe la tarea de ganarlo de nuevo por el camino de la misión. El propio san Jerónimo señala la finalidad del proceso entero: «Si escucha, ganamos su alma, y por la salvación de otro alcanzamos también la nuestra.» (Comentario a Mateo, III, sobre 18,15-17)
III. La oración común y la presencia de Cristo (Mt 18,19-20)
«Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo concederá mi Padre que está en los cielos» (Mt 18,19). El verbo griego (συμφωνέω-sinfoneo) procede del lenguaje musical: sonar juntos, afinar. La oración cristiana no es la suma de voces aisladas, sino una sinfonía, y el Padre responde a esa concordia.
El fundamento se enuncia acto seguido: «donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). El verbo está en presente: no promete venir, afirma que está. Y el participio es pasivo, reunidos y no que se reúnen, porque es Dios quien convoca.
Conviene situar el versículo en la arquitectura del evangelio. En la primera página el ángel manda llamar al niño Emanuel, que significa «Dios con nosotros» (Mt 1,23). En el centro del libro, este versículo indica dónde encontrarlo. Y en la última página, antes de la ascensión: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Anuncio, lugar y promesa.
Dos hermanos que oran juntos por quien se alejó realizan, por tanto, aquello mismo para lo que el Señor empeñó su presencia. Oremos en familia, por nombres concretos, acompañados aunque seamos dos. Ahora bien, la oración comunitaria por excelencia es la sagrada liturgia. El concilio Vaticano II enseña que Cristo está presente en el sacrificio de la misa, en los sacramentos, en su palabra y en la asamblea que ora y canta, y aduce para esto último nuestro versículo (Sacrosanctum concilium, 7). La misa no es un conjunto de personas que oran cada una lo suyo dentro del mismo recinto: es el cuerpo entero orando unido a su Cabeza.
Es la doctrina agustiniana del Cristo total, Cabeza y cuerpo, un solo Cristo. Él ora por nosotros, ora en nosotros y a él oramos como a nuestro Dios: «Ora por nosotros como sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza.» (San Agustín, Comentarios a los Salmos 85, 1)
De ahí la importancia de una participación real: responder, cantar, escuchar y, sobre todo, ofrecer. Llevemos a la misa intenciones con nombre y apellido: el hijo alejado, el matrimonio que se rompe, el enfermo, el hermano con quien no logramos hablar. Ofrezcamos también el trabajo de la semana y aquello que duele. Puesto sobre el altar, todo eso entra en el único sacrificio de Cristo y llega al Padre con él.
Conclusión
El discurso se había abierto con una pregunta sobre la grandeza (Mt 18,1). El pasaje que reflexionamos la responde sin enunciarla: el mayor es quien se levanta y va a buscar. Tres verbos resumen el texto. Ir, en persona y a solas, adonde está el hermano (Mt 18,15). Ganarlo, porque es la única ganancia que cuenta (Mt 18,15; cf. 16,26). Y orar, en casa y sobre todo en la liturgia, sabiendo que donde estamos reunidos en su nombre no estamos solos (Mt 18,20). Nunca lo hemos estado: desde la primera página del evangelio su nombre es Emanuel, Dios con nosotros (Mt 1,23).
3. Edificación espiritual (Actuar)
· Esta semana, ¿hay alguien a quien vengo evitando en vez de ir a hablarle en privado? ¿Qué me está deteniendo?
· Piensa en una persona con la que no comparto la fe o el modo de pensar. ¿La tengo asumida sin más como «de otro grupo», o sigo viéndola como alguien a quien anunciarle a Cristo?
· En la última semana, ¿oré por otros junto con alguien más, o toda mi oración fue solitaria? ¿Con quién podría empezar a hacerlo?