Estar preparados

Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base – Fecha: 05/11/2026

“…con esta parábola nos dice que velar no significa solamente no dormir, sino estar preparados; de hecho, todas las vírgenes se duermen antes de que llegue el novio, pero al despertarse algunas están listas y otras no. Aquí está, por lo tanto, el significado de ser sabios y prudentes: se trata de no esperar al último momento de nuestra vida para colaborar con la gracia de Dios, sino de hacerlo ya ahora. Sería hermoso pensar un poco: un día será el último. Si fuera hoy, ¿cómo estoy preparado, preparada? Debo hacer esto y esto… prepararse como si fuera el último día: esto hace bien.” (Francisco, 12 de noviembre 2017)

1.   Celebración de la Palabra (Ver)

• Sb 6, 12-16. Quienes buscan la sabiduría la encuentran.

• Sal 62. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

• 1Ts 4, 13-18. Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto.

• Mt 25, 1 -13. ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

¿Cómo ve nuestra sociedad este tipo de parábolas que nos anuncian la llegada de Cristo?

2.   Catequesis (Juzgar)

El XXXII Domingo del Tiempo Ordinario nos presenta la parábola de las diez vírgenes que esperan al novio con sus lámparas en la mano. No es casualidad que la escuchemos ahora. Estamos llegando al final del año litúrgico: dentro de dos semanas celebraremos a Jesucristo, Rey del Universo, y enseguida comenzará el Adviento. En estas últimas semanas, la Iglesia nos invita a mirar hacia el final de la historia y hacia el final de nuestra propia vida. No lo hace para asustarnos, sino para preguntarnos con sinceridad: ¿cómo estoy esperando al Señor? ¿Hay aceite en mi lámpara?

Una boda que se hace esperar

Para entender bien una parábola, primero tenemos que escucharla como la escucharon sus primeros oyentes. San Mateo escribe su evangelio para una comunidad cristiana que llevaba ya varios años creyendo en Jesús. Al principio, muchos pensaban que el Señor volvería muy pronto, casi de un día para otro. El tiempo fue pasando y Jesús no volvía. Algunos se cansaron, otros se enfriaron, otros se preguntaban si valía la pena seguir esperando. A esa comunidad, Mateo le recuerda esta parábola para decirle algo muy sencillo: el Señor sí viene, aunque tarde; lo importante es cómo vivimos mientras lo esperamos.

¿Cuándo dijo Jesús estas palabras? Fue en Jerusalén, pocos días antes de su pasión. Sentado en el monte de los Olivos, frente al templo, sus discípulos le preguntaron cuándo llegaría el fin y cuáles serían las señales. Jesús les respondió con un largo discurso, que ocupa los capítulos 24 y 25 de Mateo. Lo llamamos sermón escatológico. La palabra suena difícil, pero significa algo simple: es el discurso sobre las cosas últimas, sobre el final de la historia y la venida gloriosa de Cristo. De hecho, Jesús no da fechas ni horarios. Al contrario, repite que nadie sabe el día ni la hora. Lo que sí hace es contar parábolas para enseñarnos a esperar: la del siervo fiel, la de las diez jóvenes, la de los talentos y, al final, la escena del juicio, donde el Señor dice: «cuanto hicieron a uno de estos pequeños, mis hermanos, a mí me lo hicieron».

Ahora miremos la escena. En tiempos de Jesús, las bodas se celebraban de noche. El novio iba a la casa de la novia para llevarla a su nuevo hogar, y unas jóvenes amigas salían a recibirlo con lámparas encendidas para acompañarlo con luz y alegría hasta la fiesta. Las lámparas eran pequeñas y gastaban el aceite rápido; por eso convenía llevar una reserva.

Las diez jóvenes se parecen mucho. Todas fueron invitadas, todas tienen lámpara, todas salen al encuentro y, cuando el novio tarda, todas se duermen. La única diferencia está en el aceite: cinco llevaron reserva y cinco no. A medianoche se oye el grito: «¡Ya viene el esposo!». Las que no llevaron aceite piden prestado, pero las otras responden que no alcanzaría. Mientras van a comprar, llega el esposo, las preparadas entran con él a la boda y se cierra la puerta. Cuando las otras regresan y piden que les abran, escuchan una respuesta muy dura: «No las conozco».

¿Qué quiere decirnos Jesús? Primero, que el Reino de Dios se parece a una boda, a una fiesta de amor, y que el novio es Él mismo. Segundo, que no basta estar en el grupo ni tener la lámpara en la mano: hay que tener el aceite. Tercero, que ese aceite es personal y nadie lo puede prestar a otro. Es como quien sale a un viaje largo con medio tanque de gasolina y, a medio camino, pide al de al lado que le pase de su tanque. Hay cosas que nadie puede hacer por nosotros porque son nuestra responsabilidad.

La prudencia, sabiduría para vivir

Las cinco jóvenes que llevaron aceite son llamadas «prudentes». Cuando oímos esa palabra, a veces pensamos en alguien tímido, que no se mete en problemas, o en alguien muy calculador. En la Biblia el concepto es más profundo. Para el pueblo de Israel, la prudencia era sabiduría práctica: saber vivir bien delante de Dios, saber qué hacer en cada momento para no perder lo importante.

La misma palabra aparece en otros lugares del evangelio de Mateo. Al final del sermón de la montaña, Jesús habla de dos hombres que construyen su casa. El prudente construye sobre roca y el necio sobre arena. Los dos escucharon las mismas palabras de Jesús; la diferencia es que uno las puso en práctica y el otro no. También habla del siervo «fiel y prudente», que cuida bien la casa mientras su señor está de viaje. Por tanto, la prudencia no consiste en sentir mucho ni en saber mucho, sino en hacer lo que sabemos que es bueno.

El Catecismo lo enseña así: «La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (CEC 1806). Dicho de manera sencilla: la prudencia nos ayuda a ver lo que de verdad nos hace bien y a escoger el camino correcto para alcanzarlo. Santo Tomás de Aquino explicaba que la prudencia tiene tres pasos: pensar bien, pidiendo consejo si hace falta; decidir bien (la elección); y, sobre todo, hacerlo (la ejecución). El paso más importante es el tercero. Quien piensa mucho y decide bien, pero nunca actúa, todavía no es prudente.

Ahora bien, ¿qué es la necedad? Fijémonos en algo: las cinco vírgenes «necias» no hicieron nada malo. No robaron, no ofendieron a nadie. Simplemente no llevaron aceite. Su problema fue una omisión, un descuido.

Santo Tomás llamaba a esto negligencia: “La negligencia entraña falta de la solicitud debida” (STh II-II q.54 a.1) es decir falta de cuidado por aquello en lo que deberíamos interesarnos. Podemos ser buenas personas, cumplir con lo básico y, a la vez, descuidar lo más importante: nuestra relación con Jesús.

Pensemos en una amistad. Nadie la destruye de un día para otro; se va apagando cuando ya no llamamos, cuando ya no tenemos tiempo, cuando todo es más urgente que el amigo. Lo mismo pasa con Jesús. La oración, la Misa del domingo, la lectura de su Palabra no son tareas para cumplir una ley ni para ganar puntos. Son la manera de cultivar el amor. Ese es el aceite: una vida interior que mantiene viva la llama.

Aquí la comunidad tiene un papel muy importante. Cuando nos reunimos, no venimos solo a escuchar un tema ni a solo «aprender a portarnos bien». Venimos a aprender a amar y a vivir como cristianos. En la comunidad la catequesis se vuelve sabiduría práctica, porque no solo escuchamos una idea: vemos cómo resuena en la vida de los demás. Escuchamos a la señora que logró perdonar a su hermano, al joven que encontró fuerza en la oración, al papá que cambió su manera de tratar a sus hijos. El testimonio del hermano se transforma en aceite para la propia vida.

Vigilar no es vivir con miedo

Hay un detalle de la parábola que nos puede sorprender: todas se durmieron. También las prudentes. Jesús no regaña a nadie por haber dormido. Esto nos enseña que vigilar no significa no dormir nunca, ni vivir con los ojos abiertos toda la noche. La diferencia entre unas y otras no estuvo en el sueño, sino en el aceite. Las prudentes pudieron dormir tranquilas porque ya habían preparado lo que dependía de ellas.

Hoy hay mucha gente despierta, pero no vigilante. Hay quienes no pueden dormir pensando en las deudas, en el trabajo, en la salud o en el futuro de los hijos. Hay quienes revisan el teléfono a las dos de la mañana para ver las últimas noticias, o se quedan con el corazón acelerado por miedo a que algo malo pase. Están en modo alerta todo el día. Eso no es vigilancia: eso es ansiedad. La ansiedad es una espera sin rostro; no espera a nadie, solo teme que algo pase.

La vigilancia cristiana es otra cosa: es esperar a alguien que amamos. Pensemos en una abuelita que espera a su nieta que regresa tarde de la universidad. Deja la luz encendida, le guarda la cena, de vez en cuando se asoma a la ventana. No vive angustiada, vive pendiente con cariño. Cuando oye la puerta, su cara se ilumina. Así quiere Jesús que lo esperemos: no como quien espera un examen, sino como quien espera a la persona amada.

San Agustín lo dijo de una manera muy bella. Como todos tenemos que dormir, ¿cómo podemos vigilar? Y respondía:

“Vela con el corazón, con la fe, con la esperanza, con la caridad, con las obras. Y una vez que te hayas dormido en el cuerpo, llegará el momento de levantarte. Pero, cuando te hayas levantado, prepara las lámparas. Que no se te apaguen entonces, que ardan entonces con el aceite interior de la conciencia; que te abrace entonces el esposo con abrazos incorpóreos, que te introduzca entonces en la casa en que nunca duermas, en la que tu lámpara nunca pueda apagarse. Hoy, en cambio, nos fatigamos y nuestras lámparas titilan en medio de los vientos y tentaciones de este mundo. Pero arda con vigor nuestra llama para que el viento de la tentación, más que apagar el fuego, lo avive.” (Sermón 93)

El Catecismo, al hablar de la oración, lo resume con una imagen tomada de esta parábola: «Cuando Jesús insiste en la vigilancia, es siempre en relación a Él, a su Venida, al último día y al “hoy”. El esposo viene en mitad de la noche; la luz que no debe apagarse es la de la fe: “Dice de ti mi corazón: busca su rostro” (Sal 27, 8)» (CEC 2730). No es la luz de nuestras fuerzas, ni de nuestros planes perfectos, sino la de la fe.

Y aquí está la buena noticia: la fe nos libera del miedo. Si el futuro tiene rostro, si quien viene es Jesús y viene para una boda, entonces no tenemos que vivir angustiados. Nos toca preparar el aceite, que sí depende de nosotros, y confiar al Señor la hora, que no depende de nosotros. Es lo que vivió san Juan de la Cruz cuando, después de entregarse a Dios, pudo decir con paz: «Quedéme y olvidéme el rostro recliné sobre el amado, ceso todo y dejeme, dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado» (Noche Oscura).

Pongamos un ejemplo práctico. Antes de dormir, en lugar de dar vueltas a nuestras preocupaciones, podemos hacer una pequeña oración: «Señor, aquí te entrego mi día. Esto hice bien, esto me faltó. Te confío lo que mañana no puedo controlar». Ese pequeño gesto es aceite para la lámpara. Quien lo vive así puede descansar, porque sabe que su vida está en buenas manos. Las prudentes durmieron en paz; nosotros también podemos.

La parábola termina con una palabra de Jesús: «Velen, porque no saben el día ni la hora». Ahora sabemos que no es una amenaza, sino una invitación. Vigilar es ser prudentes, poniendo en práctica lo que escuchamos; es cuidar cada día nuestra amistad con Jesús; es esperar con amor y no con miedo. Al terminar el año litúrgico, revisemos nuestra lámpara.

3.   Edificación espiritual (Actuar)

  • ¿Qué detalle de la parábola de las diez jóvenes le llamó más la atención, y por qué?
  • ¿Recuerdas alguna enseñanza de Jesús que haya escuchado muchas veces y que te cueste poner en práctica en la vida diaria?
  • Así como una amistad se apaga cuando no se cuida, ¿qué te ayuda a ti a mantener viva tu relación con Jesús durante la semana?
  • ¿Qué has aprendido de la vida o del testimonio de alguien de tu comunidad que te haya ayudado a vivir mejor su fe?
  • ¿Qué preocupaciones suelen quitarnos la paz hoy en las familias de nuestra colonia, y qué gesto sencillo nos puede ayudar a ponerlas en manos de Dios?

IMG: «Las vírgenes necias y las prudentes» de Pieter Lisaert