Invitados al baquete

Reflexión sobre Mateo 22,1-14 | Parábola del banquete de bodas

La parábola del banquete de bodas se sitúa en los días que preceden a la pasión de Jesús. El Señor ha entrado en Jerusalén y es cuestionado por las autoridades religiosas. En este contexto, cuenta la historia de un rey que prepara las bodas de su hijo, pero los invitados rechazan la invitación. Algunos se marchan a sus ocupaciones y otros maltratan a los mensajeros. Finalmente, el rey manda llamar a todos los que encuentra por los caminos.

Con esta parábola, Jesús recuerda la historia de Israel, el pueblo con el que Dios estableció una alianza y al que envió repetidamente sus profetas. La imagen del banquete nupcial expresa precisamente esa alianza de amor, que alcanza su plenitud en la unión entre Cristo y su Iglesia. Pero la parábola añade una advertencia: no basta con estar entre los invitados; también es necesario llevar el vestido de bodas.

«¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?»

Hace años, cuando estaba en el seminario, un sacerdote que nos impartía un curso de oratoria nos pidió aprender de memoria un soneto de Lope de Vega. Siempre me ha parecido una hermosa expresión de la amistad que Dios nos ofrece:

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana;
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

— Lope de Vega, Rimas sacras, soneto XVIII.

El poeta expresa algo que nos sucede con frecuencia: Jesús busca nuestra amistad, pero nosotros postergamos la respuesta. Le decimos que mañana tendremos tiempo para rezar, para acercarnos a Él o para cuidar nuestra vida espiritual. Y cuando finalmente le abrimos la puerta, a veces lo hacemos de mala gana.

Una invitación gratuita que espera respuesta

La primera enseñanza de la parábola es que Dios tiene siempre la iniciativa. No hemos tenido que conquistar su amistad: Él nos ha amado primero y nos invita gratuitamente a participar de su vida.

Sin embargo, vivimos en una cultura marcada por el rendimiento, donde parece que siempre debemos estar produciendo, resolviendo problemas o cumpliendo objetivos. Esta mentalidad termina afectando nuestras relaciones. Descuidamos a nuestros familiares y amigos porque estamos demasiado ocupados y, cuando encontramos tiempo libre, muchas veces lo consumimos distraídos ante una pantalla, siguiendo lo que el algoritmo nos presenta.

Algo semejante sucede con Dios. Los invitados de la parábola no siempre rechazaron el banquete para hacer cosas malas; algunos simplemente prefirieron atender sus propios negocios. ¿Cuántas veces dejamos para después nuestra amistad con el Señor porque tenemos otras cosas que hacer?

La segunda enseñanza aparece en el hombre que llega sin vestido de fiesta. San Gregorio Magno interpreta ese vestido como la caridad. No basta con pertenecer exteriormente a la comunidad de los creyentes; es necesario corresponder al amor de Dios mediante una vida transformada por su gracia.

Y aquí quisiera recuperar una palabra que hemos descuidado: atención. San Juan XXIII en su diario espiritual solía escribir un adagio latino Age quod agis: «Haz lo que estás haciendo». Cuando amamos a alguien, procuramos dedicarle tiempo, escucharlo y hacer las cosas de buena gana. La caridad también se manifiesta en esa atención cotidiana, en la responsabilidad con que cumplimos nuestros deberes y en el cuidado que ofrecemos a los demás.

Pensemos, por ejemplo, en nuestra participación en la Eucaristía. ¿Venimos a Misa a regañadientes o con alegría? ¿Participamos con atención o simplemente esperamos que termine? El Señor nos invita a su banquete, pero también espera que preparemos nuestro corazón para recibirlo.

Tres enseñanzas de María en Caná

En este Año Mariano dedicado a Nuestra Señora del Rosario, podemos encontrar tres consejos para corresponder mejor a la invitación de Dios contemplando a María en las bodas de Caná.

1. Presentar nuestras preocupaciones a Jesús. María advierte que falta el vino y presenta aquella necesidad a su Hijo. También nosotros tenemos afanes, problemas y responsabilidades. En lugar de permitir que nos alejen de Dios, hagamos de ellos una ocasión para acercarnos y poner nuestras preocupaciones en sus manos.

2. Hacer lo que Él nos diga. María recomienda a los servidores: «Hagan lo que Él les diga» (Jn 2,5). Esta invitación no se limita a cumplir unos mandamientos, sino que nos llama a cultivar una relación personal y profunda con Jesús. No podemos hacer su voluntad si no procuramos escucharlo, conocerlo y dedicarle tiempo. Como sucede en cualquier amistad, la relación con el Señor necesita atención, diálogo y disponibilidad.

Por eso, conviene preguntarnos no solamente qué debemos cambiar en nuestra conducta, sino también qué lugar ocupa Jesús en nuestra vida cotidiana. ¿Buscamos momentos para estar con Él? ¿Le hablamos de nuestras alegrías y preocupaciones? ¿Nos interesa conocerlo mejor a través de su Palabra?

La conversión comienza también por recuperar ese deseo de su compañía, porque hacer lo que Jesús nos dice es responder al amor de alguien que quiere vivir en amistad con nosotros. Y esa amistad, alimentada por la oración y los sacramentos, nos dispone a reconocer su voluntad y llevarla a la práctica.

3. Disfrutar de la fiesta. No olvidemos que Jesús habla de un banquete de bodas, una ocasión de encuentro y alegría. A veces convertimos nuestra vida espiritual en una sucesión de obligaciones y olvidamos que la amistad también consiste en disfrutar de estar juntos. Necesitamos aprender a pasar tiempo con Jesús, a permanecer en su presencia y a encontrar alegría en su compañía.

Dios continúa invitándonos a su amistad. Su amor es gratuito, pero espera una respuesta generosa. No basta con acudir al banquete; necesitamos vestirnos de caridad y aprender a vivir con atención y amor.

Que la Virgen María nos enseñe a no postergar nuestra respuesta al Señor, para que no terminemos repitiendo, como en el soneto de Lope de Vega: «Mañana le abriremos», y volvamos a responder lo mismo al día siguiente.