Guíame, Señor, por el camino eterno 

Lunes – XXXII semana del tiempo ordinario – Año impar

 Sb 1, 1-7; Sal 138, 1-10; +Lc 17, 1-6

Comenzamos hoy la lectura del libro de la Sabiduría,  como su nombre lo indica pertenece a un conjunto de libros que en la Sagrada Escritura recoge el conocimiento sapiencial que el Pueblo de Israel había adquirido en su caminar junto a Dios. En este primer capítulo nos enseña en síntesis que la sabiduría puede encontrar su morada en el hombre justo, es mientras que no sucede así en el hombre malvado. Y es que la bondad y sencillez son signo de que se está abierto al conocimiento no por vana curiosidad sino como aquel que busca verdaderamente la vida. ¿Qué es lo que busca el hombre justo sino hacer la voluntad de Dios? ¿qué otra cosa es la sabiduría sino la participación del hombre en el conocimiento amoroso del Señor? El Sabio ve todo en Dios. El hombre sencillo no vive abatido u ofuscado por el mañana o lamentándose por el pasado, sino que vive en el presente de Dios según una sola máxima «hacer la voluntad de Dios aquí y ahora» o como decía el lema de san Ignacio de Loyola todo «para mayor gloria de Dios».

 

«Ciertamente la sencillez del corazón es el día que el fraude no obnubila, la mentira no entenebrece, la envidia no oscurece ni el engaño ofusca; es el día que la luz de la verdad ilumina y la claridad de la presencia de Dios hace brillar. En efecto, así está escrito «Dios tiene intimidad con los rectos» (Pr3, 32) Ahora bien, tener intimidad con Dios es revelar a las mentes humanas, por la iluminación de su presencia, los misterios de su voluntad. Se dice que Dios tiene intimidad con los rectos, porque con la claridad de su inspiración ilumina sus mente sobre los misterios celestes, a los que ninguna sombra de duplicidad oscurece»

San Gregorio Magno,Sobre los siente salmos penitenciales, 5, 4

Esta sencillez de corazón nos la manifiesta Jesús en toda su vida con su ejemplo, hoy de modo particular en el santo Evangelio se nos proponen dos medios eficaces para lograrla, en primer lugar la custodia del corazón, el Señor nos habla del mal del escándalo, esto significa no llevar a otro a obrar mal, es muy fácil hacerlo por ej. a través de murmuraciones, conversaciones mal sanas, malos ejemplos, etc. y es más grave cuanto más grave es el mal al que se induce al otro, por ello hemos de estar atentos a los movimientos de nuestro corazón para saber cortar de raíz todo aquello que nos lleve a actuar mal o inducir a otro a ello, ciertamente la Sagrada Escritura nos dice que «el justo cae siete veces» (Pr. 24, 16) pero son cosas diferentes caer por debilidad y caer por negligencia, por ello dice Jesús «ándense con cuidado» (Lc 17, 3). En segundo lugar el perdón de las ofensas, el mejor ejemplo de esto lo encontramos en Jesús el cual no sólo perdonó a los que le crucificaron sino que incluso los excusó diciendo «Padre perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34) y con su muerte en cruz también nosotros hemos sido perdonados, este es un medio increíble para purificar nuestro corazón de todo resentimiento y sed de venganza.

Los apóstoles piden un aumento de fe para poder vivir la exigencias del seguimiento de Cristo, el cual les confirma la grandeza de esta virtud, por la cual no sólo creemos en Él, y en su palabra, sino también nos adherimos a su persona. Y pidiéndola  reconocen que es un don que viene del alto, de ahí deriva su gran poder, y esto es lo primero que hay que hacer para fortificarla, podría ser con una jaculatoria diciendo «Señor, yo creo, pero aumenta mi fe», pero también sabemos que en cuanto conocimiento, nosotros no nos lo damos a nosotros mismos, sino que nos ha sido transmitida por la Iglesia, por ello es importante formarse en la doctrina que ella nos enseña, particularmente a través de las enseñanzas del Papa y de los obispos en comunión con él, a través de la meditación de la Sagrada Escritura, la frecuencia de los sacramentos, poniendo atención en la predicación de la homilía dominical, frecuentando las formaciones que se nos ofrecen en nuestras parroquias o movimientos, etc. y evitando todo aquello que pueda ser un peligro para ella.

«No piden fe sin más, no vayas a pensar que son incrédulos, sino más bien que Cristo les aumente su fe, es decir que se la consolide. Porque en lo que a fe se refiere, parte depende nosotros, pero parte es un don de la divina gracia. Cuando digo «depende de nosotros»; me refiero a tomar la iniciativa y a tener confianza, esto es, fe en Él con todas nuestras fuerzas. Y es don de la gracia divina consolidarnos en ella con fortaleza»

San Cirilo de Alejandría, Comentario al Ev. De Lucas, 17, 5

Roguemos al Señor nos conceda la gracia de un fe viva y auténtica que nos haga dóciles para acoger su sabiduría con un corazón sencillo para poderle dar gloria con cada una de nuestras acciones.

Nota: imagen «Virtud de la fe» pintura de Rafaello Sanzio

 

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