«Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia»

Sábado – XXXIV semana – Año impar

Dn 7, 1 5-27; Salmo: Dn 3, 82-87; † Lc 21, 34-36

Hoy se nos presenta la segunda parte del texto que hemos comenzado a meditar ayer, en éste encotramos en primer lugar la interpretación de la visión que tuvo Daniel, se evidencia al Pueblo fiel al Señor que recibirán el reino y la persecución de la cual será víctima, queriendo cambiar las fiestas y la ley, queriendo modificar su fe.

Al decir que durará esta persecución tres años y medio, mitad de siete, dicen los biblistas que se quiere dar a entender que el tiempo de esta será limitado, al final el reinado del Señor siempre triunfará.

Es curiosa la expresión al final del texto el v.28 que no se lee en la Liturgia pero vale la pena mencionar, dice que Daniel se quedó turbado con lo que vió pero “guardó todo en su corazón” son las mismas palabras que se dicen de la Santísima Virgen María sobre los acontecimientos de la infancia de Jesús.

Es decir que, aunque un tanto incomprensibles los acontecimientos vividos o las realidades futuras, estamos llamados a peramencer firmes en la fe y la esperanza confiando en el amor de Aquel que al final triunfará definitivamente, y cuya victoria se comienza a saborear cuando vivimos meditando su palabra y haciendo su voluntad.

Concluímos hoy el año liturgico, y la invitación que nos hace la Iglesia con la Liturgia de la Palabra de estos días es la de la vigilancia, las palabras de Jesús a sus discípulos son una exhortación a estar preparados, por ellos llama a una vida sobria, a la perseverancia y a la oración.

“Seamos sobrios para entregarnos a la oración, perseveremos cosntantes en los ayunos y supliquemos con ruegos al Dios que todo lo ve…Mantegámonos, pues, firmemente adheridos a nuestra esperanza y a Jesucristo, prenda de nuestra justicia…Seamos imitadores de su paciencia y, si por causa de su nombre tenemos que sufrir, glorifiquémoslo; ya que éste fue el ejemplo que nos dejó en su propia persona, y esto es lo que nosotros hemos creído”

San Policarpo, ad Philippenses 7-8.

Demos gracias al Señor porque es bueno, nos lleva de la mano y nos conduce hasta las fuentes de su misericordia infinita, hasta su Corazón sacratísimo, que encierra los tesoros de su amor, ayer lo decíamos contemplar las escenas del juicio final en la Sagrada Escritura y que tantos artistas a los largo de los siglos han querido reflejar en iconos, mosaicos y pinturas, son para nosotros un aliciente de que el mal no tendrá la última palabra, el bien ha triunfado ya, y los frutos de esa victoria se continúan a expandir cada día.

Como cristianos estamos llamados a no ser mediocres en nuestra colaboración a esta gracia de Dios, el Señor nos ha llamado a todos a ser santos al darnos su gracia en las aguas del bautismo, y nos invita a hacerla crecer por la caridad, amandole a Él por sobre todas las cosas o como decía san Benito «no anteponiendo nada a Cristo».

Ese amor se manifiesta en actitudes y comportamientos concretos a través de los actos de justicia hacia Dios, dandole el honor que le es debido a través de la adoración, pero también reconociendo nuestra indigencia y necesidad de él a través de la súplica, ciertamente pidiendo perdón por las veces que le hemos ofendido, pero también la gracia necesaria para vivir según aquello que somos, elevando una continua acción de gracias por los beneficios recibidos de su bondad.

Santa Catalina de Siena nos recuerda que el Señor nos ha dado un excelente medio para manifestar también este amor a Dios, este es el ejercicio del amor al prójimo, amandolo de tal modo que reconozca en nuestra diligencia por él el amor de Dios, amarlo como Jesucristo nos amó a nosotros, en la dimensión de la Cruz.

Así en este amor de Caridad los hombres crecen no de manera individualista, sino en comunión, pues a esto nos ha llamado el Señor, a ser Iglesia, en esta comunión santísima contamos con la ayuda de grandes intercesores en el cielo, como son lo santos, que conforman lo que llamamos la Iglesia triunfante, ellos ruegan y nos obtienen gracias para que los que caminamos en este mundo, Iglesia peregrinante, podamos un día gozar junto a ellos de la felicidad eterna.

No hemos de olvidar a aquellos que, muertos ya en este mundo, se encuentran en camino hacia el cielo, pero que aún deben de pasar por una purificación final y por los cuales también nosotros podemos y hemos de interceder con nuestras oraciones, la Iglesia purgante, hacernos amigos de los que van camino al cielo, es hacer amigos con aquellos que un día desde él nos podrán echar la mano de manera increíble cuando hallan terminado su purificación.

Roguemos al Señor nos conceda la gracia de la perseverancia final para poder un día gozar de Él y con Él eternamente, y aprovechemos todos los medios que la Iglesia nos ofrece para crecer en el amor (los sacramentos, la vida de oración, el contacto con la Sagrada Escritura y las obras de misericordia.)

Nota: la Pintura es el «Juicio final» (ca. 1431) del Beato Angelico