El díscipulo amado

Fiesta de san Juan, apóstol y evangelista

1 Jn 1, 1-4; Sal 96; +Jn 20, 1a. 2-8

Dentro de la octava de navidad, la Iglesia también nos propone la conmemoración dela fiesta de san Juan, apóstol y evangelista, todo su mensaje tiene como fundamento la experiencia personal que ha tenido de Jesucristo, y no como un hecho relativista o intimista, sino como uno que sabiéndose hermano d los otros testigos del Señor interioriza todos los acontecimientos vividos con Él para exteriorzarlos en el anuncio de la Buena Nueva de salvación.

Es emblemático como utiliza el plural para hablar de esta experiencia de Jesús «lo que hemos visto y oído». Se reconoce testigo directo pero junto con otros, y cuando invita a la comunión no es sólo consigo mismo sino con todos los que han creído, incluso va más allá y pues explica que la comunión es incluso con el Padre y el Hijo.

Todo la enseñanza de este apóstol sea en el libro que sea está permeada de una fuerte consciencia de uno que se ha sabido y se sabe amado por el Señor, la Tradición de la Iglesia, nos enseña que él era sólo un muchacho cuando fue llamado por el Señor y que probablemente no sufrió el martirio de sangre sino que fue desterrado a la isla de Patmos hasta que llegado a una edad avanzada moriría. Sus escritos brillan por sus gran conocimiento de las cosas de Dios, de hecho se le llama el teólogo, y se simboliza con un Águila por las alturas a las que nos eleva en la fe.

Pero no se trata de un mero conocimiento teórico, sino que se respira un conocimiento sapiencial, es decir, el de uno que gusta y se deleita en aquello que conoce. Muchos santos ha comentado como toda esta sabiduría le viene de la profunda experiencia del amor de Cristo, incluso se pone como imagen de esto el hecho que habiéndose recostado en el pecho del Señor en la última cena le fueron revelados los misterios de su Corazón.

Éste fue el discípulo al que Jesús le confió su Madre santísima, y en él nos la encomendó a nosotros que somos su Iglesia, a la vez que nos ponía bajos los auspicios de tan Buena Madre.

San Juan nos enseña como un discípulo que se sabe amado por el Señor, uno que ha hecho experiencia de ojos abiertos y corazón palpitante, uno que ha sido encontrado por Jesucristo, no puede quedarse de brazos cruzados, sino que lleva en su interior ese amor que incendia su corazón y le hace salir en misión para hacer partícipes de ese amor de Cristo a los demás.

San Juan entró al sepulcro después de san Pedro, reconociéndo su autoridad, y viendo juntos el sepulcro vacío se nos dice que el primero creyó, aunque ambos no comprendieron lo que pasaba aún se nos insiste que el discipulo amado, creyó.

Más adelante, será el mismo amor el que pescando en la distancia reconoce a Jesús en la orilla caminando, cuando Juan dice «es el Señor» y de nuevo Pedro será el que a toda prisa se lanzará al agua para ir a du encuentro.

Los Hechos de los apóstoles también nos dicen que:

Pedro y Juan, tomando la palabra, dijeron: «Juzgad por vosotros mismos si es justo, delante de Dios, obedeceros a vosotros antes que a él. Nosotros no podemos dejar de hablar acerca de lo que hemos visto y oído.» (Hch 4, 19-20)

San Juan siempre estaba junto a san Pedro, quizás esto nos debería llevar a reflexionar como la comunión del amor que habla el apóstol y evangelista, se hace de la mano de Pedro, de la mano de la Iglesia, de mano del vicario de Cristo, de la mano del Papa.

Sin duda alguna, son muchas cosas las que se pueden decir de san Juan y de su enseñanza, la Sagrada Liturgia, en la santa Misa, los textos del Oficio, de Laudes y de Vísperas están llenos de oraciones y antífonas que recogen el gran amor de Cristo que la Iglesia reconoce como tesoro que nos ha hecho llegar el Apóstol.

Roguemos al Señor que nos haga partícipes de esos tesoros de su Corazón sacratísimo de los que hizo participes a san Juan, para que como sus testigos podamos ir a anunciarle por los caminos de este mundo, yendo de la mano de la Iglesia y llevarles así al gozo que viene del encuentro de su Amor.