Con corazón y confianza

Miércoles – II semana del tiempo ordinario – Año par

1 S 17,32-33.37.40-51; Sal 143; +Mc 3, 1-6

Hoy nos encontramos con una de las historias más conocidas de la Sagrada Escritura, la batalla de David y Goliat. A menudo se presenta como al pequeño héroe del Pueblo que con su astucia es capaz de vencer a uno que es mucho más grande que él en tamaño y fuerza.

Sin embargo hemos de recordar que esta historia no tiene como objetivo la exaltación de David , como un modelo de superación personal, antes bien el que realmente brilla en esta historia es el Señor Dios, su victoria contra los que le persiguen en los suyos, ése es todo el objetivo de David, que el destino del pueblo no está en manos de unos hombres sino en las manos de Dios.

Los israelitas estaban ya desanimados al ver al gigante que se presentaba frente a ellos, incluso su Rey estaba inquieto, recordemos que Saúl había mostrado ya su desconfianza en el Señor y que ésta fue la razón por la cual fue rechazado. Los israelitas habían pedido un rey en el que confiaban que saldría a la cabeza de ellos para luchar, y éste al contrario vivía ensimismado preso de su mal carácter. El que debía de infundir valor no era capaz de hacerlo.

En ese contexto surge David, el ungido del Señor, en quien decíamos ayer habitaba el Espíritu de Dios, para luchar en nombre del Altísimo. Es el hombre que confía plenamente en Dios. Sabe que el éxito de la batalla no viene de la fuerza o de la lanza sino de gozar del favor del Señor. Él ha sabido leer en su historia la presencia del Todopoderoso, por ejemplo, sabía que mientras se encontraba pastoreando los rebaños que se le encomendaban, era el Señor el que le había protegido de León y el Oso. David triunfa no por su gran astucia o fuerza, sino porque sabiéndose pequeño se fía de un grande, del más Grande, se fía de Dios.

Esto no claro está no significaba, claro está, que se debía quedar de brazos cruzados, sino ponerse manos a la obra, alistarse para el combate, con la esperanza en el Señor, y finalmente luchando.

Repetimos, ¿quien brilla aquí? El Señor Dios, pues es el quien da el triunfo y salva a su pueblo, no sólo de la manos del filisteo sino también de las garras de la desesperanza.

David, debe ser en esta ocasión un ejemplo de lo que puede el hombre cuando se fía de Dios y actúa siguiendo su voluntad divina. Cuando en nuestra vida encontramos situaciones contrarias que nos desaniman, cuando en el combate espiritual sentimos que nos acechan enemigos más grandes que nosotros, cuando sentimos que no podemos contra algún pecado o vicio, no hemos de desanimarnos, antes bien reconocer que muchas veces nosotros solos no podemos ciertamente pero recordemos que no estamos solos el Señor Dios nos hará gozar su favor siempre que hagamos su voluntad.

Gozar el favor del Señor no significa no tener más dificultades sino que ellas no nos quitarán la paz y el ánimo, y sabremos luchar por el tiempo que sea necesario con la confianza en que Dios al final siempre triunfará.

Incluso si cayésemos y pecásemos, sabemos que si arrepentidos nos volvemos a Él, sanará nuestros corazones para volver a combatir. En la vida espiritual no hemos de hacer las paces con actitudes y comportamientos que nos tienen por los suelos, pero si tropezamos y caemos tampoco hemos de perder la paz, sino levantarnos y continuar a combatir, confiando en que el Señor nos dará su gracia si volvemos la mirada y el corazón a Él.

Por otro lado en el Evangelio de hoy vemos nuevamente a Jesús que se presenta como Señor del sábado, revelando que la Ley lo que busca es que se haga el bien, no el limitarlo.

También llegamos al final de las controversias con los fariseos, en un inicio se nos habló de como en su corazón acusaron a Jesús de blasfemar, luego de como lo empiezan a interrogar maliciosamente, de como si indignan contra Él por su cercanía hacia los pecadores (aunque nunca se le acusa a Él de ser tal) y ahora se nos presenta como se alían con sus enemigos los herodianos para ser cómplices para acabar con su vida.

Esta actitud de los fariseos nos debe recordar que el mal crece progresivamente en el corazón si se le da entrada, por eso hemos de estar atentos a sus primeros movimientos, siempre vigilantes.

Otro punto a considerar, es que el evangelista nos dice que el Señor ante la cerrazón y necedad de los fariseos da una mirada de ira y experimenta tristeza, la primera es comprensible porque negándose a responder a la pregunta del Señor y viendo a uno de los suyos en necesidad se niegan a aceptar que se le haga el bien y la segunda nos muestra el Corazón misericordioso de Jesús que se compadece del pecador.

San Marcos tiene como una de sus características el presentarnos de un modo especial los sentimientos de Jesús, en ellos vemos como reluce su humanidad, recordemos que Él es verdadero Dios y verdadero hombre.

En su humanidad unida a su divinidad nos redime, y en esta misma unión también nos enseña como hemos de vivir nuestro ser cuerpo y alma, con todo lo que ello implica, inclusive la esfera afectiva, y en ella nuestros sentimientos, pues ellos son parte de nuestro ser y hemos de aprender a educarlos, para que encaminarlos por la voluntad bajo la guía la razón iluminada por la fe.

«Estas afecciones, dirigidas y enderezadas por la recta razón hacia su fin propio, ¿quién se atreverá a llamarlas enfermedades del alma o pasiones viciosas? El Señor, que se dignó llevar una vida humana en forma de siervo, pero que carecía totalmente de pecado, hizo uso de ellas cuando juzgó que debía hacerlo. Porque la verdad es que en Él, que tenía verdadero cuerpo y verdadera alma de hombre, no era falso ese afecto. Por eso se dicen cosas verdaderas cuando se cuenta que se contristó con ira por la dureza de corazón de los judíos» (san Agustín, De civitate Dei 14,9,4).

Roguemos al Señor nos conceda la gracia de una esperanza firme que no desfallezca ante las contrariedades, antes bien perseveremos en su camino, reconociendo que nuestra vida no está en manos de los hombres sino en las manos de Dios.

La imagen: es el rostro del famoso «David» de Miguel Ángel, según algunas interpretaciones el escultor florentino quizo presentar la mirada confiada de David antes de la batalla con Goliat