Sobre la Mortificación – Parte III

*Tomado del libro de las Tres Edades de la vida interior del P. Reginald Garrigou-Lagrange O.P. – Capítulo sobre el «Naturalismo práctico y la mortificación cristiana»

LA MORTIFICACIÓN SEGÚN EL EVANGELIO

Para comprender bien, en oposición a los dos extremos errores de que acabamos de hablar, cuál es el verdadero espíritu de la mortificación cristiana, es preciso que paremos mientes en lo que de ella nos dice Nuestro Señor en el Santo Evangelio, y cómo la han comprendido y vivido los santos.

No vino el Salvador a la tierra para realizar obra humana de filantropía, sino una divina obra de caridad; y la cumplió hablando a los hombres más de sus deberes que de sus derechos, recordándoles la necesidad de morir totalmente al pecado para hacerse dignos de recibir abundantemente una nueva vida, y quiso darles pruebas de su amor hasta morir en la cruz por rescatarlos. Esos dos aspectos de muerte al pecado y vida superior van siempre mencionados juntos, con una nota dominante, que es la del amor de Dios. Nada parecido se encuentra en los errores antes citados.

¿Cuál es la doctrina de Nuestro Señor respecto a la mortificación? En San Lucas, dice: Si alguno quiere venir en pos de mí, renuncíese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida la perderá; y al contrario, el que perdiere su vida por amor de mí, la pondrá en salvo. ¿Qué adelanta el hombre con ganar iodo el mundo, si se pierde a sí mismo? Jesús, en el Sermón de la Montaña, nos enseña la necesidad de la mortificación, es decir de la muerte al pecado y a sus consecuencias, insistiendo sobre la sublimidad de nuestro fin sobrenatural: Si vuestra justicia no es más perfecta que~la de los escribas y los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial

¿Por qué? Porque Jesús nos da la gracia que es una participación de la vida íntima de Dios, superior a la vida natural de los ángeles, a fin de conducirnos a la unión con Dios, ya que estamos destinados a contemplarle como él se ve a sí mismo, y a amarle como se ama él. Éste es el sentido de las palabras: «Sed perfectos como es perfecto mi Padre celestial.» Pero esto exige la mortificación de todo lo que hay en nosotros de vicioso, la mortificación de los movimientos desordenados de la concupiscencia, de la cólera, del odio, del orgullo, de la hipocresía.

Nuestro Señor estuvo muy explícito acerca de esta materia, en el mismo Sermón de la Montaña. En ninguna ocasión enseñó tan claramente la mortificación, tanto interior como exterior, que el cristiano debe practicar, y el espíritu de esa mortificación. Bastará traer a la memoria algunas de esas palabras del Salvador. El verdadero cristiano debe excluir, cuanto le sea posible, cualquier resentimiento y animosidad de su corazón: «Si al tiempo de presentar tu ofrenda ante el altar, allí te acuerdas que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja allí mismo tu ofrenda delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y después volverás a presentar tu ofrenda». «Ponte de acuerdo luego con tu adversario»; porque menéster es ver en él no solamente a un enemigo, sino a un hermano, a un hijo de Dios. Bienaventurados los mansos.

Un día un joven israelita que sabía el Padre nuestro, tuvo la inspiración de perdonar a su mayor enemigo; inmediatamente recibió la gracia de creer en el Evangelio y en la Iglesia. Mortificación de la concupiscencia, de las malas miradas, de los malos deseos que son suficientes para cometer adulterio en el corazón: «Si tu ojo derecho es para ti una ocasión de pecar, arráncatelo…; tu mano…, córtala; pues mejor te está que perezca uno de tus miembros, que no el que vaya todo tu cuerpo al infierno» No podía el Señor expresarse de una manera más enérgica; así se explica que los santos, sobre todo para triunfar de ciertas tentaciones, aconsejen el ayuno, las vigilias y otras austeridades corporales, que, practicadas con discreción, ‘obediencia y generosidad, someten el cuerpo a servidumbre, y aseguran la libertad del espíritu.

El Sermón de la Montaña habla también de la mortificación de cualquier deseo desordenado de venganza: Habéis oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente; pero yo os digo que no hagáis resistencia al agravio. No respondáis con amargura a la injuria, para tomar venganza; resistid, si es preciso hasta la muerte, al que os quiere arrastrar al mal; pero soportad pacientemente las injurias, sin odio, sin irritación: Si alguno te hiriere en -la mejilla derecha, preséntale también la otra. Y al que quiere armarte pleito para quitarte la túnica, lárgale también la capa. Es decir, vive dispuesto a soportar la injusticia con longanimidad; esta paciencia desarma la cólera del adversario y lo convierte a veces, como se pudo ver en los tres siglos de persecución que tuvo que sufrir la naciente Iglesia. El cristiano ha de sentirse menos preocupado por defender sus derechos temporales, que por ganar para Dios el alma de su hermano irritado. Por aquí se echa de ver lo subido de la justicia cristiana, que siempre debe ir unida a la caridad.

A los perfectos se les amonesta aquí a que no se enreden en litigios, a menos que se trate de superiores intereses a ellos confiados. En el mismo pasaje nos exige el Señor la mortificación del egoísmo y del amor propio, que nos inclina a alejarnos de aquel que va a pedirnos un favor; la mortificación ele los juicios temerarios, de la soberbia. espiritual y de la hipocresía, que nos incitan «a hacer obras buenas o a orar delante de los hombres para ser vistos por ellos» Nos enseña, en fin, cuál ha de ser el espíritu de mortificación: morir al pecado y a sus consecuencias por amor de Dios.

Nuestro Señor se expresa aquí de la manera más amable, al revés de lo que dirá la orgullosa austeridad de los jansenistas. Dice así en San Mateo: Cuando ayunáis, no pongáis las caras tristes como los hipócritas, que desfiguran sus rostros para mostrar a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya recibieron su galardón. Tú, al contrario, cuando ayunas, perfuma tu cabeza y lava bien tu cara, para que no conozcan los hombres que ayunas, sino únicamente tu Padre que está presente a todo lo que hay de secreto; y tu Padre que ve en secreto, te dará por ello la recompensa.

Es decir, según lo han entendido los Padres, perfuma tu cabeza con el óleo de la caridad, de la misericordia y de la alegría espiritual. Lava tu rostro, es decir, limpia tu alma de todo espíritu de ostentación. Cuando te ocupas en estos actos de piedad, nada prohibe el que seas visto, sino el pretender serlo, porque perderías así la pureza de intención que directamente te ha de llevar al Padre, presente en el secreto de tu alma.

Tal es el espíritu de la mortificación o austeridad cristiana, que los jansenistas nunca comprendieron; es espíritu de amor de Dios y del prójimo. Es un espíritu de amor que se difunde sobre las almas para salvarlas; es por la misma razón espíritu de mansedumbre, porque, ¿cómo ser mansos, aun con los ásperos y malhumorados, sin saber antes vencerse a sí mismos, ser dueños de la propia alma? Es un espíritu que nos inclina a ofrecer a Dios todo lo que nos pudiere acontecer de penoso, para que esto mismo nos ayude a acercarnos más a él y a salvar las almas, de forma que todo coopere al bien, aun los obstáculos que encontremos en el camino, del mismo modo que Jesús hizo «de su cruz el gran medio de salud.

Por aquí se comprende que la mortificación cristiana, por este espíritu de amor de Dios, se eleve, como una cumbre, por encima de la blandura del naturalismo práctico y de la austeridad orgullosa y displicente. Ésta es la mortificación que hemos podido observar en los santos formados a imagen de Jesús crucificado, bien se trate de los de la primitiva Iglesia, como los primeros mártires, ya de los de la Edad Media, como San Bernardo, Santo Domingo o San Francisco de Asís, o, en fin, de los más recientes, como San Benito José Labre, el Cura de Ars, o de los últimamente* canonizados, como San Juan Bosco y San José Cotolengo. Mirabilis Deus in Sanctís suis!

*Lagrange vivió a inicios del Siglo XX

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