Su Amor nos mueve a amar

5 de enero – Feria de Navidad

1 Jn 3, 11-21; Sal 99; +Jn 1, 43-52

Todo aquel que ha renacido por la aguas del Bautismo ha comenzado a vivir una nueva vida en Cristo, de hecho decimos, ha sido divinizado, ha comenzado a gozar de la vida de un hijo de Dios. ¿Y en qué se conocen los hijos de Dios? En que aman. Éste es el ejemplo que nos dio el hijo Unigénito del Padre, éste es el ejemplo que nos dio Jesús, es más, Él, no sólo es nuestro modelo sino que es el origen, la raíz, la fuente de la que brota ese amor. Puesto que todo cristiano está llamado a vivir bajo la Ley evangélica del amor, todo cristiano está ha llamado a amar, porque Dios lo ha amado primero en Cristo Jesús.

El amor al hermano lleva a procurarle siempre el bien, y el mejor bien posible en todo momento, para alabanza y gloria de Dios. Como hombres que han sido rescatados de la fauces del pecado y sus consecuencias por la fuerza del amor, no podemos sino querer que ese amor sea conocido, se servido y sea correspondido. A través de nuestras obras de misericordia con el prójimo en última instancia lo que estamos haciendo es llevar el mismo de amor de Jesús a los demás. De ese modo el amor de Dios que late en el Corazón bendito de su Hijo se difunde por todo el mundo, un amor que tiene su origen en la Misericordia del Padre.

Se trata de un amor que lleva incluso hasta la ofrenda la propia vida, la máxima expresión de este amor es el sacrificio, pues ya lo dijo el Divino Maestro “nadie tiene amor más grande como aquel que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Así el signo del amor verdadero es que no quita la vida, al contrario la da donándose a sí mismo. Ya lo decía la carta de san Juan “En esto hemos conocido el amor: en que él dio su vida por nosotros. Por eso también nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.” (1Jn 3, 16)

«Ni podemos amarnos unos a otros con rectitud sin la fe en Cristo; ni podemos creer de verdad en el nombre de Jesucristo sin amor fraterno»

S. Beda, In 1 Epistolam Sancti Ioannis, ad loc.

Este amor es el que está en el fondo de todo discípulo misionero de Cristo, es el que movió a los primeros discípulos a conducirse el uno al otro hasta el Señor, Juan el Bautista condujo a Juan y Andrés, al decirles “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29); Andrés condujo a Pedro diciéndole “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 41); Felipe condujo a Natanael diciéndole: “Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas: Jesús de Nazaret, el hijo de José.” (Jn 1, 45). El amor de Cristo y a Cristo nos mueve a la misión.

La llamada de Jesús a seguirle pasa por esta experiencia de un primer encuentro con Él, un encuentro en el que nuestra mirada se entre cruza con la del Amor de nuestras vidas, nuestro amado Jesús nos mira con misericordia, y invita a verle con apertura de corazón a la salvación por la que se inmoló por nosotros en la cruz. Así los cielos se nos abren, contemplamos las bendiciones del cielo y entramos en la presencia de Dios.

Podemos incluso decirle “Tú eres pues la puerta, y, según lo que añades después, abres a todos los que quieren entrar. ¿Pero para qué nos sirve ver una puerta abierta en el cielo, nosotros que estamos sobre la tierra, si no tenemos el medio para subir allá? San Pablo nos da la respuesta: “el que subió, es el mismo que bajó”(Ef 4,9). ¿Quién es? El Amor. En efecto, Señor, es el amor que, de nuestros corazones, sube hacia ti porque es el amor que, de ti, descendió hasta nosotros. Porque nos amaste, descendiste hacia nosotros; amándote, podremos subir hasta ti. Tú que dijiste: “yo soy la puerta”, ¡en tu nombre, por favor, ábrete delante de nosotros! Entonces veremos claramente de qué morada eres la puerta, y cuando y a quien abres.”

Guillermo de san Teodorico, Oraciones meditadas, VI, 5-7: SC 324.

Que el Señor nos conceda la gracia en este día de poder hacer memoria y nutrir nuestro amor de aquella primera vez en la que hicimos experiencia de la presencia de Dios en nuestras vidas, para que movidos por su gracia, podamos llevar a otros a este encuentro que cambia la historia de la humanidad, cambiando nuestros corazones.

IMG: Estatua de san Felipe, apóstol. En la Basílica de san Juan de Letrán.