Saliendo de la Esclavitud

III Domingo de Cuaresma

Ante un mundo muchas veces hostil a la presencia del Dios del amor y de la vida, ante una cultura que se opone a todo sentido de abnegación cayendo en el conformismo y la comodidad malsana, ante una enfermedad espiritual que polula como epidemia en los corazones de los hombres que presa de la desesperación caen en la tibieza y se alejan del Señor.

Hoy nuestra madre la Iglesia nos recuerda que el Señor escucha el clamor de su pueblo, atiende el grito afligido del alma, se compadece del hombre que sufre a causa de la esclavitud del pecado y se abaja para entrar en diálogo con él por amor, y aunque pareciese que el hombre ha tomado la iniciativa con su súplica es Dios mismo quien ha inscrito en su corazón una sed que parece insaciable y que sólo se aquieta cuando le encuentra.

Pues esa sed podríamos llamarla también una nostalgia del cielo, que le recuerda al hombre que no fue creado para vivir preso de realidad mundanas y mudables, sino para algo mucho más alto, le recuerda al hombre su vocación de ser imagen y semejanza de Dios, le recuerda al cristiano que se ha alejado del camino lo que la sangre de Cristo le adquirió en la Cruz, la dignidad de ser un hijo del Altísimo.

La Sagrada Escritura nos recuerda como el hombre fue creado por amor, pero a causa de la envidia del diablo cayó presa del pecado y se apartó del Señor. Al punto que el hombre que un tiempo paseaba con Dios en el paraíso, ahora se esconde del Señor al descubrirse miserable a causa del pecado, se enfrenta con un malsano sentimiento de culpa que no es dolor por el pecado ni arrepentimiento sino simple y llana desesperanza, se siente vulnerable, suscetible de morir y se llena de miedo.

Sin embargo Dios no abandonó al hombre a su perdición, sino que escuchó el gemido de su corazón, y se apiadó de él, la esclavitud de lo israelitas en Egipto ha sido vista siempre en la tradición de la Iglesia como un signo de la esclavitud que el pecado genera en el corazón del hombre, y la llamada de Moisés para ir a liberar al pueblo de Dios ha sido el signo de Cristo que ha venido para el rescate de aquellos que habían perdido su libertad.

Y así el dialogo que se entabla entre Dios y Moisés en la zarza ardiente se transforma en diálogo de amor entre un Dios cercano y los hombres que llegará a su plenitud y perfección en Jesucristo.

Es curioso pensar como muchas veces el hombre cae tan fácilmente en la desesperación y se aleja de Dios, prefiere ocultarse ante su presencia como lo hicieran Adán y Eva después de la caída.

Se escucha a menudo la tristeza de las almas de aquellos se sienten como derrotados y esclavizados que dicen “es imposible no caer en ‘x’ o ‘y’ pecado” “si yo no puedo salir de esto por más que intento” “si no voy a vivir bien la voluntad de Dios mejor ni siquiera intentar” “si siempre me voy a acusar del mismo pecado cada vez que me confieso de qué me sirve hacerlo” etc.

Y poco a poco el demonio les gana el mandado y caídos en la desesperación, consciente o inconscientemente, prefieren vivir en lejanía para “sufrir menos”.

Sin embargo, queridos hermanos Dios que nos creo por amor, que nos llamó al amor y a la vida, que nos ha hecho hijos suyos no pide imposibles cuando nos llama a romper con el pecado y perseguir la santidad de vida cuando Jesús nos dice: “sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”

Esta perfección evangélica es una perfección en el amor, la cual es una obligación de todo cristiano, pero una obligación tensión, de aspiración, de deseo franco y sincero puesto que la santificación de nuestro ser es una obra del Espíritu Santo que se desarrolla a lo largo de toda nuestra vida y a la cual correspondemos con nuestra actitud permanente de conversión en medio de los combates, debilidades y tentaciones a las que nos enfrentamos.

No es lo mismo pecar deliberadamente contra Dios por malicia, e incluso con desprecio hacia Él, que caer por fragilidad mientras se lucha por vivir cada vez más fielmente según su santa voluntad.

En el primer caso no hay deseo de santidad, no se aspira a nada, es más incluso hay un alejamiento deliberado de Dios, llegando en el peor de los casos a rechazar la misericordia de Dios blasfemando contra el Espíritu Santo, de alguna manera es el que obstinadamente permanece en pecado mortal y que comienza a vivir una antesala del infierno en la tierra.

En el segundo caso se trata de un hombre o una mujer que anhelando vivir en santidad, aspirando al cielo como su felicidad eterna, en medio del combate de la fe sufre una caída, pero que sabe recurrir con un corazón contrito a la misericordia del Señor que siempre está dispuesto a perdonar y es purificado por el fuego del amor del Espíritu Santo que le hace vencer sobre el pecado y sus consecuencias poco a poco, de tal modo que si un tiempo se acostumbró a vivir en pecado mortal llegará a romper con él y emprenderá una lucha tenaz contra el pecado venial y las imperfecciones, será robustecido por la gracia de Dios adquiriendo toda virtud que viene de Él, asemejándose cada día más a Cristo viviendo como un ciudadano del cielo que peregrina por esta tierra.

Estamos llamados a dar fruto, y fruto en abundancia, y el Señor nos da siempre una nueva oportunidad mientras peregrinamos por esta tierra, si hemos sido como la higuera del Evangelio que no ha presentado frutos a su tiempo, volvamonos al Señor y confiemos en su misericordia, recurramos al sacramento de la Reconciliación, para que su gracia produzca frutos de amor y vida eterna en nuestras vidas para alabanza de su Nombre.

IMG: La zarza ardiente de Sebastián Bourdon