Abriéndo el corazón

Gn 18, 1-10a; Sal 14; Col 1, 24-28; +Lc 10, 38-42

“La hospitalidad de Mambré es preludio a la anunciación del verdadero hijo de la promesa”

Esas son las palabras con las que la Iglesia nos invita a acoger el tesoro de la palabra que hemos escuchado en este día. Abraham no pierde la ocasión para realizar un bien, y buscando hacer el bien sale al encuentro de la bendición del Señor. Abraham fuera de su tienda, a una hora calurosa contempla la llegada de tres hombres, al verlos pasar se muestra solícito y hospitalario para atenderlos, acogiendo al peregrino en su casa se convierte en modelo del hombre que busca ser grato a los ojos de Dios, su prontitud y diligencia son para nosotros una exhortación viva del modo en que hemos de estar atentos al paso del Señor en nuestra historia para acogerlo en el momento en que Él se presente.

Cuando la Iglesia nos dice que este pasaje es un preludio a la anunciación del verdadero hijo de la promesa, no se refiere sólo al anuncio del nacimiento de Isaac, sino que también nos invita a poner la mirada en la promesa de un hijo que colmará la felicidad no sólo de un hombre, sino de todos los hombres, nuestra madre la Iglesia nos invita a poner la mirads en Jesucristo y preguntarnos ¿cómo acogemos nosotros el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación? ¿Cómo acogemos a Cristo que pasa por nuestras vidas en diferentes maneras? ¿Sabemos reconocer a Cristo en el prójimo? ¿somos prontos y diligentes para cumplir su Palabra? Y es que, queridos hermanos, toda oportunidad de hacer el bien, es una oportunidad de acoger al Señor en nuestra corazón.

El santo Evangelio también nos habla del recibimiento en casa propia de un peregrino, en este caso Marta y María que acogen a Jesús que pasa. Estas hermanas han sido tradicionalmente las imágenes de las dimensiones activa y contemplativa de la vida de la Iglesia.

Como Marta todo cristiano en esta vida habrá de ponerse manos a la obra para amar al prójimo para procurarle siempre el bien, pues en todo aquel que encuentra por el camino encuentra a Cristo que pasa por su vida derramando bendiciones, en toda ocasión de hacer el bien el hombre debería escuchar como su corazón le invita a elevar una oración al Señor diciendo “te ruego que no pases junto a mí sin detenerte”.

Como María todo cristiano debería estar atento a la Palabra que el Señor le dirige cuando se detiene en su casa, poner en el su mirada, su mente, sus afectos, entregarse por completo a estar junto a Él, sabiendo que la verdadera bendición no es todo lo que se hizo por el Señor, ni todo lo que el Señor le dio mientras pasaba, sino el haber estado junto a Él, el haberlo tenido en la propia casa, en lo más íntimo de su ser, esa queridos hermanos, creo yo, es la parte mejor.

Así vemos como la contemplación no se opone a la actividad, sino que la plenifica, la alimenta, la nutre, la lleva a ver su verdadero sentido. Lo que verdaderamente se opone a la contemplación es la dispersión, como cuando en el afán de una multitud de actividades se pierde de vista la razón de ser de la mismas. Cuando por estar ocupado en muchas cosas se pierde lo que de verdad importa.

En este domingo queridos hermanos, día del Señor, al escuchar en la Santa Misa su Palabra y al recibirlo en la Sagrada Eucaristía, no seamos indiferentes a su paso, abramos las puertas de nuestra casa, abrámosle nuestros corazones, elijamos la parte mejor, para que al salir del templo vayamos con ánimo confiado a vivir lo que hemos aprendido y podamos dar frutos de vida eterna. Así sea.