Alegría y Misericordia

XXIV Domingo Tiempo Ordinario – Ciclo C

Ex 32 7-11.13-14;  Sal 50; 1 Tim 1, 12-17; +Lc 15, 1-32

“Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15, 24)

Al centro de la Sagrada Liturgia este Domingo encontramos la misericordia del Señor que sale al encuentro del que se acoge a Él, que va por montañas y veredas hasta para tomarle en sus hombros y llevarle consigo a su morada, que se lanza en sus búsqueda cuidadosamente y una vez le halla hace una gran celebración.

“Tras el pecado de Israel, que se apartó de Dios para adorar al becerro de oro (cf. Ex 32), Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en medio de un pueblo infiel, manifestando así su amor (cf. Ex 33, 12 – 17).” Versículos después “A Moisés, que pide ver su gloria, Dios le responde: «Yo haré pasar ante tu vista toda mi bondad (belleza) y pronunciaré delante de ti el nombre de YHWH» (Ex 33, 18 – 19). Y el Señor pasa delante de Moisés, y proclama: «YHWH, YHWH, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Ex 34, 5 – 6). Moisés confiesa entonces que el Señor es un Dios que perdona (cf. Ex 34, 9).” (CEC 210)

La misericordia del Señor es una de las grandes verdades que nos han sido reveladas ya desde el AT, de hecho “El Nombre Divino «Yo soy» … expresa la fidelidad de Dios que, a pesar de la infidelidad del pecado de los hombres y del castigo que merece, «mantiene su amor por mil generaciones» (Ex 34, 7).” Es más, llegada la plenitud de los tiempos “Dios revela que es «rico en misericordia» (Ef 2, 4) llegando hasta dar su propio Hijo. Jesús, dando su vida para librarnos del pecado, revelará que Él mismo lleva el Nombre divino: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo soy» (Jn 8, 28)” (CEC 210)

Es el Señor quien ha tenido la iniciativa de reconciliarnos consigo, es Él quien nos ha querido a traer hacia Sí con lazos de amor “Al entregar a su Hijo por nuestros pecados, Dios manifiesta que su designio sobre nosotros es un designio de amor benevolente que precede a todo mérito por nuestra parte: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1Jn 4, 10; cf. 1Jn 4, 19). «La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

Cuando reflexionamos acerca de la Misericordia santo Tomás de Aquino nos enseña que hemos de recordar que esta palabra significa literalmente aquel que tiene un corazón mísero, un corazón que está entristecido a causa de un defecto propio o ajeno y esto tiene por efecto el buscar suplir este defecto con una perfección. Sabemos por otro lado que Dios es en sí mismo es eternamente feliz y también que Él es la perfección en grado sumo, por tanto vemos que cuando hablamos de misericordia de Dios lo hacemos en cuanto efecto: el Señor que movido por su infinita bondad buscar desterrar toda imperfección de nuestra vida (por ende de todo pecado) y colmarnos de aquella eterna felicidad de la misma vida divina, de la vida de la gracia.

Esta enseñanza tan profunda, nos la transmite también el Papa Francisco al hablarnos de la alegría de Dios, diría él: “Estas tres parábolas hablan de la alegría de Dios. Dios es alegre. Interesante esto: ¡Dios es alegre! ¿Y cuál es la alegría de Dios? La alegría de Dios es perdonar, ¡la alegría de Dios es perdonar! Es la alegría de un pastor que reencuentra su oveja; la alegría de una mujer que halla su moneda; es la alegría de un padre que vuelve a acoger en casa al hijo que se había perdido, que estaba como muerto y ha vuelto a la vida, ha vuelto a casa. ¡Aquí está todo el Evangelio! ¡Aquí! ¡Aquí está todo el Evangelio, está todo el cristianismo! Pero mirad que no es sentimiento, no es «buenismo». Al contrario, la misericordia es la verdadera fuerza que puede salvar al hombre y al mundo del «cáncer» que es el pecado, el mal moral, el mal espiritual. Sólo el amor llena los vacíos, las vorágines negativas que el mal abre en el corazón y en la historia. Sólo el amor puede hacer esto, y ésta es la alegría de Dios.” (Angelus 15/09/2013)

La salvación de la humanidad por la misericordia de Dios manifestada y realizada en Jesucristo es uno de las verdades y gozos que alberga el tesoro de nuestra fe, ya los padres de la Iglesia en los primeros siglos del cristianismo nos lo han anunciado:

“Ese hombre que tiene cien ovejas es Cristo. El buen pastor, el pastor piadoso que en una única oveja, es decir, en Adán, había personificado toda la grey del género humano, colocó a esta oveja en el ameno jardín de Edén, la colocó en verdes praderas. Pero ella se olvidó de la voz del pastor, al dar oídos a los aullidos del lobo, perdió los apriscos de la salvación y acabó toda ella cosida de letales heridas. En busca de ella se vino Cristo al mundo, y la halló en el seno de un campo virginal.

Vino en la carne de su nacimiento e izándola sobre la cruz, la cargó sobre los hombros de su Pasión y, en el colmo de la alegría de la resurrección, la llevó mediante la ascensión colocándola en lo más elevado de la mansión celestial. Reúne a los amigos y vecinos, es decir, a los ángeles, y les dice: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.” (San Pedro Crisólogo, Sermón 168)

Bendigamos ahora queridos hermanos al Señor que en su infinita bondad se dignó hacernos partícipes de su gloria, de su misma vida, de su misma felicidad eterna, busquemos siempre vivir fieles a ese buen Pastor que salió a nuestro encuentro y si hemos estado alejados, si hemos tropezado o incluso si hemos caído, hoy es tiempo de volver a la casa del Padre, te recibe con los brazos abiertos, vuelve ¿por qué buscar la vida y la felicidad como quien busca agua en cisternas agrietadas teniendo a disposición la fuente de la que brota el agua para la vida eterna?

IMG: «Regreso del hijo pródigo» de Pompeo Bantoni