Venciendo la envidia

Jueves – II semana del Tiempo Ordinario – Año par

  • 1S 18, 6-9; 19, 1-7. Mi padre busca el modo de matarte.
  • Sal 55. En Dios confío y no temo.
  • Mc 3, 7-12. Los espíritus inmundos gritaban: «Tú eres el Hijo de Dios», pero él les prohibía que lo diesen a conocer.

Cuando el hombre olvida quién es y, peor aún, olvida quién está a su lado, tiende a caer en vicios tan horrorosos y temibles como el que vemos en el rey Saúl en esta mañana. La envidia, el egoísmo, la vanidad etc. son una manifestación del ánimo orgulloso del Rey de su afán desordenado de propia excelencia que le llevará incluso a la consideración del asesinato del joven David.

Como en muchas ocasiones sucede tras las grandes hazañas realizadas por los hombres la gente tiende a celebrar por los éxitos obtenidos, sin embargo, vemos como el cántico entonado en esta ocasión fue el detonante para hacer estallar el ánimo inestable de Saúl. Parece ser que el Rey había olvidado quién era él, cuál era su oficio, se olvido que el joven David sólo pudo haber ido a combatir a Goliat porque fue enviado por él, que él era el comandante en jefe del ejército de Israel, que él tenía el gobierno, se le olvidó que David era miembro de su pueblo, que su victoria era también la suya, que el era el hombre con la autoridad, mientras el joven David era solamente un pastorcito, el hijo más pequeño de su casa, se olvido Saúl quien era él mismo y quien era David frente a él.

Saúl se dejo llevar por el vicio de la envidia que por definición una la tristeza que se experimenta por el bien del otro, se dejo llevar por la soberbia que es el afán desordenado de propia excelencia, se dejo llevar por la ira y la impiedad, puesto que planeaba la muerte violenta del inocente. Estos vicios ciertamente pueden combatirse pero para ello hace falta en primer lugar la humildad, que es la virtud que regula el afán desordenado de propia excelencia, la humildad de saber reconocer quien soy yo frente a Dios, soy lo que soy delante de Dios, con límites, cada quien con sus propias debilidades, incluso con sus caídas pero también con la capacidad de realizar el bien por gracia de Dios; hemos de saber mantener viva la virtud de la piedad por la cual, por la gracia del bautismo,  reconocemos a Dios como Padre y a los demás como hermanos, puesto que somos miembros de la familia de Dios, además formamos parte de un solo Pueblo, de un sólo Cuerpo en Cristo Jesús, la envidia no puede anidar en el corazón del hombre que sabe que el bien para su hermano es a la vez un bien para él.

Cristo nos hizo miembros de una misma familia en su Cruz, lo vemos ya realizando esa labor en medio de las gentes en el Evangelio, Él no hace acepción de personas, a todos les busca a ayudar, a todos socorrer, a todos les asiste y a todos anuncia su palabra, por eso las multitudes le buscaban porque no sólo experimentaban una curación milagroso, sino que se sabía amados por el Buen Pastor.

Si nosotros mantuvieras estas nociones, cuanto colaboraríamos a vivir en paz en nuestra sociedad, cuanto podríamos progresar en las vías de la santidad, dos frases para meditar, soy lo que soy delante de Dios nada más ni nada menos y el bien del otro es a la vez un bien para mí.

Que el Señor nos conceda la gracia de saber descubrir la belleza de haber sido llamados a formar parte de la gran familia de Dios.

IMG: Roselli «El triunfo de David»