Compasión y sencillez

Miércoles – VI semana de Tiempo Ordinario

• St 1, 19-27. Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla.
• Sal 14. ¿Quién puede habitar en tu monte santo, Señor?
• Mc 8, 22-26. El ciego está curado y veía todo con claridad.

En el santo Evangelio contemplamos la grandeza del amor del Corazón de Jesús, que se compadece de aquellos que pasan dificultades, como evitando todo show con sencillez y suavidad busca realizar este gran milagro, a nosotros podría parecernos sorprendente el modo en que termina todo, Jesús no quiere que este hombre una vez curada entre nuevamente en la ciudad, y constantemente vemos este gesto tras las grandes obras que realiza Jesús, pide que no sé dé a conocer el milagro que hizo, es el llamado secreto mesiánico del Evangelio de Marcos, y es que el Señor buscaba con esto preservar a las multitudes de ir tras de Él en búsqueda de un mesias terreno o político como muchos quería verlo, uno que les solucionara todos los problemas de una vez y que les ahorrara el trabajo con el cual cada uno debe de empeñarse para hacer la voluntad de Dios.

Jesús no nos ha prometido seguridades y alegría plena e imperturbable en este mundo, antes bien nos enseñó que debíamos negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz cotidiana y caminar en pos de Él. Alguno podría decir entonces para que comportarnos rectamente si nada va a cambiar, porque yo tengo que ser diferente cuando parece que a todo el que se dedica al mal le va bien en este mundo. Pues lo hacemos porque hemos sido encontrados como la oveja perdida por el Buen Pastor. Porque quiero llevar su amor a este mundo. Porque yo no me porto bien para ganarme el cielo, sino que me porto bien porque el cielo me ha sido ganado, me ha sido dado gratuitamente, y quiero comenzar a gozar aunque sea de modo imperfecto las alegría que se me han prometido, y no quiero hacer nada para perderlas.

El ciego comienza ver poco a poco ¿significa que Jesús no podía haber sanado sus ojos de una vez? Hay quien a esto responde que con el gesto de una visión progresiva, quería mostrarnos que nuestra vista sobre la vida sobrenatural, sobre nuestra relación con Cristo, que nuestra comunión con Dios, es un proceso gradual en el que se va perfeccionando nuestra capacidad de descubrir su presencia en nuestras vidas y en el mundo que nos rodea. La vida espiritual se desarrolla progresivamente, no hay saltos, sino perseverancia continua en la búsqueda del bien, y del mejor bien a realizar en cada caso. Por eso en el camino de conversión hacia la comunión plena con el Señor hemos también de sabernos tener paciencia, es Dios que nos va configurando con su Hijo, y nos va dando un nuevo modo de ver la realidad, su propio modo de verla en virtud de la fe.

Por tanto no hemos de desanimarnos sino que como el ciego del Evangelio nos sepamos conducir por Jesús aunque sea fuera de la ciudad, dejemos que el obre en nosotros como quiera, sabiendo que si entramos en su voluntad no encontraremos sino el poder contemplar su rostro cara a cara.