En espíritu y verdad

Martes – II semana de cuaresma

• Is 1, 10.16-20. Aprended a hacer el bien, buscad la justicia.
• Sal 49. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
• Mt 23, 1-12. Ellos dicen, pero no hacen.

La Sagrada Liturgia nos invita hoy a examinar el modo en que estamos viviendo y asumiendo nuestra manera de poner en práctica las enseñanzas del Señor sea en nuestra relación con Él a través de nuestros actos religiosos sea en nuestras relaciones con los demás particularmente con los más necesitados.

El profeta Isaías en el capítulo que leemos hoy transmite una palabra del Señor en la que reprocha el cumplimiento meramente formal y externo de los sacrificios que ofrecían en el templo los israelitas, así como el olvido de la misericordia hacia el hermano. Ante estos llamados de atención de los profetas en general hemos de recordar que no se reprocha el culto al Señor en sí como algo malo, esto sería una contradicción pues vemos que en los libros del pentateuco el Señor lo pide e incluso dice cómo se han de desarrollar. Lo que se condenan es la vacuidad del culto. Existen dos polos negativos a evitar, una participación en nuestras actividades religiosas meramente formal y carente de vida interior, y el reducir nuestra fe a la ayuda social que hace de la Iglesia una agencia de cooperación al estilo ONG.

Una celebración de las maravillas del Señor en la historia de los hombres que se hace en espíritu y verdad, con el corazón plenamente entregado a Dios y que es consciente de lo que hace, se traduce en actitudes y comportamientos concretos de caridad fraterna. Pues si nuestro dar culto a Dios es un acto que busca corresponder a su amor, no podemos dejar de amar lo que Él ama, o mejor dicho, a quiénes Él ama, es decir a todos sus hijos, de ahí es que brota el reclamo del Señor. Aún si lo vemos en un nivel natural, el hombre da culto Dios haciendo un acto de justicia, pues le da lo que le es debido, pero ¿cómo alguien que se dice ser justo puede dar a uno lo que le corresponde y no a otros? ¿no sería esto atentar contra la misma definición de justicia?

Por ende también hemos de buscar ser justos con nuestros hermanos que pasan mayor necesidad recordando el destino universal de los bienes y las relaciones de interdependencia que hay entre todos los hombres, pero más aún, en nuestra fe cristiana nos reconocemos los unos a los otros como hijos de un mismo Padre, somos hermanos en Cristo Jesús, ¿puede un hermano ser indiferente ante la necesidad de otro? Y si vamos más allá todavía, aunque el otro no me procurará un bienes sino el contrario aunque si el otro me procurara males, nosotros siempre estamos llamados a procurar el bien en el amor a los enemigos, puesto que esa es la medida con Cristo nos amó, como diría san Pablo “cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (Rm 5, 10). Y es que el pecado puso una brecha entre la justicia divina y nosotros, pero por el sacrificio de amor de Cristo en el Calvario anuló toda división, y reanudó nuestra amistad con Dios. Estamos en una eterna deuda, en una suave deuda, en una dulce deuda de amor, que el Señor ha buscado que satisfagamos en el amor al prójimo.

En este sentido va también el reclamo de Jesús a algunos de los fariseos y la advertencia que lanza a sus discípulos, pues dicen bien pero hacen mal, pues aunque cumplen la ley, no la interiorizan, escuchan la palabra pero no se dejan transformar por ella. Y para dejar que la Palabra produzca todo su efecto hace falta la humildad de reconocernos necesitados de ella, porque si nos reconocemos así estaremos abiertos a obedecerla. Quien está lleno de sí no tiene espacio para recibir a otro.

Es triste ver ese doblez que provoca la hipocresía, pero cuan grande es la alegría y la motivación que se recibe cuando se conoce a alguien que no solo predica lo que dice con su boca sino que también lo hace con su ejemplo, y de esto hay muchos casos en nuestras comunidades, y aún más en la historia de la Iglesia a través de las vidas de los santos. El que obra bien porque primero se ha sabido amado por Dios en el fondo no busca sino que otros también hagan experiencia del amor de Dios. No se busca a sí mismo, no se deja doblegar por el vicio de la vanidad, no se hincha por el reconocimiento ajeno, es más busca pasar desapercibido, desea lo mismo que san Juan Bautista cuando decía “es necesario que yo mengüe y que Él crezca”

«Muchas veces se exhibe una apariencia de virtud y se ambiciona una fama engañosa, sin ningún interés por la rectitud interior ; así, lo que no es más que maldad escondida se complace en la falsa apreciación de los hombres. El que ama a Dios se contenta con agradarlo, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite»

San León Magno, Sermones 92,1-2

 El que con sencillez se acerca al Señor a darle un culto sincero y que busca compartir con sus hermanos la alegría del Amor que ha experimentado a través de obras de misericordia, realmente goza de paz en el corazón, goza de una sana estima de sí mismo y goza de un sano aprecio de los demás, es verdaderamente libre de todo apego a un afán de sobresalir y ser visto porque lo único por lo que se preocupa es porque Dios sea amado, conocido y servido en una palabra porque sea glorificado.

Roguemos al Señor nos conceda la gracia de un corazón manso y humilde como el suyo, para que nuestras actitudes y comportamientos sean expresión del culto vivo, consciente y santo que damos a Dios a través de la Sagrada Liturgia.

imagen: fotografía de san Pío de Pietrelcina