El amor de un Padre

Sábado – II semana de cuaresma

 

  • Mi 7, 14-15.18-20. Arrojará nuestros pecados a lo hondo del mar.
  • Sal 102. El Señor es compasivo y misericordioso.
  • Lc 15, 1-3.11-32. Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

 

El santo Padre el Papa Francisco nos ha recordado numerosas veces en nuestros días cuán grande y maravillosa es la misericordia de Dios, que no obstante nuestros crímenes, injusticias y desprecios, busca continuamente atraernos con lazos de amor hacia su seno, busca diligentemente que descubramos la felicidad de aquellos que viven en unión con Él, busca que no olvidemos que ante cualquier situación negativa, que hemos sido creados para el amor.

 

La celebración litúrgica de este día nos recuerda la ternura de un Padre bueno, que busca que nos volvamos a Él para acogernos nuevamente en su casa, más aún busca que entremos nuevamente en nuestro verdadero hogar y que ahí celebremos gozosos junto con Él.

 

Nuestro camino de conversión ciertamente pasa por reconocer nuestras miserias, nuestros pecados, nuestros delitos, aquellas ocasiones en que hemos faltado a la alianza con Dios, es necesario queridos hermanos examinarnos y descubrir como muchas veces nosotros nos hemos no sólo alejado de su amor, sino que le hemos despreciado y maltratado, o ¿acaso no hacemos esto cuando murmuramos? ¿o cuando hacemos juicios temerarios? ¿o cuando mentimos? ¿o cuando buscamos la vanidad de las cosas de este mundo? ¿o cuándo nos desvivimos por un malsano afán de dominio? ¿o cuándo nos dejamos llevar por las pasiones desordenadas tales como la ira o la lujuria? ¿o cuándo por vil y llana comodidad optamos por rechazar nuestras prácticas de piedad sabiendo que en ellas nos unimos a Dios?

 

A veces cabe preguntarnos si somos conscientes que nuestra fe no es simplemente un conjunto de normas morales que cumplir sino que es una relación con un Dios vivo y verdadero, que ciertamente en nuestro obrar moral, acciones buenas y malas, nos jugamos en realidad el trato con Él. Puesto que el Padre bueno nos ha creado para las alturas del cielo y el gozo de la felicidad eterna, también nos ha enseñado el camino del amor que nos conduce hasta ahí y que se ve traducida en actitudes y comportamientos concretos con Él y con nuestro prójimo.

 

Si nosotros somos capaces de decir como David dijo a Natán, “He pecado” hemos dado el primer y gran paso para volvernos a la casa del Padre, reconocer que he faltado, sin autojustificaciones, sin autodefensas, sin excusas, simple y llanamente descubrir mi miseria ante Él hará que su misericordia nos purifique y nos lleve a una nueva vida, pero si como Adán y Eva luego de la caída me vivo escondiendo del Señor, vivo negando el mal que hecho, busco evitar asumir mi enfermedad ¿cómo podrá ser curada?

 

Nos dejamos llevar por el miedo al que dirán e incluso el miedo a descubrirme a mi mismo mi realidad, y vivimos atados de pies y manos, revolcándonos entre el fango como cerdos, una y otra vez volvemos al mismo pecado de siempre como si nada como el perro vuelve a su vómito, según una expresión de la Sagrada Escritura, acaso no te das cuenta que ese pecado te esta matando, si ese que te viene a la mente y que te da miedo que se descubra.

 

Querido hermano contempla las palabras del profeta Miqueas, contempla las palabras del salmista, que se estremezca tu corazón ante la parábola del Señor Jesús en el Evangelio y vuélvete al Padre que dice “Por mi vida – dice el Señor, que no me complazco en la muerte del pecador sino que cambie de conducta y viva”

Esa es la definición de la misericordia, Dios que busca desterrar la miseria de nuestros corazones, Dios que ha permitido que el costado de su Hijo fuese abierto para que descubras los tesoros del Corazón que ama, y que ha querido recibirte dentro de sí, que quiere que te unas en un abrazo incandescente de amor y ternura, de suavidad y dulzura, de consuelo y esperanza, para que descubras la grandeza de tu dignidad de hijo de Dios y que pases a formar parte de esa gran familia cuyo corazón late al ritmo del Espíritu Santo.

 

Que al meditar la Palabra que nos ha sido dada este día podamos descubrir al Dios que por amor, no desdeñó nuestra condición humana, sino que asumiéndola nos ha librado de las garras de la muerte para llevarnos a gozar los gozo eternos del cielo.

 

IMG: «El regreso del hijo pródigo» de Murillo