Un instante entre dos eternidades

Lunes – IV semana de Cuaresma

  • Is 65, 17-21. Ya no se oirá ni llanto ni gemido.
  • Sal 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
  • Jn 4, 43-54. Anda, tu hijo vive.

Las palabras del profeta Isaías describen algunas de las características de los tiempos mesiánicos, el gozo, la renovación de la humanidad y del universo entero. Ciertamente no obstante el hombre hace experiencia del dolor, del sufrimiento, de la enfermedad y de su propia debilidad y limitación, incluso de la muerte espiritual que acarrea el pecado, nunca debe de olvidar que el mal no tiene la última palabra.

De hecho el capítulo 65 que meditamos hoy, contiene en sí el anuncio de las realidades últimas, los tiempos mesiánicos se caracterizan por anunciar esa victoria, por tanto para nosotros esas palabras son un aliciente, un motivación, una razón para nuestra esperanza, el Señor lo ha dicho y se cumplirá. Más aún, Cristo Jesús, el mesías de Dios, inaugura los tiempos mesiánicos, contemplar sus signos y prodigios como la curación de la que nos habla el Evangelio de Juan en este día tiene por fin revelarnos que el mal ha sido derrotado, es Él, el Emmanuel, Dios con nosotros quien ha comenzado ya la instauración de un nuevo período en la historia.

Ciertamente a menudo en nuestra historia personal, comunitaria e incluso en la historia de la humanidad, vemos como pasamos por diferentes períodos algunos caracterizados por el logro de cosas buenas, la vivencia de un retiro espiritual, la victoria sobre un vicio o pecado recurrente que se ha venido acarreando por largo tiempo, la mejor de la situación familiar que en algún momento pudo ser complicada, incluso podríamos observar a nivel social período de progreso científico y técnico, otros caracterizados por el cultivo de las artes y humanidades, otros caracterizados por grandes brotes de fe y evangelización, etc. Estas cosas nos confortan, alientan y animan pues sabemos que todo bien viene de Dios. Y que bueno estar así queremos decir como Pedro en el monte Tabor “hagamos tres chozas”.

Sin embargo también observamos que hay períodos oscuros, difíciles, tiempos de gran desolación podríamos decir, momentos de crisis a nivel personal en la vida espiritual, situaciones quizás que nos han llenado de dolor y marcado fuertemente, situaciones difíciles en el hogar como cuando alguno pierde el empleo o alguien cae en un vicio, a nivel social vemos guerras, violencia, huídas de grupos enormes en busca de refugio e incluso el sufrimiento de enfermedades que llegan a nivel de pandemias como la que estamos a travesando en estos momentos en todo el mundo. Y es entonces cuando experimentamos como cuerpo místico la pasión de Cristo cabeza, vamos cargando con la cruz, hacemos experiencia del monte Calvario.

Los primeros momentos que describimos nos deben de preparar a estos segundos en espera de lo que ha de venir. Más claro, contemplar a Cristo hermoso y glorioso en el Tabor nos debe dar aliento cuando estamos con el crucificados en el Calvario, decir con Él “En tus manos Señor encomiendo mi espíritu” confiando firmemente en que también con Él un día Resucitaremos para gozar de aquellas realidades últimas que no pasarán, para gozar del cielo nuevo y la tierra nueva.

“La Sagrada Escritura llama «cielos nuevos y tierra nueva» a esta renovación misteriosa que trasformará la humanidad y el mundo (2P 3, 13; cf. Ap 21, 1). Esta será la realización definitiva del designio de Dios de «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza, lo que está en los cielos y lo que está en la tierra» (Ef 1, 10)…En este «universo nuevo» (Ap 21, 5), la Jerusalén celestial, Dios tendrá su morada entre los hombres. «Y enjugará toda lágrima de su ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado» (Ap 21, 4;cf. Ap 21, 27).”

Catecismo de la Iglesia Católica n. 1043-1044

¿Cómo comportarnos mientras hacemos experiencia de estos períodos difíciles? Con nuestra perseverancia. En la vida espiritual existen periodos llamados de purificación activa, en los cuales nosotros, voluntariamente, a través de mortificaciones y otros ejercicios espirituales vamos buscando adecuar nuestra vida para que sea acorde a nuestra vocación de hijos de Dios, son momentos que tienen su dificultad porque hemos de abandonar situaciones y prácticas a la que ya nos podríamos haber acomodado pero que sabemos que no están bien y por ello vamos buscando hacer la voluntad de nuestro Padre amado confiando en los auxilios de su gracia.

Pero también en la vida, a travesamos períodos de las llamadas purificaciones pasivas, que son momentos ciertamente difíciles, en los cuales no entendemos el porqué pasamos lo que pasamos, parece que no íbamos mal y sin embargo sufrimos, de hecho cuando uno va por el camino del mal y sufre a causa de él es fácil reconocer en ello la voz de la propia conciencia que nos indica que hay que cambiar de rumbo, pero cuando yendo por la senda del bien pasamos por momentos difíciles nos sentimos cuestionados nos preguntamos ¿dónde está Dios? ¿por qué no hace algo para cambiar esta situación? ¿dónde quedo su misericordia? Y una cosa es segura, lo importante aquí es perseverar, estas situaciones pasarán, y de ellas saldremos más fuertes, porque en esos momentos caminamos realmente en fe. Vivo cristianamente no por las alegrías de este mundo, aunque puedan ser buenas, sino porque ansío los gozos eternos junto Aquel que me ha amado primero,

El Pueblo de Israel nos enseña una lección importante en las páginas del Antiguo Testamento, cuando las cosas se ponen difíciles, sea porque es consecuencia del propio pecado, sea porque se está atravesando un momento de purificación, lo importante es siempre volvernos al Señor, clamar a su misericordia y seguir caminando. Los cielos nuevos y la tierra nueva, son nuestra tierra prometida y hacia ella vamos como peregrinos confiando en que Dios cumplirá su promesa. Los momentos alegres en que como el funcionario real contemplamos al Señor de una manera puntual en nuestra historia personal, familiar o social nos recuerdan que algo mucho mejor está por venir, pero hemos de perseverar.

“Esta vida no es más que un instante entre dos eternidades” (Santa Teresa de Lisieux).

Que al contemplar la palabra en este día podamos discernir el paso de Dios en nuestra historia, y con la confianza puesta en Él perseveremos hacia esa felicidad eterna en su presencia para la cual fuimos creados

IMG: Detalle del Paraíso en la pintura del «Juicio final» del beato Fra Angelico