1. María, nuestra Buena Madre

María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra»
Lc 1, 38

El punto de partida para meditar cual es el papel de la Bienaventurada Virgen María en el desarrollo de la vida interior del cristiano, es decir en su proceso de santificación, es recordar que como Madre del Salvador su rol no fue meramente pasivo y distante, antes bien tuvo, y continúa a tener, un rol activo en la historia de la salvación ello se deduce de que “Dios Hijo se ha hecho hombre para nuestra salvación, pero en María y por María. Dios Espíritu Santo formó a Jesucristo en María, pero después de haberle pedido su consentimiento por medio de uno de los primeros ministros de su corte”[1].

Por tanto hemos de reconocer que ella también está involucrada de alguna manera en la salvación de cada uno de aquellos que participan de la salvación dada por Cristo, así como en su perfeccionamiento según el plan de Dios, por ello diría san Luis María Grignon de Monfort  “Jesucristo vino al mundo per medio de la Virgen María, y por medio de ella debe también reinar en el mundo”[2].

Se establece un principio de consorcio en virtud del cual Jesucristo, el Verbo encarnado, asocia a la Virgen María a toda su misión redentora y santificadora[3]. Ella nunca se puede separar de Jesús. Nuestra Buena Madre siempre nos conduce al fruto bendito de su vientre. Ella fue preparada para ser la Madre del Salvador, ella lo concibió en su seno, lo cuidó en su infancia, en su ministerio público fue su fiel discípula, en su pasión redentora caminó con Él por la vía dolorosa hasta permanecer junto a Él en el suplicio de la Cruz, se alegró con su resurrección, junto a los apóstoles espero la llegada del Espíritu Santo y fue hecha partícipe de la gloria del cielo junto a Jesús.

Aún más, su misión no terminó ahí, sino que continúa hoy con su ejemplo y su intercesión por nosotros.

«María, hija de Adán, aceptando la palabra divina, fue hecha Madre de Jesús, y abrazando la voluntad salvífica de Dios con generoso corazón y sin impedimento de pecado alguno, se consagró totalmente a sí misma, cual, esclava del Señor, a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención con El y bajo El, por la gracia de Dios omnipotente.

Con razón, pues, los antiguos cristianos estiman a María, no como un mero instrumento pasivo, sino como una cooperadora activa en la salvación humana por la libre fe y obediencia. Porque ella, como dice San Ireneo, “obedeciendo fue causa de la salvación propia y de la del género humano entero». Por eso, entre los Santos Padres encontramos afirmaciones como la siguiente: «El nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la virgen Eva por la incredulidad, la Virgen María lo desató por la fe” ; y comparándola con Eva, llaman a María Madre de los vivientes, y afirman con mayor frecuencia: “La muerte vino por Eva; por María, la vida”»[4]

Por ello decimos que para el cristiano ella es el camino más corto y seguro al Padre en cuanto que es la vía que el mismo Padre se eligió desde la eternidad para enviar a su Hijo unigénito como reconciliador entre Dios y los hombres, recurrir a ella es fundamental en nuestra vida cristiana[5] y aunque su rol no es de necesidad absoluta es lo que ha dispuesto Él, es decir no se trata de una hipótesis o supuesto sino de la realidad[6].

“Error sería querer llegar a Nuestro Señor sin pasar por María a quien la Iglesia llama, en una fiesta especial, Mediadora de todas las gracias”[7]. Cuando afirmamos que la santificación de los hombres es voluntad de Dios y para ello nos es necesaria su gracia, al ver como ella nos es donada en Cristo, también encontramos que pasa por medio de María[8]

En nuestro itinerario hacia el cielo, ella no sólo ilumina el camino como estrella de la mañana, sino que se vuelve compañera de viaje llevándonos de la mano: “Para subir y unirse a Él [Dios] preciso es valerse del mismo medio de que Él se valió para descender a nosotros, para hacerse hombre y comunicarnos sus gracias; y ese medio tiene un nombre dulcísimo: María”[9]

Ello no desdice la sentencia de san Pablo que afirma “…Dios es uno, y único también el mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús” (1 Tim 2, 5), antes bien la honra y la exalta, porque la mediación de María, tiene su causa en la de Cristo, por eso decimos que la mediación mariana es secundaria y asociada a la de su Hijo. María santísima es mediadora universal por dos motivos: “1° por haber ella cooperado por la satisfacción y los méritos al sacrificio de la Cruz” ello lo ha hecho a través del sufrimiento vivido al ver a su Hijo padecer, de hecho la Iglesia celebra una memoria litúrgica para hacer honor a este hecho: Nuestra Señora de los dolores “2°, porque no cesa de interceder en favor nuestro y de obtenernos y distribuirnos todas las gracias que recibimos del cielo. Tal es la doble mediación, ascendente y descendente”[10] es su misión específica luego de que fue asunta a los cielos.

María realmente puede ser llamada por eso “auxilio de los cristianos” ya que de diferentes maneras Dios la ha querido asociar a su plan divino de salvación universal, de modo que los que han sido salvados por la fe en Jesucristo, gozan de una compañera de viaje en su peregrinar hacia el cielo, se trata de una madre, que siempre solícita por sus hijos busca llevarlos hacia la comunión plena con Aquel que hizo grandes cosas por ella. Con razón dice una jaculatoria popular Todo a Jesús por María y todo a María para Jesús.

«…la misión maternal de María hacia los hombres, de ninguna manera obscurece ni disminuye esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia. Porque todo el influjo salvífico de la Bienaventurada Virgen en favor de los hombres no es exigido por ninguna ley, sino que nace del Divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, de ella depende totalmente y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo»[11]

El Papa Francisco nos da la pauta para meditar en esta primera catequesis lo importante del rol activo de nuestra Buena Madre en la salvación y santificación del cristiano como vínculo que nos une a Jesús y en Jesús, comentando las Bodas de Caná dirá el santo Padre:

“Las palabras que María dirige a los sirvientes coronan el marco nupcial de Caná: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2, 5). Es curioso, son sus últimas palabras que nos transmiten los Evangelios: es su herencia que entrega a todos nosotros. También hoy la Virgen nos dice a todos: «Lo que Él os diga –lo que Jesús os diga–, hacedlo». Es la herencia que nos ha dejado: ¡es hermoso! Se trata de una expresión que evoca la fórmula de fe utilizada por el pueblo de Israel en el Sinaí como respuesta a las promesas de la Alianza: «Haremos todo cuanto ha dicho el Señor» (Ex 19, 8).

Y, en efecto, en Caná los sirvientes obedecen. «Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, le dice, y llevadlo al maestresala». Ellos lo llevaron» (Jn 2, 7-8). En esta boda, se estipula de verdad una Nueva Alianza y a los servidores del Señor, es decir a toda la Iglesia, se le confía la nueva misión: «Haced lo que Él os diga». Servir al Señor significa escuchar y poner en práctica su Palabra.

Es la recomendación sencilla pero esencial de la Madre de Jesús y es el programa de vida del cristiano. Para cada uno de nosotros, extraer del contenido de la tinaja equivale a confiar en la Palabra de Dios para experimentar su eficacia en la vida. Entonces, junto al jefe del banquete que probó el agua que se convirtió en vino, también nosotros podemos exclamar: «Tú has guardado el vino bueno hasta ahora» (Jn 2, 10). Sí, el Señor sigue reservando ese vino bueno para nuestra salvación, así como sigue brotando del costado traspasado del Señor”[12]

1.1 Maternidad divina y espiritual

1.2 Cooperación a la obra de la redención

IMG: «Virgen de las uvas» de Pierre Mignard

[1] San Luis Maria Grignon de Monfort, Tratado de la verdadera devoción, 16.

[2]  San Luis Maria Grignon de Monfort, Tratado de la verdadera devoción, 16. Tratado de la verdadera devoción, 1.

[3] Cf. A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2008, 90.

[4] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n.51

[5] Cf. Cf. A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana n.88.

[6] Cf. San Luis Maria Grignon de Monfort, Tratado de la verdadera devoción, 15.

[7] Reginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior: Preludio de la del cielo, I, Biblioteca Palabra, Palabra, Madrid 19958, 135.

[8] Cf. A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, 90.

[9]  A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, 92.

[10] Reginald Garrigou-Lagrange, Las tres edades de la vida interior: Preludio de la del cielo, 138.

[11] Concilio Vaticano II, Lumen Gentium, n.60

[12] Papa Francisco, Audiencia General, 8 de junio de 2016