3.2 Dones del Espíritu Santo en María

«Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios… Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo»

Rm 8, 14. 17

En la vida cristiana los dones del Espíritu santo juegan un rol importantísimo puesto que la vida moral, nuestro bien obrar, se sostiene por ellos. La Iglesia nos enseña que “estos son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo… Completan y llevan a su perfección las virtud de quienes los reciben. Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas”[1]

Es decir que al hablar de la santidad de vida de una persona también hemos de considerar como los dones del Espíritu Santo han ido elevando sus virtudes, recordemos la santificación del cristiano antes que fruto de su buena voluntad es obra de la acción del Espíritu de Dios en su vida, es Él quien nos santifica. Por ello conviene que meditemos un momento en cómo estos dones habrían obrado en María santísima a fin que nosotros también nos dispongamos con docilidad a la acción del Espíritu Santo en nuestras vidas.

«la caridad es para nosotros otra escala de Jacob, compuesta de los siete dones del Espíritu Santo, como de otros tantos peldaños sagrados, por los cuales los hombres angelicales suben de la tierra al cielo, para ir a juntarse con el seno de Dios, y por los cuales bajan del cielo a la tierra, para venir a tomar al prójimo de la mano y conducirlo a la gloria»[2]

Los dones del Espíritu Santo se dan proporcionalmente a la gracia y a la caridad, por tanto, en María estos dones fueron infundidos en modo eminente, gozó de ellos desde su Inmaculada concepción y fue revestida de ellos con una gracia particular en Pentecostés.

El don de temor habitualmente implica una doble dimensión por un lado la angustia por la separación del amor de Dios que con lleva el haber faltado a la ley divina y por otro la reverencia que se le tributa a Dios como Señor de todo cuanto existe. En la B.V María el don de temor no se expresa en cuanto una aflicción por la separación de Dios a causa del pecado, puesto que ella no cometió pecado alguno, sino en cuanto una suma reverencia ante su grandeza y majestad como lo cantará en el Magnificat “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador” (Lc 1, 46-47)

El don de fortaleza se diferencia de la virtud que lleva su mismo nombre por el modo de obrar, la virtud es un obrar a modo humano, el don es un modo divino dirigido por la acción del Espíritu Santo, éste da al cristiano una fuerza inquebrantable en el actuar, destruye la tibieza, le hace valiente ante la adversidad soportando con alegría. Asimismo le da gracia de cumplir acciones heroicas en lo pequeño y en lo grande.

En la B.V. María todas sus acciones se vieron signadas por este don, viviendo con fidelidad y heroísmo el cumplimiento de sus deberes como Madre y Esposa, así como las grandes adversidades como el dar a luz en un lugar no ideal (cf. Lc 2, 7) o la huida a Egipto (cf. Mt 2, 13), pero de modo particular será icono de éste don en su vida aquel momento al pie de la cruz junto a su Hijo (cf. Jn 19, 25).

Por el don de piedad el Espíritu Santo redimensiona a un nivel sobrenatural las relaciones con Dios y con el prójimo, así le otorga una ternura de hija hacia Dios Padre, y le lleva a adorar el misterio de la paternidad divina, a abandonarse en sus brazos y a percibir al prójimo como hijo de Dios y hermano en Cristo, así como mueve al amor hacia las personas que participan de la paternidad de Dios frente al cristiano.

En la B.V. María se pueden apreciar de la perspectiva de su maternidad divina frente a Cristo por quien tuvo los más vivos sentimientos de amor y reverencia, solicitud y atención; y desde la perspectiva de los cristianos, su maternidad espiritual, en cuanto miembros del cuerpo místico de su Hijo, a ella se le confió una misión particular, recordemos las palabras de Cristo en la Cruz “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26)

Por el don de consejo el Espíritu Santo preserva el alma de la falsa consciencia, le lleva a resolver con confianza y acierto diversas dificultades, le inspira el modo más conveniente de gobernar o le hace dócil a los propios superiores (según su estado).

En la B.V. María este don se ve palpable a lo largo de toda su vida, la misma que se nos presenta en el Evangelio cantado el Magníficat (cf. Lc 1, 46ss) en alabanza a Dios, es la que se preocupa por el vino en las bodas de Caná (cf. Jn 2, 3), o está silenciosa al pie de la Cruz (cf. Jn 19, 25) o en oración en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14).

El Espíritu Santo infunde el don de ciencia para perfeccionar la virtud de la fe, lleva al cristiano a juzgar de las cosas creadas en orden a Dios, le da certeza sobre lo que se debe creer o no, le ayuda a ver el estado de la propia alma llevándolo al arrepentimiento y conversión en caso de caer, le desprende las cosas de la tierra y le enseña a usar santamente de las criaturas.

Si bien por su Inmaculada Concepción la B.V. María no pecó, no significa que no conociera el pecado de los otros, ciertamente este don le llevaría a notar la bondad y malicia de aquellos que le rodeaban, así contemplaría con admiración y agrado los magos venidos a adorar a su Hijo en Belén, o le llevaría a moverse prontamente junto a san José para huir a Egipto a causa de la persecución (cf. Mt 2, 13), conocería también la calidad de las otras mujeres y de san Juan al pie de la Cruz junto a Jesús(cf. Jn 19, 25). Así también este don le permite conocer en Jesucristo desde el cielo nuestras necesidades y ayudarnos con su intercesión.

Junto al don de ciencia el don de entendimiento lleva a la perfección la virtud de la fe, pues le hace comprender las verdades reveladas de modo profundo dándole la seguridad que de ellas se derivan.

En la B.V. María este don le llevaría a interpretar las palabras del ángel a la luz de la fe de Israel, esto se manifiesta en que no duda del mensaje y se dispone a aceptar de inmediato la palabra que le ha sido dirigida pero esto no significa que no reflexiona puesto que le interroga sobre como sucederá, así por éste don también ira meditando en su corazón los diferentes momentos de la vida de Jesús y el plan de salvación.

«Guardando las normas de la modestia virginal, María no quiso comunicar a nadie lo secretos de Cristo que había conocido sino que esperaba el momento en que reverentemente habría de comunicarlos. Sin embargo, los mismos secretos que mantenía custodiados con su boca callada, los escrutaba en su corazón…Así veía que ella había nacido de la estirpe de David en Nazaret y que había concebido por obra del Espíritu Santo. Y había leído en el profeta: “Saldrá un vástago del troco de Jesé, y un nazareno brotará de sus raíces; reposará sobre él el espíritu del Señor” (Is 11, 1-2)»[3]

Por medio del don de sabiduría el Espíritu Santo lleva a su perfección la caridad, dándole a los santos un sentido divino con el cual juzgan todo, les lleva a vivir plenamente los misterios de la fe, les hace entrar en una comunión particular con la Santísima Trinidad y perfecciona las demás virtudes. En la B.V. María la excelencia de este don es patente en el Magníficat pues es una relectura de la historia de la salvación que se cumple en la Encarnación del Verbo en su seno.

IMG: «Pentecostés» de Jean II Restout

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1830-1831

[2] San Francisco de Sales, Tratado del Amor de Dios, Libro XI, Capitulo XII.

[3] Beda el Venerable, Homilías sobre los Evangelios, 1, 7.