Visitación de santa María a santa Isabel

31 de mayo

Fiesta

-So 3, 14-18. El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti

-Is 12, 2-3.4. 5-6.  Es grande en medio de ti el Santo de Israel.

†Lc 1, 39-56. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

El salmo 66 que sirve de antífona de entrada para esta fiesta de alguna manera nos devela el misterio que estamos celebrando “Los que teméis a Dios, venid a escuchar; os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo” (Sal 66, 6). Contemplar a nuestra Buena Madre camino hacia su prima Isabel nos recuerda un doble aspecto que todo cristiano debe tener siempre presente en su vida, el anuncio misionero y el espíritu de servicio.

Luego del anuncio del ángel, María se encamina presurosa a asistir a Isabel, la humilde esclava del Señor se dirige prontamente para servir a su parienta, apenas entra en su casa y su saludo llega los oídos de la madre de Juan Bautista, el Espíritu Santo la invade y ambas comienzan a dar alabanzas al Señor.

La caridad de María es efectiva busca dar un auxilio a su prima de avanzada edad durante los meses de embarazo, de hecho dice el Evangelio que se quedó con ella unos tres meses, sin embargo no hemos de perder de vista que, llevando a Cristo en su vientre, también se convierte en la primera misionera del Evangelio que llega y anuncia la gran alegría de los prodigios que obra el Señor en la vida de aquellos que acogen su palabra.

«Pero la caridad de María no se limita a la ayuda concreta, sino que alcanza su culmen dando a Jesús mismo, “haciendo que lo encuentren”. Es de nuevo san Lucas quien lo subraya: “En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno” (Lc 1, 41). Nos encontramos así en el corazón y en el culmen de la misión evangelizadora. Este es el significado más verdadero y el objetivo más genuino de todo camino misionero: dar a los hombres el Evangelio vivo y personal, que es el propio Señor Jesús. Y comunicar y dar a Jesús —como atestigua Isabel— llena el corazón de alegría: “En cuanto llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno” (Lc 1, 44). Jesús es el verdadero y único tesoro que nosotros tenemos para dar a la humanidad. De él sienten profunda nostalgia los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, incluso cuando parecen ignorarlo o rechazarlo»[1]

Así la fiesta de la visitación es propiamente una fiesta del gozo, una fiesta en que nos alegramos y proclamamos las grandezas del Señor con María santísima, sus obras y manifestaciones en medio de los hombres. Sabiéndonos alcanzados por la palabra de Dios también nosotros hemos de ponernos en camino de servicio a los demás con María.

Hemos de hacerlo en aras de anunciar a nuestros hermanos que el Señor no se ha desentendido de ellos, que la obra de misericordia que se realiza es fruto del amor de Dios que nos ha tocado y que quiere llegar a sus corazones, que nuestro anuncio es que Cristo está vivo y presente en medio de nosotros, que Él continúa a venir continuamente a nuestras realidades concretas, que Él nos ha amado primero.

Al contemplar a la B.V. María entonando el Magníficat también nosotros podríamos reflexionar en las grandes obras que el Señor ha hecho en nuestras vidas en concreto, tales como el don de la vida, la familia, el trabajo, el alimento de cada día, cosas que nos parecen tan naturales pero que vienen de Dios, fuente de todo bien,  y ¡qué decir de aquellas que son sobrenaturales! como la gracia que nos vino por las aguas del Bautismo, el perdón de nuestros pecados, el poder celebrar el santo sacrificio de la Misa, el alimentarnos con el mismo cuerpo y sangre de Cristo, los dones del Espíritu Santo. Y si esto fuera poco, podríamos y debemos alabarle incluso por las gracias que nos han sido prometidas: el cielo, la contemplación de Dios cara a cara, la resurrección futura, la segunda venida de Cristo, etc.

La visitación es fiesta de gozo, fiesta del encuentro con Jesús, fiesta del discípulo misionero que se lanza por anunciar a Cristo, y fiesta también de haberse reconocido alcanzado por Jesús, porque nuestra Buena Madre aún hoy continúa a anunciarnos la llegada del Salvador del mundo, ella nos vive recordando que volvamos nuestra mirada a Cristo, nos vuelve a decir a como a aquellos servidores en Caná de Galilea “hagan lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

Que el Señor nos conceda la gracia de vivir estos misterios como una bendición en la que por medio de María santísima el nos quiere alcanzar para hacer de nosotros verdaderos testigos suyos.

IMG: «La Visitación» miniatura de  Willem Vrelant

 

[1] Benedicto XVI, 31 mayo de 2010