Nuestra Señora de Guadalupe

12 de diciembre

Fiesta en América Latina, Solemnidad en México

-Eclo 24, 23-31. Yo soy la madre del amor. Vengan a mí, los que me aman

-Sal 66, 2-8. Que te alaben, Señor, todos los pueblos

†Lc 1, 39-48. Ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede. Exaltó a los humildes.

 

 “Dándonos a Jesús nos dio la verdadera vida, y ofreciendo en el Calvario la vida de su Hijo por nuestra salvación fue como darnos a luz y hacernos nacer a la vida de la gracia”

San Alfonso María de Ligorio

Nos enseña la Iglesia que todo mérito, toda gracia, todo bien que Nuestra Buena Madre ha gozado, le ha sido concedido por haber sido hecha la Madre del Redentor, la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, puesto que desde la eternidad, el Padre eterno la pensó para sí, la dispuso para que fuera aquel “vaso admirable” que llevaría al mismo Hijo de Dios, ella es el “Arca de la Nueva Alianza” que ha llevado en sí algo más grande que las tablas de la Ley y que el maná del cielo, ha llevado en su seno a la Palabra de Dios hecha carne, al verdadero pan de los ángeles; ella es la “Estrella de la mañana” que guía a los hombres hasta el puerto seguro de la Patria celeste donde nos hemos de encontrar un día con Aquel que ha sido el amor de nuestras vidas.

La Sagrada Liturgia en este día nos presenta a esta mujer bendita como la Madre del amor, y en libro del Sirácides, la Iglesia ha visto no sólo un elogio de la sabiduría divina, sino también un elogio de aquel plan que la sabiduría misma de Dios había pensado en santa María, de tal modo que ella podría decir de sí misma  “Yo soy como una vid de fragantes hojas y mis flores son producto (son fruto) de gloria y de riqueza”, puesto que en la fragancia del perfume de las hojas y en la belleza de las flores de la vid, encontramos una imagen que nos ilustra las virtudes con las que Dios adornó a la santísima Virgen, su humildad, su docilidad a la voluntad divina, su prudencia, su servicialidad, su pureza, su justicia, su fe, su esperanza y caridad. Pero más grande que esas virtudes es aquel “fruto” que ella ha dado, aquel fruto de “gloria y riqueza”, aquel fruto que santa Isabel elogió al decirle “bendito el fruto de tu vientre”, el fruto que es nuestro tesoro más precioso, más valioso y grandioso: Nuestro Señor Jesucristo.

El libro del Siracides hace ver su maternidad desde cuatro puntos de vista:

  • Nuestra Buena Madre es la “la madre del amor (hermoso)” porque ¿qué hay más bello que el autor de toda belleza? ¿Qué hay más bello que aquel que fue revestido de gloria y majestad, y cuyos vestidos resplandecieron de una blancura mayor a la de la nieve en el monte Tabor.
  • Ella es también la madre del temor, ya que como dice el salmo “principio de la sabiduría es el temor del Señor” y ella es la madre de la Sabiduría de Dios que llegada la plenitud de los tiempos se hizo carne y nos habló al corazón al decirnos “el que escucha mis palabras y las pone en práctica es como el hombre prudente que edificó su casa sobre la roca”;
  • Es la madre del conocimiento, puesto que nuestro entendimiento siempre busca la verdad de todo cuanto encuentra en su camino, y ella ha dado a luz a la Verdad misma, puesto que Jesús dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
  • Y sobre todo en este tiempo de Adviento ella es la madre de “la santa esperanza” puesto que con ella aguardamos la plena manifestación del niño Jesús que nace en Belén, en Él en quien se han cumplido todas las promesas hechas desde antiguo.

Sobre este último punto, un famoso mariólogo del siglo XX, Gabriel Roschini escribiría un bellísimo apartado:

«Si fue grande la fe de María, no menos grande debió de ser su esperanza. En efecto, la esperanza brota de la fe. Donde hay fe, hay esperanza. Cuanto más grande la fe, tanto más grande es la esperanza. Quien cree con firmeza en las promesas de un Dios infinitamente bueno, poderoso y fiel, espera también con firme esperanza el objeto de sus promesas. Ahora bien, el objeto de las promesas divinas es el cielo (la visión beatífica de Dios) y los medios necesarios para alcanzarlo. También María esperó que obtendría el cielo. Se espera, en efecto, una cosa que todavía no se posee. Y María, mientras estuvo sobre la tierra, no poseía todavía el cielo, es decir, no tenía la visión beatífica, al menos de una manera permanente (como la tenía Cristo).” Pero contemplaba a Dios en el hijo que había nacido de sus entrañas.

 “Debía, pues, esperarlo. Y tuvo razones especialísimas, incomparablemente superiores a las de cualquiera, para esperar el cielo. Durante toda su vida poseyó a Dios de una manera singularísima.” Lo llevó en su vientre y más tarde lo custodiaría entre sus brazos, por ello la llamamos el arca de la alianza, porque así como aquella llevaba las tablas de las ley y el maná, ella lleva  al autor de la nueva ley, la del amor, y al pan vivo que ha bajado del cielo.

Nuestra Buena Madre “…esperó también, consiguientemente recibir de Dios todos aquellos medios que son necesarios para llegar a Él. Tanto más que la Virgen Santísima no tenía ninguno de aquellos obstáculos que se oponen a esta virtud” pues es la purísima, aquella que fue concebida sin pecado original “en ella no hubo ni el más mínimo apego a la tierra, ya que estaba continuamente con el corazón en el cielo, total y permanentemente abandonada en los brazos paternales de Dios.

Esta precisamente fue su actitud ante la proposición del ángel el día de la Anunciación: se le proponía el vuelo hacia una cumbre elevadísima; y ella, sin ningún género de dudas, esperó de Dios con plena confianza, que le había de dar las alas para un vuelo semejante.

 En su respuesta al ángel, fiat, fundió todo su ser en la voluntad de Dios. Esta fue también su actitud ante las angustias de su esposo san José, que no acertaba a explicarse el inefable misterio de su maternidad. Esta fue su actitud ante la improvisada orden de huir a Egipto para salvar la vida del Niño Jesús de las amenazas de Herodes. Esta fue su actitud en las bodas de Caná, cuando pidió a Jesús el milagro de la conversión del agua en vino. Siempre y en todo el abandono confiado en Dios, la seguridad de su ayuda en el momento oportuno. Lo mismo que Abraham, esperó siempre, esperó contra toda esperanza (Rm 8,18), especialmente allá en la cumbre del Calvario. Y jamás quedó burlada. Aunque Dios me mate-podría repetir con Job- en Él esperaré (Job 13,15)

 Su esperanza sin embargo, su abandono en Dios, no fue una esperanza ni un abandono inoperante. Todo lo contrario. Practicó del modo más perfecto, durante toda su vida, aquel aviso de san Ignacio «haz por tu parte todo lo que puedas, como si nada esperases de Dios; y espéralo todo de Dios, como si nada hubieses hecho por tu parte». Así, en el viaje de Nazaret a belén, la Virgen Santísima esperó que el Señor la habría procurado un lugar para el nacimiento de su divino Hijo, pero no descuidó el buscar ella misma ese lugar. Cuando perdió a Jesús, de doce años, en el Templo, esperó firmemente que Dios haría que lo encontrase; pero no omitió, de su parte, el buscarlo, asidua y diligentemente hasta que lo encontró…»[1] En ella vemos el modelo de santidad como decimos en una letanía, de aquella mujer que recibiendo la gracia de Dios, la supo corresponder desde su libertad.[1]

 Por ello dice sin duda el libro del Sirácides: “Vengan a mí, ustedes los que me aman y aliméntense de mis frutos” nos invita a saciarnos del fruto bendito de su vientre, Jesús. Y esta invitación ha resonado de un modo especial en los corazones de nuestros pueblos latinoamericanos desde aquel día en que se apareció a un pequeño indio mexicano, san Juan Diego, en el Tepeyac, a través de ella Dios mismo ha querido entrar en nuestro historia, no se ha desentendido del Nuevo Mundo que había sido descubierto, nos ha querido incorporar a la alegría de las naciones que cantan de alegría, como dice el salmo de hoy, porque gobierna los pueblos en justicia, que en el plan divino de salvación quiere decir, que las naciones entran en el gozo verdadero del Señor, porque los hombres que las integran son justificados por la fe en Jesucristo que ha llegado a ellos. En Nuestra Señora de Guadalupe, el Señor mismo, continua “bendiciéndonos para que te todo el orbe” le conozca.

Nuestra Buena Madre, en la morenita, nos muestra al verdadero discípulo y misionero de Jesucristo, puesto que como hizo un día hace muchos años, ella se pone nuevamente en camino para ir en auxilio de aquellos que lo necesitan, así como un día llevó a Cristo en su vientre a santa Isabel, así también lo trae a nuestros pueblos, a nuestra historia. Ella ha usado los vestidos y la lengua de los pueblos que habitaban nuestro continente, podemos hasta decir que ha usado nuestra piel, y así como una de nosotros nos ha salido al encuentro.

Ella continúa a estar presente entre nosotros como lo estuvo para san Juan Diego, sobre todo cuando experimentamos esos sentimientos de impotencia, debilidad y pequeñez a causa de los problemas familiares, del trabajo, de la colonia, de la inseguridad, o incluso a causa de la misma angustia que nuestros pecados nos infringen, cuando como san Juan Diego sentimos que “no valemos nada”, santa María de Guadalupe  nos recuerda que hemos sido elegido para ser testigos de Jesucristo, cuando como aquel pequeño indio también somos enviados a construir la casa de Dios.

Al llamar a san Juan Diego, Nuestra Buena Madre, hace una elección preferencial, dirá el Papa Francisco “no en contra de nadie, sino a favor de todos”[2]. También a nosotros hoy nos invita a ser sus embajadores y construir una casa para su Hijo bendito, nos hace pasar de ser descartados a ser sus enviados “muy dignos de confianza”. Y la primera morada, la primera casa, el primer santuario que nos llama a edificar es el de nuestros corazones, para acoger en esta navidad al niño Jesús, el sol de justicia, que quiere amanecer en nosotros, llevando la esperanza de la Buena Noticia a todos nuestros hermanos.

Nuestra Buena Madre, la primera misionera como dirían los obispos en Aparecida al contemplar la “Visitación”, también nos llama a llevar a Jesús a nuestros vidas, a nuestros hogares, a nuestros hermanos, y a todos los ambientes donde nos movemos, no buscando tanto que los demás cambien, sino siendo nosotros los agentes de cambio entrando en la conversión, siendo dóciles a la Palabra del Señor, como lo fue ella, la mujer del Sí.

Asimismo para perseverar en este camino del amor, nos invita hoy a saciarnos del fruto más grande que ella ha producido, alimento que hoy tomamos bajos las especies del pan y el vino, aquel pan de los fuertes, aquel alimento de vida eterna, aquel signo de comunión íntima, personal y eclesial que tomamos en la Sagrada Eucaristía, al recibir el Cuerpo y Sangre de nuestro amado Jesús.

 Y, queridos hermanos, cuando el cansancio, el peso del día a día, las dificultades o las tentaciones aparezcan, volvámonos a ella y que resuenen también nuestro corazón aquellas palabras dichas a Juan Dieguito “¿qué hay hijo mío el más pequeño? ¿Qué entristece tu corazón? ¿Acaso no estoy yo aquí, que tengo el honor de ser tu madre?”

IMG: Nuestra Señora de Guadalupe

[1] G. Roschini, La madre de Dios según la fe y la teología, vol. 2, Madrid 1955 p.128-129 op. cit. en A. Royo Marín, La Virgen María. Teología y espiritualidad marianas, BAC, Madrid 1968, p.275-277

[2] Francisco, Homilía 13de febrero de 2016