El Profeta: su palabra y sus dolores

Sábado – IV semana de Cuaresma

Jr 11, 18-20; Sal 7; Jn 7, 40-53

El profeta Jeremías es uno de esos personajes del Antiguo Testamento que más causan conmonción cuando contemplamos la grandeza de la vocación a la que fue llamado.

¿Quién no se conmueve al leer en el primer capítulo de su libro su llamada al servicio del Señor y cómo Él le infunde confianza? ¿Cuántas contradicciones habrá experimentado en su interior al descubrir que el Señor le mandaba anunciar una palabra que sería incomoda a los hombres de su época? ¿Cuántos dolores habrá pasado por ser fiel a la llamada del Señor? y sin embargo cuando escuchamos su mensaje al Pueblo de Israel, mensaje que muchas veces se hace aún actual para nosotros a la luz de la vida Jesucristo, vemos como siempre perseveró.

Leyendo su libro vemos cuanto sufrió por cumplir la misión que le fue encomendada, el confíaba en el Señor, y Él fue su consuelo.  Jeremías llegará a decir «me sedujiste Señor», pues Dios no violenta a ninguno sino que atrae con suave lazos de amor.

La palabra que se nos presenta en este día nos anuncia los sufrimientos que habría de padecer Jesucristo, y que fueron preanunciados en la vida de Jeremías, como cordero llevado al matadero, con mansedumbre y en silencio, totalmente obediente y dócil, lleno de amor por nosotros, se entrega al sufrimiento y muerte en el madero de la Cruz, ¿podemos ser indiferentes ante tal gesto de amor?

Así como el profeta del Antiguo Testamento sufrió no sólo físicamente sino también la incomprensión de aquellos a los que dirigía el mensaje del Señor, asimismo Cristo sufre la persecución de aquellos que se ven cuestionados por su persona, pero no todos se dejan llevar por el sesgo de las autoridades de la época, de hecho algunos de ellos como Nicodemo, se abren al mensaje de Jesús, y buscan no sólo la interpretación de un punto de la Ley, de un pedacito de la verdad, sino verla en su conjunto, para conocer realmente la Verdad.

Es curioso también como los primeros en aceptar su mensaje son los pobres y sencillos, los fariseos y ancianos lo menosprecian como si ellos fuesen los únicos que conocían las Escrituras sin embargo podríamos preguntarnos ¿acaso estos hombres y mujeres sencillos no subían cantando los salmos cuando se dirigían todos los años a Jerusalén? ¿Acaso los salmos no nos hablan de Cristo? ¿Acaso no iban a la sinagoga a escuchar las enseñanzas sobre los profetas? la diferencia de los que sí acogieron el mensaje fue la humildad.»

«He aquí que los fariseos y los escribas no sacaron provecho ni al contemplar los milagros ni al leer las Escrituras; en cambio, los enviados por las autoridades, sin estas ayudas, fueron captados por un solo discurso (…). No solamente es de admirar su prudencia, porque no necesitaron de signos, sino que fueron conquistados por la sola doctrina; no dijeron, en efecto: “Jamás hombre alguno ha hecho tales milagros”, sino: Jamás habló así hombre alguno. Es de admirar también su convencimiento: van a los fariseos, que se oponían a Cristo, y les hablan de esta manera»

San Juan Crisóstomo, In Ioannem 9

Por esa humildad fueron capaces de reconocer muchas personas a Cristo, en aquel entonces según san Juan, muchos vieron al profeta que Moisés había prometido enviar, nosotros hoy sabemos que no se trata de uno que sólo transmite un mensaje, sino que Él mismo es el mensaje, Él no sólo nos habla de la Palabra de Dios, Él mismo es la Palabra hecha carne, y Él nos lleva al Padre en el amor del Espíritu Santo.

«El que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad.Porque le podría responder Dios de esta manera, diciendo: «Si te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte, y si pones en él los ojos, lo hallarás en todo; porque él es toda mi locución y respuesta y es toda mi visión y toda mi revelación. Lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoosle por hermano, compañero y maestro, precio y premio. Porque desde aquel día que bajé con mi Espíritu sobre él en el monte Tabor, diciendo (Mt. 17, 5): Este es mi amado Hijo, en que me he complacido, a él oíd; ya alcé yo la mano de todas esas maneras de enseñanzas y respuestas y se la di a él. Oídle a él,porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar. Que, si antes hablaba, era prometiendo a Cristo; y si me preguntaban, eran las (preguntas) encaminadas a la petición y esperanza de Cristo, en que habían de hallar todo bien, como ahora lo da a entender toda la doctrina de los evangelistas y apóstoles. Mas ahora, el que me preguntase de aquella manera y quisiese que yo le hablase o algo le revelase, era en alguna manera pedirme otra vez a Cristo, y pedirme más fe, y ser falto en ella, que ya está dada en Cristo. Y así, haría mucho agravio a mi amado Hijo, porque no sólo en aquello le faltaría en la fe, mas le obligaba otra vez a encarnar y pasar por la vida y muerte primera. No hallarás qué pedirme ni qué desear de revelaciones o visiones de mi parte. Míralo tú bien, que ahí lo hallarás ya hecho y dado todo eso, y mucho más, en él.

Si quisieres que te respondiese yo alguna palabra de consuelo, mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor, y afligido, y verás cuántas te responde. Si quisieres que te declare yo algunas cosas ocultas o casos, pon solos los ojos en él, y hallarás ocultísimos misterios y sabiduría, y maravillas de Dios, que están encerradas en él, según mi Apóstol (Col. 2, 3) dice: En el cual Hijo de Dios están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia de Dios. Los cuales tesoros de sabiduría serán para ti muy más altos y sabrosos y provechosos que las cosas que tú querías saber. Que por eso se gloriaba el mismo Apóstol (1 Cor. 2, 2), diciendo: Que no había él dado a entender que sabía otra cosa, sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y si también quisieses otras visiones y revelaciones divinas o corporales, mírale a él también humanado, y hallarás en eso más que piensas; porque también dice el Apóstol (Col. 2, 9): In ipso habitat omnis plenitudo divinitatis corporaliter; que quiere decir: En Cristo mora corporalmente toda plenitud de divinidad».

San Juan de la Cruz, Subida al Monte Carmelo, Libro II, 22

Roguemos al Señor nos conceda la gracia de un corazón humilde para poder acoger su palabra, para poder acogerle a Él en nuestros corazones, y que contemplando sus sufrimientos podamos descubrir la gran misericordia que ha tenido con nosotros al dar su vida por amor

Nota: La pintura es de Rembrandt y presenta al profeta Jeremías en una cueva lamentandose por la destrucción anunciada sobre Jerusalén.