«La Luz que ilumina una vida en el Amor»

Lunes santo

  • Is 42, 1-7. No gritará, no voceará por las calles.
  • Sal 26. El Señor es mi luz y mi salvación.
  • Jn 12, 1-11. Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura.

Es precioso ver como a lo largo de la historia de la Iglesia, no obstante los múltiples estudios bíblicos que se hacen acerca de estos textos del libro de Isaías, la tradición ha codificado en la Sagrada Liturgia una lectura cristológica de estos escritos. Es decir, qu en el Siervo sufriente de los cánticos del profeta Isaías, nosotros descubrimos al mismo Cristo.

En este primer cántico vemos las características propias de aquel “abismo de toda virtud” que es su Corazón Sagrado de Jesús, en Él brillan como una luz la mansedumbre, la humildad, la suavidad y la firmeza de un amor que restaura las fibras más íntimas de nuestro ser.

Se dice que la mansedumbre es la virtud de los fuertes porque aquel que es realmente fuerte no se impone por la violencia ni oprime con la amenaza, su actuar es tal que no se excede en el uso de sus energías, hace las cosas con la confianza de que es capaz de hacerlo porque sabe quien es y es cual es el motivo de su obrar, no importa los obstáculos que le quieran poner sabe que si quiere ejecutar algo así se hará.

Sin embargo esto no significa que actúa con indiferencia hacia lo que se la ha encomendado, no es que se deje llevar por pusilanimidad, al contrario actuando con firmeza y rectitud se deja guiar por la prudencia, haciendo lo justo en el momento justo.

Y ¿qué es lo justo por hacer, sino la voluntad de Dios? Lo dice ya el libro del Deuteronomio “Nuestra justicia consistirá en que cuidemos de poner en práctica toda la voluntad del Señor, nuestro Dios, como nos mandó” (Dt 6, 25). De ahí que Cristo en el momento de su agonía en el Getsemaní dijese “Padre mío, si es posible que se aleje de mi este caliz, pero no que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú” (Mt 26, 39). Esa es la oración del Corazón de Jesús.

Su confianza está puesta en Aquel que lo ha enviado por amor, el Hijo de Dios asume nuestra naturaleza mortal para dar su vida por nosotros, rescatarnos del pecado y sus consecuencias, y llevarnos de nuevo a la casa del Padre. Sabe la verdad de sí mismo y su misión, y como decía santa Teresa “Humildad es andar en la verdad”.

Jesús, manso y humilde, se presenta como el Siervo sufriente, que viene a restaurar lo que había sido corrompido por el pecado y sus consecuencias, por tanto vemos como por la fuerza del amor descubrimos entonces la firmeza de su obrar, sus milagros y su predicación no tienen por fin tanto demostrar su poderío cuanto mostrarnos la grandeza de su Misericordia.

¿Quién es más fuerte que Aquél que en la agonía de su Pasión y por su muerte gloriosa en la Cruz ha vencido al pecado y la muerte? Realmente de Él se puede decir “¿Quién como Dios? ” Por ello Él establecerá la Nueva Alianza basada no ya en el cumplimiento de la Ley sino en la correspondencia del Amor.

Y como todo lo que Jesús es por naturaleza nosotros lo participamos por gracia, estamos llamados también a hacer brillar en nuestras vidas estas virtudes del Corazón del Hijo de Dios que se mueve y actúa por la fuerza del Amor, dejando que su vida divina fluya en nuestros corazones, para que los ilumine y abrase con la fuego de su Espíritu y pueda difundirse también a nuestros hermanos.

El Siervo sufriente nos revela el valor redentor de los acontecimientos que contemplamos en la Semana Santa, infunde en nosotros la confianza en que el Señor ha venido por nosotros, ha venido para vencer a las fuerzas del mal que buscan destruirnos, ha venido para restaurar nuestra historia.

Si hemos estado ciegos como el que se empecina en el pecado, Él viene para que podamos abrir los ojos, conocer la verdad y entrar en la conversión. Si hemos estado cautivos por la fuerza de los vicios o de complejos mal sanos, Él viene para que seamos liberados y vivamos a la altura de nuestra dignidad de hijos de Dios. Si hemos caído en las mazmorras de los que habitan en las tinieblas de la desesperanza, del “ya no puedo”, del “mejor tiro la toalla”, Él ha venido para sacarnos de ahí y elevarnos a las alturas del cielo que hemos de comenzar a vivir en la esperanza que no defrauda.

Por ello el salmista canta con toda confianza “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” (Sal 26, 1). Es el hombre que reconoce que Dios no defrauda, que tiene una esperanza que no vacila, que se descubre en las manos de Aquel que todo lo puede.

«Mirad qué dice: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Él me ilumina, váyanse las tinieblas; él me salva, aléjese la debilidad; caminando con paso seguro en la luz, ¿a quién voy a temer? Porque la salvación que Dios da no es algo que pueda destruir cualquiera, ni la luz de Dios es algo que pueda oscurecer alguien. El Señor ilumina y nosotros somos iluminados; el Señor salva y nosotros somos salvados. Por consiguiente, si él es el que ilumina y nosotros somos iluminados, y si é1 es el que salva y nosotros somos los salvados, sin él somos tinieblas y debilidad. Pero, si tenemos una esperanza cierta, inalterable y auténtica en él, ¿de quién tener miedo? El Señor es tu luz, el Señor es tu salvación. Halla a otro más poderoso y échate a temblar. Pertenezco al más poderoso de todos, al Todopoderoso, de modo que él me ilumina y me salva, y no temo a nadie más que a él. El Señor es el defensor de mi vida, ¿quién me hará temblar?»

San Agustin, Comentario al Salmo 26, exposición II, n. 3

La luz de Cristo, una luz que arde e ilumina, es la misma que encendió de amor el corazón de María de Betania y que la llevo a querer honrar a Jesús con el perfume que derramó sobre sus pies, ese amor hizo brotar de ella esa gran generosidad hacia el Divino Maestro, y puso en evidencia la avaricia del que había de traicionarlo.

El frasco de perfume tenía un precio altísimo, equivalente a un año entero de trabajo. Con la unción se anuncia la pasión y muerte de Jesús, sin embargo también en aquella fragancia exquisita que se derrama podemos ver no sólo el anuncio un gesto de honra en el embalsamiento del Señor después de su muerte en Cruz, sino que también descubrimos la voluntad de aquellos que han experimentado el amor de Cristo de honrarle con lo mejor que tienen.

Contemplando esta realidad, podríamos preguntarnos ¿con qué perfume podremos honrar nosotros al Señor? ¿Cuál será el suave y agradable aroma con el que podamos dar gloria a Jesús por cuanto ha hecho por nosotros? Escuchemos la respuesta que nos daría un sabio Doctor de la Iglesia

“Unge tú los pies de Jesús: viviendo bien, ve en pos de las huellas del Señor. Enjúgalos con los cabellos: si tienes cosas superfluas, da a los pobres y has enjugado los pies del Señor, pues los cabellos parecen cosas superfluas del cuerpo. Tienes qué hacer con tus cosas superfluas; para ti son superfluas, pero para los pies del Señor son necesarias. Los pies del Señor pasan quizá necesidad en la tierra. En efecto, ¿de quiénes, sino de sus miembros, va a decir al final: «Cuando lo hicisteis a uno de mis mínimos, a mí lo hicisteis? Habéis gastado vuestras cosas superfluas, pero os habéis dedicado a mis pies».”

San Agustin, In Ioannes 50, 6

Un vida virtuosa y la práctica de las buenas obras, nos llevan a dar gloria y alabanza al Señor, son ellas el perfume con el cual podemos mostrar nuestro amor Él una unción, suave y agradable. En el fondo ellas se convertirán el buen aroma de Cristo que manifestarán una vida en su presencia.

Finalmente también en estos días iremos viendo cómo se arrecia la persecución contra el Señor, y de modo especial la perdición de Judas, aquel que traicionaría a Jesús. En el pasaje que contemplamos hoy vemos como el Divino Maestro no se detiene en el reclamo acerca del valor del perfume y la oportunidad de hacer un acto de limosna, sino que hace ver como bajo una falsa preocupación por los pobres se escondía la poca generosidad de un corazón que no le daba el honor debido.

Pareciera que con su respuesta, Jesús, está queriendo iluminar la mirada de Judas, está queriendo hacerle ver los sufrimientos que hasta apunto de padecer por amor, con gran misericordia está queriendo corregir al que se está desviando desvelando su doblez de corazón, la cual eventualmente le llevo a cometer la gran traición y caer en las tinieblas que terminarán llevándolo a la desesperanza.

“Escuchemos lo poco restante que queda: ‘La turbamulta de entre los judíos supo, pues, que está allí, y vinieron no sólo por Jesús, sino para ver a Lázaro, a quien Jesús levantó de entre los muertos’. La curiosidad los trajo, no la caridad; ‘vinieron y vieron’. Escuchad un sorprendente proyecto de inutilidad. Porque tan gran milagro del Señor había sido divulgado con tanta evidencia, proclamado con tanta publicidad que no podían ocultar ni negar lo que se hizo, ved qué inventaron tras ver resucitado a Lázaro: ‘En cambio, los sumos sacerdotes planearon matar también a Lázaro, porque a causa de él muchos se iban de los judíos y creían en Jesús’. ¡Oh estulto plan y ciega crueldad! El Señor Cristo, que pudo resucitar a un muerto, ¿no podría resucitar a un asesinado? Cuando causabais a Lázaro la muerte violenta, ¿acaso quitabais al Señor la potestad? Si un muerto os parece una cosa y un asesinado otra, he ahí que el Señor hizo una y otra: levantó a Lázaro muerto y a sí mismo asesinado.”

San Agustin, In Ioannes 50, 14

Amado Jesús cuan grandes y preciosas maravillas encontramos en tu palabra, como el Siervo Sufriente te entregaste a las incomprensiones de los hombres para salvarlos por amor, has venido Jesús por nosotros, has venido por mí, para ser la luz que ilumina mi historia, que ilumina mi vida.

Con tu mansedumbre y humildad, con tu firmeza y tu ternura, con tu amor misericordioso quieres restaurar mi vida. Arrepentido de mis pecados y mis infidelidades a tu gracia quiero hoy presentarme como María de Betania, aquella de la que tu dijiste una vez había escogido «la parte mejor» (Lc 10, 42), quiero ser un hombre que ha hecho experiencia de un amor que no falla, de un amor que no traiciona, de un amor puro en el que no se esconde ningún doblez.

¡Jesús abraza mi corazón al Tuyo! ¡Hazlo arder en ese hoguera de amor! ¡Introdúcelo en ese Abismo de Toda Virtud! Ayúdame Jesús a adquirir esos buenos y fragantes perfumes de obras de misericordia que honren tus pies, que pueda agradarte, honrarte y bendecirte.

No permitas me desvíe por el sendero del mal, defiéndeme de las astucias del enemigo, cruel y traidor, y cuando llegue al final de esta mi existencia terrena, como decía el salmista, llévame a la “tierra de los vivos” (Sal 26, 13) para gozar de Aquel Domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso (Prefacio Dominical X). Amén

IMG: Detalle de María de Betania ungiendo los pies de Jesús, mosaicos de Rupnik