En el Espíritu nacemos a la unidad

Martes – II semana de Pascua

  • Hch 4, 32-37. Un solo corazón y una sola alma.
  • Sal 92. El Señor reina, vestido de majestad.
  • Jn 3, 7b-15. Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.

La manera en que el escritor sagrado nos presenta la vida de la comunidad cristiana es hermosa, realmente podríamos decir eran una común-unidad, la unión entre sus miembros era la características que los distinguía, si ciertamente anunciaban a Cristo resucitado con sus palabras, con su actitudes y comportamientos concretos anunciaban el testimonio de la vida nueva a la que había nacido.

El relato nos introduce ya un personaje nuevo, Bernabé, quien jugará un rol misionero muy importante, es uno de los grandes predicadores del Evangelio, es uno de estos hombres que se conocen como parte de los discípulos de la primera hora. Gran modelo de generosidad y, sobre todo, de fe auténtica pone a disposición de los apóstoles sus bienes para cubrir las necesidades de los demás.

Algo propio de aquellos que están unidos es considerar el bien ajeno como un bien propio, es el amor de benevolencia, que viendo que no se vuelve duro de corazón e indiferente ante el sufrimiento del otro, antes bien, busca salir a su encuentro desde su realidad particular, Bernabé es un ejemplo de la fe que obra por la caridad. San Pablo de hecho recoge el testimonio de cómo este santo no buscará ser un peso para la comunidad buscando sustentarse con el fruto de su trabajo, un hombre desinteresado de bienes materiales con tal de anunciar el Evangelio.

«No puede dudarse de que los pobres consiguen con más facilidad que los ricos el don de la humildad, ya que los pobres, en su indigencia, se familiarizan fácilmente con la mansedumbre y, en cambio, los ricos se habitúan fácilmente a la soberbia. Sin embargo, no faltan tampoco ricos adornados de esta humildad y que de tal modo usan de sus riquezas que no se ensoberbecen con ellas, sino que se sirven más bien de ellas para obras de caridad. (…) El don de esta pobreza se da, pues, en toda clase de hombres y en todas las condiciones en las que el hombre puede vivir. (…) Después del Señor, los Apóstoles fueron los primeros que nos dieron ejemplo de esta magnánima pobreza. (…) Muchos de los primeros hijos de la Iglesia, al convertirse a la fe, no teniendo más que un solo corazón y una sola alma, dejaron sus bienes y posesiones y, abrazando la pobreza, se enriquecieron con bienes eternos y encontraban su alegría en seguir las enseñanzas de los Apóstoles, no poseyendo nada en este mundo y teniéndolo todo en Cristo»

San León Magno, Sermones 95,2

En el santo Evangelio vemos la continuación del diálogo entre Jesús y Nicodemo, las palabras del Divino Maestro están llenas de un rico contenido acerca de la vida nueva a la que hemos de renacer por el Bautismo, la conversión del corazón es un verdadero cambio de vida, es un insertarnos en la misma vida de Dios. Cristo anuncia a Nicodemo que Él es aquel por el que vendrá esta nueva vida, así como los israelitas eran sanados al contemplar la serpiente levantada en el desierto, así la humanidad será sanada del pecado al levantar su mirada, contemplando y creyendo en el crucificado, su humanidad será la fuente que se abrirá y de la que manará el agua de la vida por la cual el Espíritu Santo hará nacer de nuevo a aquellos que se abren al mensaje del Evangelio, por la cual pasamos a formar parte de la gran familia de Dios.

Benedicto XVI nos explica cómo el nuevo nacimiento por obra del Espíritu produce la unidad de los cristianos entre sí y que hemos visto testimoniada por la primera comunidad.

“A Nicodemo que, buscando la verdad, va de noche con sus preguntas, Jesús le dice: «El Espíritu sopla donde quiere» (Jn 3, 8). Pero la voluntad del Espíritu no es arbitraria. Es la voluntad de la verdad y del bien. Por eso no sopla por cualquier parte, girando una vez por acá y otra vez por allá; su soplo no nos dispersa, sino que nos reúne, porque la verdad une y el amor une.

El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesucristo, el Espíritu que une al Padre y al Hijo en el Amor que en el único Dios da y acoge. Él nos une de tal manera, que san Pablo pudo decir en cierta ocasión: «Todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). El Espíritu Santo, con su soplo, nos impulsa hacia Cristo. El Espíritu Santo actúa corporalmente, no sólo obra subjetivamente, «espiritualmente». A los discípulos que lo consideraban sólo un «espíritu», Cristo resucitado les dijo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu —un fantasma— no tiene carne y huesos como veis que yo tengo» (Lc 24, 39). Esto vale para Cristo resucitado en cualquier época de la historia.

Cristo resucitado no es un fantasma; no es sólo un espíritu, no es sólo un pensamiento, no es sólo una idea. Sigue siendo el Encarnado. Resucitó el que asumió nuestra carne, y sigue siempre edificando su Cuerpo, haciendo de nosotros su Cuerpo. El Espíritu sopla donde quiere, y su voluntad es la unidad hecha cuerpo, la unidad que encuentra el mundo y lo transforma.

El Espíritu Santo quiere la unidad, quiere la totalidad. Por eso, su presencia se demuestra finalmente también en el impulso misionero. Quien ha encontrado algo verdadero, hermoso y bueno en su vida —el único auténtico tesoro, la perla preciosa— corre a compartirlo por doquier, en la familia y en el trabajo, en todos los ámbitos de su existencia. Lo hace sin temor alguno, porque sabe que ha recibido la filiación adoptiva; sin ninguna presunción, porque todo es don; sin desalentarse, porque el Espíritu de Dios precede a su acción en el «corazón» de los hombres y como semilla en las culturas y religiones más diversas. Lo hace sin confines, porque es portador de una buena nueva destinada a todos los hombres, a todos los pueblos.”

 Homilía 03 de junio de 2006

Que el Señor nos conceda la gracia en este día de abrirnos a la acción del Espíritu Santo que nos ha hecho nacer de nuevo, de modo que podamos dar testimonio del amor de Dios en nuestras vidas por el vínculo de la unidad que nos sostiene.

IMG: Rosetón en la iglesia de Nuestra Señora de las Gracias y santa Teresa de Ávila en Chingford, London

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