Continuando la obra de Cristo

V Domingo de Pascua – Ciclo A

  • Hch 6, 1-7. Eligieron a siete hombres llenos del Espíritu Santo.
  • Sal 32. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
  • 1P 2, 4-9. Vosotros, en cambio, sois un linaje elegido, un sacerdocio real.
  • Jn 14, 1-12. Yo soy el camino y la verdad y la vida.

El santo Evangelio de este día nos invita a contemplar algunas de las palabras que nuestro amado Jesús dijese a los apóstoles en la Última Cena, en encuentran dentro del así llamado “discurso de despedida” del Señor.

En el contexto inmediato Jesús ha apenas advertido acerca de la traición de Judas, habla de como les dejará por un momento, les da el mandamiento del amor e incluso advierte a Pedro sus negaciones. Los apóstoles se encuentran preocupados ante las cosas que comienza a anunciar su maestro, es entonces cuando les dirige esas hermosas palabras “No se turbe su corazón”. El Señor está hablando de todas estas cosas para que cuando vengan a suceder ellos crean en Él.

Busca consolarles llevándolos a contemplar el verdadero fin de sus vidas, gozar en las moradas eternas que Él ha preparado en el cielo. El Señor busca dar ánimo a sus apóstoles, les abre la mente y el corazón no a un mero optimismo sino a la esperanza cristiana, sí, a la esperanza, porque les lleva a anhelar el gozo de la eternidad junto al Padre que nos ama.

Y es que la mejor manera de afrontar un carrera es tener presente la meta a la que nos dirigimos, pero ¿cómo alcanzar la meta? Recorriendo el camino que es Cristo, reproduciendo en nosotros los misterios de su vida, así es como se avanza en por ese sendero, esos que contemplamos de un modo especial en el santo Rosario. Es en su imitación, hasta adquirir su mismo modo de ver y tratar la realidad, que nosotros descubrimos el camino hacia el cielo.

«Debemos continuar y cumplir en nosotros los estados y misterios de Jesús, y pedirle con frecuencia que los realice y lleve a plenitud en nosotros y en toda su Iglesia […] Porque el Hijo de Dios tiene el designio de hacer participar y de extender y continuar sus misterios en nosotros y en toda su Iglesia […] por las gracias que Él quiere comunicarnos y por los efectos que quiere obrar en nosotros gracias a estos misterios. Y por este medio quiere cumplirlos en nosotros» (San Juan Eudes, Tractatus de regno Iesu).

Ý es que al hacer esto estaremos asumiendo con alegría la verdad de nuestra vocación cristiana, Cristo es la verdad por que Él “revela al hombre el hombre mismo”, es Él quien nos enseña qué es ser hijo, que es ser hombre, qué es entrar en la voluntad del Padre. Pero esto no es todo, Jesús va más allá, el nos revela al Padre, Él nos da a conocer quien es Dios, Uno y Trino. Nos da a conocer su amor por todos y cada uno de los hombres, Él es la manifestación de Dios en medio de nosotros.

“Si buscas, pues, por dónde has de ir, acoge en ti a Cristo, porque él es el camino: Este es el camino, camina por él. Y san Agustín dice: «Camina a través del hombre y llegarás a Dios, es mejor andar por el camino, aunque sea cojeando, que caminar rápidamente fuera de camino». Porque el que va cojeando por el camino, aunque adelante poco, se va acercando al término; pero el que anda fuera del camino, cuanto más corre, tanto más se va alejando del término.

Si buscas a dónde has de ir, adhiérete a Cristo, porque él es la verdad a la que deseamos llegar: Mi paladar repasa la verdad. Si buscas dónde has de quedarte, adhiérete a Cristo, porque él es la vida: Quien me alcanza, alcanza la vida y goza del favor del Señor.

Adhiérete, pues, a Cristo, si quieres vivir seguro; es imposible que te desvíes, porque él es el camino. Por esto, los que a él se adhieren no van descaminados, sino que van por el camino recto. Tampoco pueden verse engañados, ya que él es la verdad y enseña la verdad completa, pues dice: Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Tampoco pueden verse decepcionados, ya que él es la vida y dador de vida, tal como dice: Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.”

Santo Tomás de Aquino, Super Io., cap. 14 l. 2

Recorriendo el camino y descubriendo la verdad sobre Dios y sobre nosotros mismos, es que también nos encontramos que Cristo es la vida, porque al asumir nuestra condición humana, él la ha hecho partícipe de su vida divina, a ella hemos renacido por las aguas del bautismo, aunque ascendió a los cielos después de 40 días de haber resucitado, Él nos dejó en su Iglesia los medios para transmitirnos y hacernos crecer en la vida eterna hasta que lleguemos a plenitud al final de los tiempos cuando también nuestros cuerpos participen de ella por la resurrección futura que nos ha sido prometida.

 Jesús nos invita por tanto a creer en Él para que realicemos sus obras, incluso dice a los apóstoles que las harán mayores, porque Él intercederá por ellos ante el Padre, esta palabra sigue siendo actual para todos aquellos que formamos parte de su Iglesia, ¿cuáles son las obras que Cristo hizo? Muchos aquí piensan sólo en los acontecimientos extraordinarios como los milagros, pero la obra de Cristo es mucho mayor, Jesús llevó a la conversión a los hombres, les hizo hacer experiencia del perdón de sus pecados, les llevo a la vida en el amor, tuvo compasión de ellos y busco aliviar sus sufrimientos, y estas obras las continua a realizar su Iglesia en nosotros que somos sus miembros, de modo especial podríamos considerar incluso cómo les hizo gozar de su gracia en el contacto con su humanidad, ¿acaso no es eso lo que continúa hacer la Iglesia a través de los sacramentos? La Iglesia continúa a realizar las obras de Cristo.

Aquí es donde podemos vincular las otras dos lecturas de la Liturgia de la Palabra de este día. En la primera, contemplamos la elección de los siete diáconos.

La expansión del cristianismo entre los miembros del Pueblo comienza a requerir una mayor organización para atender a las diferentes realidades que se iban manifestando, la oración, la predicación, el ejercicio de la caridad, todo va de la mano en la comunidad, todo es obra de Cristo en su Iglesia, pero humanamente cierto es que no todos pueden atenderlo todo, de ahí que los Apóstoles hacen esta propuesta de elegir siete hombres para que se dediquen a este servicio, parece evocar el modo en que Moisés aconsejado por Jetró nombró 70 ancianos que le ayudasen en el gobierno del Pueblo. ¿Cuáles eran las características de estos que iban a asistir en el servicio al Pueblo? Ser hombres de “buena fama, llenos de Espíritu (Santo) y de sabiduría”. En el gesto de la imposición de manos por parte de los apóstoles vemos como la comunidad se va edificando sobre ellos como un edificio se va asentando sobre sus columnas y algunos de entre ellos son apartados del resto para el servicio del Señor.

La Iglesia luego de Pentecostés crece, más y más hombres van integrando el número de los discípulos mientras la palabra se propaga, una nota interesante al final de este pasaje es notar como se hace notar que un gran cantidad de sacerdotes obedecían la fe, estos cuyos jefes habían movido a la turba enardecida a pronunciarse contra Jesús pidiendo su crucifixión, estos que eran los conocedores de la Escritura, estos que oficiaban en el Templo el servicio sagrado, estos que habían sido apartados de entre las demás tribus para dedicarse por entero al Señor, estos son lo que descubrirán como las antiguas profecías se cumplieron y como su elección antigua ahora adquiere sentido en el único y verdadero sacrificio de Cristo, el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo.

Asimismo encontramos también que la la carta del apóstol san Pedro proclamada en la santa Misa de este día como segunda lectura, continúa a transmitirnos la noción de la edificación de la comunidad cristiana y la continuación del obrar de Cristo, pero aquí agregamos otro sentido, ciertamente las columnas de la Iglesia serán los apóstoles, pero el edificio está asentado sobre la piedra angular que es Cristo Jesús, en Él y entorno a la predicación apostólica se irá conformando el Templo de Dios, del cual, todos los cristianos somos piedras vivas.

¿Qué es el Templo de Dios sino el lugar donde habita Dios? Noción más preciosa esta para referirse al Pueblo santo, pues nos recuerda que es en cada uno de los cristianos que el mundo debe ser capaz de descubrir a Dios presente en medio de todos los hombres. Pero demos otro paso, la carta nos recuerda que por la fe en Jesús no somos solo constituidos piedras vivas, sino una nación de sacerdotes unidos al sacerdote por excelencia que es nuestro Señor. ¿Quién es el sacerdote? Es aquel que media entre Dios y los hombres, se dice que el que “habla a Dios de los hombres” y “habla a los hombres de Dios”, es aquel que ha sido separado de entre los demás para ser consagrado para dedicarse por completo al Señor, para darle culto, para ofrecer el sacrificio agradable.

Ciertamente la carta de san Pedro utiliza la noción de sacerdocio en sentido amplio, en cuanto que contempla en los cristianos aquellos que han sido separados de entre los demás para estar al servicio de Dios. Recordemos el antiguo pueblo de Israel había recibido la profecía de que congregaría en sí a todos los pueblos, esta profecía se cumple en la Iglesia de Dios, el nuevo Israel, en el cual Cristo Jesús reúne a todos los hombres, ya que ha ofrecido el supremo sacrificio por todos ellos.

De este sacerdocio común a todos los fieles se comienza a participar a través del Bautismo, ya que los sacrificios espirituales que se ofrecen no son otra cosa sino vivir y hacer crecer la gracia santificante que les fue dada aquel día, ellos edifican la nación santa de Dios a través de su oración, su alabanza, la santidad de vida, el apostolado, las obras de misericordia, las mortificaciones e incluso el martirio. De entre ellos ciertamente algunos son elegidos para entrar dentro del sacerdocio ministerial el cual se distingue esencialmente del anterior por estar al servicio de él en vistas a proveer de los elementos necesarios para desarrollar la vida de la gracia.

Que hermoso queridos hermanos, un pueblo santo, un pueblo sacerdotal que hace presente a Dios en medio del mundo, que continúa la misión de Jesús, haciendo así una edificación santa construída sobre la roca de la salvación, que gran misión la que le ha sido confiada y para la que hemos sido consagrados los cristianos con la unción bautismal.

Vamos camino hacia el cielo, recorriendo el camino que es Cristo al reproducir en nosotros los misterios de su vida, adquiriendo el sensus Christus, el sentir de Cristo, descubrimos en Él la verdad acerca de Dios y de nosotros mismos y comenzamos a gozar su misma vida divina. Todo esto lo realizamos y vivimos al ofrecer en día a día en cada una de nuestras acciones, sacrificios espiritual para gloria del Padre, unidos a Cristo Sumo y Eterno sacerdote, se continúa a realizar su obra, la obra de la redención.

San Pedro Crisólogo se maravillaba contemplando estos misterios de los cuáles Jesús nos ha hecho partícipes:

“¡Oh inaudita riqueza del sacerdocio cristiano: el hombre es, a la vez, sacerdote y víctima! El cristiano ya no tiene que buscar fuera de sí la ofrenda que debe inmolar a Dios: lleva consigo y en sí mismo lo que va a sacrificar a Dios. Tanto la víctima como el sacerdote permanecen intactos: la víctima sacrificada sigue viviendo, y el sacerdote que presenta el sacrificio no podría matar esta víctima. Misterioso sacrificio en que el cuerpo es ofrecido sin inmolación del cuerpo, y la sangre se ofrece sin derramamiento de sangre. …

Hombre, procura, pues, ser tú mismo el sacrificio y el sacerdote de Dios. No desprecies lo que el poder de Dios te ha dado y concedido. (Pensando en como el sacerdote se reviste con sus ornamentos ante la celebración litúrgica dice) Revístete con la túnica de la santidad, que la castidad sea tu ceñidor, que Cristo sea el casco de tu cabeza, que la cruz defienda tu frente, que en tu pecho more el conocimiento de los misterios de Dios, que tu oración arda continuamente, como perfume de incienso: toma en tus manos la espada del Espíritu, haz de tu corazón un altar, y así, afianzado en Dios, presenta tu cuerpo al Señor como sacrificio. Dios te pide la fe, no desea tu muerte; tiene sed de tu entrega, no de tu sangre; se aplaca, no con tu muerte; sino con tu buena voluntad.”

San Pedro Crisólogo, Sermón 108, Liturgia de las Horas, II lectura, Oficio del martes de la IV semana de Pascua.

Que el Señor nos conceda su gracia para saber continuar su obra en el mundo para gloria y alabanza del Padre. Así sea.