Hablando de la misericordia

Martes – XI semana del Tiempo Ordinario

  • 1R 21, 17-29. Has hecho pecar a Israel.
  • Sal 50. Misericordia, Señor, hemos pecado.
  • Mt 5, 43-48. Amad a vuestros enemigos.

Por un lado, en la primera lectura vemos como la justicia de Dios se hace sentir por medio de su profeta, a Él no se le escapa nada, y si tolera por un momento el mal de impío es para darle ocasión de conversión. Las actitudes y comportamientos de Ajab eran tan contrarias a lo que se esperaba de un rey del Pueblo elegido que incluso el Señor las compara con la de aquellos que no le conocían. Sin embargo, el rey no ignoraba del todo la ley de Dios, no ignoraba que había hecho el mal y apesumbrado hará penitencia. La misericordia del Señor se manifiesta, Él no nos castiga como mereceríamos y nos premia más de lo que mereceríamos. El Señor se apiada de Él que entra en la conversión y le es concedida la gracia de un descendiente, sin embargo su mujer no hace lo mismo y más adelante la Escritura recuerda su amargo fin consecuencia de su empecinamiento en el mal.

Son muy contrastantes las figuras de Ajab y Nabot, el primero lo tiene aparentemente todo pero por su avaricia se vuelve ciego y cree que no tiene nada, el segundo es el justo que aprecia lo que posee como don de Dios, es más su religiosidad le permite tener un sano aprecio por las cosas, es llamativa la descripción que se hacen de los sentimientos de Ajab mostrándonos como aquel que se opone a Dios vive en la tristeza y pesadumbre de querer llenar su vacío interior de compensaciones terrenas que nunca podrán hacerlo.

«Nabot era feliz, incluso cuando era lapidado por el rico porque, aunque pobre y débil frente a la prepotencia del rey, era tan rico en sus sentimientos y en su religiosidad que no aceptó el dinero del rey a cambio de la viña heredada de sus padres, y por eso mismo se comportaba con perfección, porque a costa de su vida defendía los derechos de sus padres. En cambio Ajab era un mísero, incluso a su propio juicio, porque había hecho matar a un pobre para adueñarse de su viña»

San Ambrosio de Milán, De officiis, 2,5.17

Por otro lado en el Evangelio vemos en esta ocasión vemos que Jesús en el Sermón de la montaña nos invita por un lado a aquello que el apóstol san Pablo resumiría diciendo “No te dejes vencer por el mal, antes bien, vence el mal a fuerza de bien” Rm 12, 21. Si bien la llamada ley del talión suponía ya un primer paso hacia la justicia pues buscaba mesurar los excesos de la venganza, Jesús va más allá, san Juan Cristóstomo nos lo explicara de una hermosa y sencilla manera:

“Pero yo os digo No resistir al maligno. No dijo no resistir al hermano, sino al maligno. Con lo que nos dio el Señor a entender que, si nuestro hermano comete esa falta, es porque el demonio le instiga y, al trasladar la culpa a otro, trata de mitigar y cortar la mayor parte de la ira contra el que materialmente ha obrado. ¿Cómo? ¿Es que no hemos de resistir – me dices – al maligno? Ciertamente, hemos de resistirle; pero no de ese modo. Hemos de resistirle como Él nos lo mandó: entregándonos a padecer. De este modo la victoria es infalible. El fuego no se extingue con fuego sino con agua”

San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el evangelio de Mateo, 18, 1

Es claro el mandamiento de amar incluso a aquellos que nos procuran el mal, puesto que sólo así se vencerá de raíz, sólo así se romperá con el circulo vicioso en el que caen los que odian. Pero amar a los enemigos incluso nos lleva también a reflexionar sobre nuestras relaciones incluso con un grupo de personas que no siempre consideramos, es más hay personas que dicen que no tienen enemigos, pero ¿eso significa que todos son sus amigos? ¿qué hay de nuestras relaciones con aquellos con los que nos une una relación eminentemente contractual? Son aquellos con los que nos relacionamos porque coincidimos en la ejecución de un proyecto por ejemplo, o aquellos con los que se trabaja, aún más ¿que hay de aquellos que aunque no son mis enemigos me son simplemente antipáticos? Porque existen las antipatías naturales, personas que no se procuran el mal los unos a los otros pero simplemente no encuentran un punto de convergencia en el cual puedan fundamentar una relación de cariño y amor, son esos con los que se dice popularmente “no hay química”. El amor a los enemigos implica también el amor a todas estas personas, recordemos el amor más que el afecto describe la búsqueda del bien del otro, pueda que no experimente una serie de emociones o incluso de simpatías por estas personas, pueda que tampoco las aborrezca como a un enemigo, pero eso no significa que debo ser indiferente ante ellos, en toda ocasión he de procurar el bien a todos, ahí descubriremos que amar es más que un sentimiento.

El amor a los enemigos, pasando por el amor a los que no presento alguna simpatía natural, son las altas vetas de la perfección cristiana, y aquí se nos enseña cual es la medida del amor, Dios mismo, “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” se explica con su paralelo lucano “sed misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso”.

La misericordia divina llegó al punto en el corazón de Cristo de la compasión, de dolerse con nosotros sumidos en la miseria, o ¿acaso no lloró Jesús por la necedad de Jerusalén? ¿acaso no se enfureció al ver como muchas veces se privilegiaba un formalismo hipócrita en el cumplimiento de la ley ignorando la oportunidad de hacer un bien al hermano? Y Jesús no sólo se dolió con nosotros con su corazón de hombre, sino que con su Amor divino busco satisfacer los vacíos que encontraba en nosotros, busco dar remedio al mal, busco colmar la perfección faltante, eso sólo puede ser efecto de la misericordia, y así vemos que perdona los pecados, sana a los enfermos, libera a los cautivos, expulsa los demonios, devuelve su dignidad a aquellos que habían sufrido atropellos, en el Corazón de Jesús encontramos la escuela de la perfección cristiana.

«Si queréis imitar a Dios, puesto que habéis sido creados a su imagen, imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, que con vuestro mismo nombre estáis proclamando la bondad, imitad la caridad de Cristo» S. Asterio de Amasea, Homiliae 13

Que el Señor nos conceda la gracia en este día de profundizar en la grandeza de su amor que va a sanar hasta las fibras más hondas de nuestro ser con la práctica de la misericordia

IMG: «Profeta Elías» de José de Ribera