Conmoviendo el Corazón del Señor

Lunes – XXIV semana del Tiempo Ordinario – Año par

En nuestra meditación sobre la primera carta a los corintios nos detenemos esta vez en el llamamiento a la comunión que hace san Pablo, a sus oídos han llegado quejas de las diferentes formas en que manifestaba el espíritu de división que se estaba suscitando en aquella comunidad, sea que formaran bandos en torno a la figura de los apóstoles, sea que escandalizaran a los demás siendo indiferente a la conducta licenciosa de alguno, o como en esta ocasión, faltando a la caridad con el hermano puesto que no sólo se reunían para celebrar la Eucaristía sino que también realizaban ciertos banquetes en los cuales perdían la moderación y se dividían en grupos que excluían a los demás. Frente a esto el apóstol les recordará la importancia de tener presente que es la Celebración de la Eucaristía, es la asamblea comunitaria que se reúne para ofrecer el sacrificio de Cristo, por ende los que participan en ella debe de prepararse como conviene puesto que están por recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor, así que han de abandonar toda inmoderación y disensiones.

Por otro lado en el santo Evangelio nos presenta el encuentro de Jesús con una embajada de un centurión romano que tiene un criado que pasa una grave necesidad. La bondad de una persona no sólo le granjea una buena fama, sino también la amistad de los demás y es así como la comunidad judía tenía en buena estima a aquel centurión, al punto que interceden por él para que se le conceda el favor que pide.

El centurión romano, era parte de la autoridad de la época, sin embargo, hace un acto de humildad al solicitar el favor de Jesús, y no sólo eso sino que en sus palabras lo secunda con un acto de fe, pero quizás será sobre todo el amor que muestra por su criado al buscar su curación el cual conmueve el Corazón del Señor. Como dice el salmo 50, “un corazón contrito y humillado, Tú no lo desprecias”. El Señor elogia la actitud de aquel hombre, uno que no formaba parte del Pueblo de Israel, que no conocía las promesas mesiánicas, que no conocía la Ley, viene ahora manifestar en este acto de preocupación por aquel más pequeño una fe muy grande.

«Llamándose indigno se mostró digno de que Jesús entrara, si no en su cuerpo, sí en su corazón. No habría podido decir esto, con tanta fe y humildad, si no hubiera llevado en el corazón a Aquel que se consideraba indigno de recibir. Y no hubiera tenido una felicidad tan grande si el Señor hubiera entrado en su casa, pero no en su pecho» San Agustín, Sermones 62,1,1

Que el Señor nos conceda la gracia en este día de acercarnos a Jesús con un corazón contrito y sencillo de modo que nos dispongamos no sólo a recibirle en la Eucaristía, sino a dejar que ella transforme toda nuestra existencia haciendo de nosotros auténticos discípulos suyos.

Img: Representación del centurión que dice a Jesús «Señor no soy digno que entres en mi casa…» pintura del Veronese