San Mateo

Ef 4, 1-7.11-13; Sal 18; †Mt 9, 9-13

Hoy celebramos la fiesta de san Mateo, siempre que nos acercamos a meditar sobre la vida de uno de los apóstoles recordamos que la elección del Señor para encargar a alguien una misión no se basa en los criterios que habitualmente pensamos, sino en su querer, Él llama por amor. De este hecho ya había sido sabedor el Pueblo de Israel, en el libro del Deuteronomio encontramos por ej. “Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño, sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto” (Dt 7, 7-8).

¿Quién era san Mateo? Era un publicano, un cobrador de impuestos del imperio romano, estaba al servicio de los que había invadido a Israel, un vende patria ¿y de quienes se rodeaba? Ya lo dice también el evangelio de hoy, de aquellos que eran como él, de pecadores. Y es a éste al que Jesús llama para seguirle, para hacer de él un hombre de bien, un anunciador de la Buena Nueva, un testigo suyo, para hacerlo su amigo (cf. Jn 15, 15). La Tradición de la Iglesia le atribuye a él uno de los Evangelios. Jesús, el médico de las almas, le sanó y le dio una nueva vida ¿y quién sabe a cuántos más de los otros que se encontraban a comer con Él aquel día?

San Pablo nos hablaba en la primera lectura que hemos de vivir a la altura a la vocación a la que nos ha llamado, en primer lugar, se trata del llamado universal a la santidad, es decir que todos los cristianos estamos llamados a ser santos, pero no debemos olvidar que esta santidad no es obra nuestra sino es la acción del Espíritu Santo en cada uno de nosotros por medio de su Iglesia, nuestra parte es libremente cooperar a lo que Él va queriendo hacer en nuestras vidas. Para cada uno tiene una misión en particular que hemos de cumplir en la Iglesia, podemos verlo por ej. Desde el punto de vista de los sacramentos, hay dos que se llaman sacramentos de servicio, el Orden y el Matrimonio, por medio de ellos se va construyendo la Iglesia. En realidad es toda la vida que hemos de verla con sentido vocacional, las tareas en que colaboro en la Iglesia, la relaciones en la familia, la propia profesión u oficio, habilidades particulares que se tienen, etc. Todas sirven a la nuestra santificación y a la construcción del Reino.

«Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado a la mesa en la casa de Mateo-Leví, respondiendo a los que se escandalizaban porque frecuentaba compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración:  «No necesitan médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Mc 2, 17).

La buena nueva del Evangelio consiste precisamente en que Dios ofrece su gracia al pecador. En otro pasaje, con la famosa parábola del fariseo y el publicano que subieron al templo a orar, Jesús llega a poner a un publicano anónimo como ejemplo de humilde confianza en la misericordia divina:  mientras el fariseo hacía alarde de su perfección moral, «el publicano (…) no se atrevía ni a elevar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo:  «¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!»». Y Jesús comenta:  «Os digo que este bajó a su casa justificado y aquel no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lc 18, 13-14). Por tanto, con la figura de Mateo, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja:  quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios, permitiéndole mostrar sus maravillosos efectos en su existencia.”

Benedicot XVI, Catequesis, 30 de Agosto de 2006

No nos debemos de dejar intimidar por nuestras limitaciones o debilidades a la hora de atender el llamado del Señor a ser santos, antes bien, confiemos en su gracia, porque Él que sacó agua de una roca, que dividió en dos el mar rojo, que habló y actuó por los profetas, que sanó enfermos, resucitó muertos, y que de un cobrador de impuestos hizo un Apóstol que cumplió, y de alguna manera sigue cumpliendo, su misión de anunciar a Cristo a través de su evangelio. ¿qué no podrá hacer con nosotros?