Agradando al Señor

XXX Domingo del TO – Ciclo A

• Ex 22, 20-26. Si explotáis a viudas y a huérfanos, se encenderá mi ira contra vosotros.
• Sal 17. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
• 1Ts 1, 5c-10. Os convertisteis, abandonando los ídolos, para servir a Dios y vivir aguardando la vuelta de su Hijo.
• Mt 22, 34-40. Amarás al Señor tu Dios, y a tu prójimo como a ti mismo

En nuestra vida cotidiana, cuando queremos congraciarnos con alguien, cuando queremos agradarle, generar una situación la que se sienta contento, cuando queremos que sienta amado, lo usual es que otorguemos un regalo. Esta dinámica la observamos por ejemplo en los dibujos animados, un niño que presente a la maestra una manzana, o quizás en la realidad cuando vemos como los proveedores de un servicio en una empresa suelen dar regalos al encargado de gestionar las compras, lo vemos también en las personas que agradecidas con un médico le dan algún pequeño presente o en la misma vida familiar a mamá en el día de las madres se le dan flores o a papá para el día del padre se le da alguna camisa de su equipo favorito de fútbol, etc.

Pero, yo pregunto a una maestra más que un regalo, ¿no le dará más satisfacción ver como el niño al final del año de estudio a aprendido a leer  y escribir?  A un cliente ¿no le dará más satisfacción ver como los productos que adquiere son útiles y le ayudan resolver las necesidades que tiene? A un medico ¿no le causará más alegría ver como su paciente siguiendo las indicaciones se recupera? A una madre o a un padre ¿no le agradará más ver como sus hijos son obedientes y se buscan llevarse bien en casa?

A esta alegría es que podemos comparar el gozo que san Pablo experimentaba al contemplar como la comunidad de tesalónica se había convertido en un ejemplo de virtud y de vida según el Evangelio, estos primeros cristianos no obstante las dificultades a las que se pudieron ver expuestos anunciaron la Palabra convirtiéndose a su vez en verdaderos difusores de la Buena de Cristo.

Vivir el mandamiento del amor, sobre todo en relación con nuestro prójimo es justamente esto mismo, Dios que a lo largo de nuestra vida nos ha amado, busca que vayamos y hagamos nosotros lo mismo, santa Teresa de Jesús decía en alguna ocasión “amor saca amor”. Es precioso ver la compasión con que en la primera lectura Dios se preocupa por aquellos más vulnerables, el migrante, la viuda, el huérfano y el pobre, y le dice a los israelitas que han de tratarles bien, han de recordarse que también ellos han vivido aquella situación y que por un designio de la misericordia divina fueron rescatados de la esclavitud de Egipto y llevados a una tierra fértil y buena. ¿Por qué hemos de amar al prójimo? Porque Dios nos amó primero. Puso en nosotros el amor como una semilla que está llamada a germinar, crecer y dar a su vez abundantes frutos, en actitudes y comportamientos concretos. Recordemos la prueba del nueve de la vida espiritual son las buenas obras que realizamos.

«Hemos recibido el precepto de amar al prójimo como a nosotros mismos. Pero Dios, ¿no nos ha dado también una disposición natural para cumplirlo? No hay nada más conforme a nuestra naturaleza que vivir unidos, buscarnos mutuamente y amar a nuestros semejantes. El Señor pide, pues, los frutos de la semilla que ya había puesto en nuestro interior, cuando dice: Os doy un mandamiento nuevo: Amaos los unos a los otros.

Con el fin de animar nuestro corazón a cumplir este precepto, no ha querido que se viera el distintivo de sus discípulos en prodigios u obras extraordinarias, aunque ellos recibieran el poder de realizarlos por el don del Espíritu Santo. Al contrario, dice: Por el amor que os tengáis los unos a los otros reconocerán todos que sois discípulos míos. Une a los dos mandamientos, de tal manera que considera que la buena obra que se hace al prójimo es como si se le hiciera a Él. Porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed, y me disteis de beber…Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis.

La observancia del primer mandamiento encierra también la observancia del segundo, y por el segundo vuelve al primero. Aquel que ama a Dios amará, por consiguiente, a su prójimo: El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras. Mi mandamiento es este: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Os lo repito: quien ama su prójimo cumple con su deber de amar a Dios, porque Dios considera este amor como referido a Él.»

San Basilio Magno, Grandes reglas, 3

IMG: «Jesús la vid verdadera» en el Museo de Arte Cristiana y Bizantina en Grecia