Alabemos al Señor

Miércoles – XXXIII semana del Tiempo Ordinario – Año par

• Ap 4, 1-11. Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir.
• Sal 150. Alabemos al Señor con su alegría
• Lc 19, 11-28. ¿Por qué no pusiste mi dinero en el banco?

Hacia el final del año litúrgico, nuestra madre la Iglesia nos invita a meditar con el libro del apocalipsis acerca de las realidades últimas que vivirá la humanidad según lo que nos ha sido revelado por la fe. Hasta el día de ayer meditábamos el mensaje que el Señor anunciaba a Juan acerca de la situación “presente” que vivían las comunidades cristianas por aquella época en las siete cartas que se presentan en la primera parte del último libro de la Biblia. Ahora pasamos a meditar acerca del conjunto de visiones que nos hablarán propiamente de las realidades últimas. Es hermoso ver como el Espíritu Santo nos conduce a través de este libro, primero nos hace reflexionar junto con aquellas iglesias, el presente, nuestra situación actual, el aquí y ahora de nuestras vidas, para luego en un segundo momento, abrirnos la perspectiva de futuro, hacia donde vamos caminando, cual es la meta de nuestra peregrinaje, la razón de nuestra esperanza, esto es, el encuentro con nuestro Amado Jesús y su victoria final sobre las fuerzas del mal.

Todo esta parte del libro se nos presenta como una gran celebración litúrgica, recordemos la Sagrada Liturgia, es la oración pública y oficial que elevamos como Iglesia a nuestro Señor, hoy en día la celebramos siempre que participamos de la Santa Misa y los demás sacramentos o cuando entonamos los salmos en la Liturgia de las Horas, esta nuestra oración como comunidad cristiana es un reflejo ya de la adoración y alabanza que hacen los ángeles y santos en el cielo.

Juan, el vidente de Patmos, contempla esta alabanza gloriosa y nos las describe con diversas imágenes a través de un género literario especial que se llama apocalíptico, tal y como lo vemos éste se caracteriza por estar cargado de abundantes símbolos que buscan transmitirnos diferentes mensajes, ya lo encontramos en algunos textos del Antiguo Testamento, como en los libros de Isaías, Ezequiel y Daniel, de hecho las imágenes usadas en el texto que consideramos hoy parecen tenerlos en consideración.

Entre las diferentes imágenes encontramos como centro de todo la llegada de alguien sentado en un trono, en un trono sabemos se sientan aquellos reinan, que tienen la potestad de gobernar, sabemos que esto evoca la llegada del Señor, los resplandores que se describen como brillo de piedras preciosas nos dan a conocer la gloria de la divinidad. En torno a Él se hacen presentes 24 seres en quienes algunos han visto una corte celeste constituída por ángeles, otros nos hacen recordar que se hace presente la plenitud de los hombres redimidos considerando a estos como los patriarcas de las 12 tribus de Israel y los 12 apóstoles Los cuatro seres vivientes evocan a los cuatro evangelistas, sabemos que a Mateo se le representa con un ser humano puesto que su libro comienza con la genealogía de Jesús, san Marcos se representa con un león porque su libro comienza con el grito (rugido) de la voz que clama en el desierto para preparar el camino del Señor, san Lucas se representa con un toro puesto que su libro comienza en el Templo de Jerusalén el cual es el lugar de los sacrificios, y que Juan es representado con un águila porque desde sus primeras páginas nos eleva a las alturas de la contemplación de la divinidad en el Verbo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, que hace su morada entre nosotros en Cristo Jesús.

Lo más importante de todo esto, más allá del simbolismo es el acto de adoración que realizan todos en torno al Señor, estos se postran ante el mientras dicen “Santo, santo, santo es el Señor, Dios todopoderoso, el que era, el que es y el que ha de venir…Tú mereces la gloria, el honor y el poder, porque Tú has creado todas las cosas: Tú has querido que ellas existieran y fueron creadas”. En la santa Misa nosotros nos unimos a este canto, una alabanza al Señor propia del cielo que elevamos desde ahora como peregrinos, lo propio de alabar a Dios es reconocer su grandeza y las maravillas de su obrar, nos olvidamos de nosotros mismo para volvernos a Él, y es que en toda la vida del cristiano no hay nada más importante que su Señor, tal y como decía el salmista alabamos a Dios en su Templo uniéndonos a aquellos que le alaban en su augusto firmamento, es decir el cielo, y lo alabamos por sus obrar magníficas y lo alabamos por su inmensa grandeza. Los instrumentos como trompetas, arpas, cítaras, tambores, cuerdas y flautas son un eco de las buenas obras que podemos realizar, es más un santo es un verdadero instrumento de alabanza pues su vida canta la gloria del Señor. Todo ser viviente, toda la creación, canta la gloria del Señor, pues en ella se manifiestan sus perfecciones, máxime cuando hablamos del ser humano puesto que fue creado a su imagen y semejanza y por la pasión, muerte y resurrección Jesucristo ha sido elevado a la dignidad de hijo de Dios.

 Desde esta perspectiva el santo Evangelio nos hace cuestionarnos, ¿como estamos haciendo uso de todos las bendiciones, de todas las gracias, de todas las ocasiones de hacer el bien, que nuestro Señor nos ha concedido? ¿Estamos procurando que sean para su mayor gloria? ¿los estamos haciendo fructificar? Este punto lo considerábamos ya el domingo recién pasado, sin embargo el texto que hoy meditamos nos abre una perspectiva última y es que si bien es cierto que Jesús anuncia esta parábola antes de su entrada en Jerusalén para vivir su Pasión y Muerte y así decirles que tiene que marcharse para luego volver una vez resucite, también nosotros nos encontramos preparándonos continuamente nuestro corazón para el encuentro definitivo con el Señor, la Parusía o segunda venida de Jesús, con gloria y majestad para juzgar vivos y muertos es una verdad de fe que profesamos siempre que rezamos el Credo, el Señor ha de volver, no hemos de olvidarlo, y sea que estemos vivos para cuando esto suceda o sea que en aquel momento nos llame de nuevo a la vida en la resurrección al final de los tiempos, el Señor en el juicio final buscará encontrar frutos de vida eterna en nuestras vidas.

Al contemplar por tanto la Liturgia de la Palabra hemos de sentirnos estimulados a entrar en la conversión del corazón para dar cada vez más frutos de vida eterna, los cuales son una auténtica alabanza a Dios y que se traducen, hoy por hoy, en actitudes y comportamientos concretos de bondad hacia nuestros hermanos, como dice san Juan de la Cruz, “al atardecer de la vida seremos juzgados en el amor.”

IMG: Frontispicio del libro del Apocalipsis en una Biblia del siglo IX en san Pablo fuera de los muros