Viviendo entre dos eternidades

I Domingo de Adviento – Ciclo B

• Is 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7. ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!
• Sal 79. Oh, Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
• 1Co 1, 3-9. Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
• Mc 13, 33-37. Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa.

Que profundas y llenas de humildad las palabras que nos presenta el Antiguo Testamento en este día: “Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad” (Is 62,17) o bien “despierta tu poder y ven a salvarnos. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve” (Sal 79, 3-4). Ellas son un clamor del pueblo que, descubriendo su miseria y su pequeñez, su poquedad y bajeza, su indigencia y su necesidad, se vuelve al Señor para implorar que intervenga en su favor, que le rescate y restaure. De alguna manera es la voz de todo hombre que, descubriendo la miseria en la que se ve envuelto a causa del pecado, clama a su Padre celestial que intervenga en la historia y le saque de aquella situación de muerte y dolor.

Adviento es justo el tiempo en que Dios nos muestra que no es indiferente a nuestras realidades de sufrimiento, sabe muy bien lo que nos aqueja y las penas que padecemos a causa del pecado, al prepararnos para la navidad, hacemos memoria que en el nacimiento de Cristo Jesús, Dios mismo se ha hecho uno de nosotros para librarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte, y hacernos gozar de su misma vida divina, hacemos memoria que Dios mismo entró en la historia de la humanidad y así entró en la historia de cada uno de nosotros para salvarnos, para darnos una esperanza, para darnos no sólo la libertad temporal sino para abrirnos un horizonte de eternidad, contemplar al niño que nacerá en belén es hacer memoria que tú y yo vivimos comprometidos aquí y ahora con una fe que nos ha de llevar a gozar de la gloria eterna.

El tiempo de adviento nos hace recordar que nuestra existencia terrena es, como diría santa Teresita “un instante entre dos eternidades”, venimos de Dios, pensados desde la eternidad, creados en el amor infinito de la Santísima Trinidad, hemos entrado en la historia por medio de nuestros padres, y no obstante la debilidad propia de nuestra naturaleza caída y las infidelidades y negligencias voluntarias en que podamos haber incurrido, Dios todopoderoso se apiadó de nosotros, y por la pasión, muerte y resurrección del Nazareno, el Hijo de Dios hecho hombre, hemos sido reconciliados con Él, por las aguas del bautismo fuimos incorporados a la gran familia de Dios y hemos comenzado a vivir la vida nueva de la gracia, y llenos de profunda esperanza anhelamos el día en que lo contemplaremos venir con gloria y majestad, para entrar plenamente en aquella eternidad en la que junto con los ángeles y santos le alabaremos llenos de la alegría que caracterizará el domingo que no conocerá el ocaso.

Es en ese espíritu leemos en el santo Evangelio la invitación de Jesús a la vigilancia “Velad… pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!” (Mc 33, 35-37) y es que, si bien es cierto esta vida terrena es breve, es justo el tiempo en que se juega el modo en que hemos de pasar la eternidad, hoy es el tiempo de la misericordia, es el tiempo de la salvación, es el tiempo de la gracia.  Velar es combatir el buen combate de la fe contra el mundo, el demonio y la carne. Velar es forjar en la fragua del Corazón del Corazón de Jesús un corazón semejante al suyo, en actitudes, comportamientos, pensamientos y sentimientos concretos. Velar es entrar en la amistad íntima que adquiere su fuerza en la oración y en las obras de caridad con el hermano.

En el adviento velamos de un modo especial considerando las llamadas dos venidas de Cristo, la primera cuando luego de encarnarse en el seno de María santísima nacerá en Belén de Judá y la segunda cuando gloria y majestad habrá de volver para juzgar a vivos y muertos.


“Anunciamos la venida de Cristo, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento; esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino.

Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón; el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre; en la segunda se revestirá de luz como vestidura. En la primera soportó la cruz, sin miedo a la ignominia; en la otra vendrá glorificado, y escoltado por un ejército de ángeles.

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la futura. Y, habiendo proclamado en la primera: Bendito el que viene en nombre del Señor, diremos eso mismo en la segunda; y saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos, adorándolo: Bendito el que viene en nombre del Señor.

El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz, y les dirá: Esto hicisteis y yo callé.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.”

San Cirilo de Jerusalén, Oficio de lectura I Domingo de Adviento


Que este itinerario de preparación a la Navidad que comenzamos hoy sea para nosotros ocasión de gracia y bendición, para que vigilantes dejemos que el Espíritu Santo forme en nosotros un corazón dócil, un corazón que pueda latir al ritmo de la eternidad, un corazón de carne que lata al ritmo del Corazón de aquel Niño bendito que nació en Belén para llevarnos consigo a vivir en comunión de hermanos en la Iglesia para gloria y honra del Padre.

IMG: Detalle de una miniatura del Misal del siglo XIV de Jan ze Středy que presenta la anunciación del nacimiento de Jesús