La alegría del encuentro con Cristo

III Domingo de Adviento – Ciclo B

Is 61, 1-2. 10-11 Me alegro en el Señor con toda el alma
Sal: Lc 1, 1 46-54. Mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador
1 Tes 5, 16-24. Conservémonos irreprochables en cuerpo y alma hasta la llegada del Señor
Jn 1, 6-8. 19-28. En medio de ustedes hay uno al que ustedes no conocen

La gran celebración de la Navidad se acerca y la Iglesia en medio de la dulce espera que supone el tiempo de adviento se llena de gozo profundo, el profeta Isaías nos anuncia la llegada del Salvador, el ungido del Señor, el que transformará las situación de tristeza en la que se encontraba el hombre en alegría pues proclamará la buena nueva a los pobres, curará a los de corazón quebrantado, dará el perdón a los cautivos y libertad a los prisioneros, llega el tiempo de la gracia, llega el tiempo de la misericordia ¿cómo no se alegrará el corazón del hombre que experimenta todas estas bondades?

Pero curiosamente, a partir del texto del profeta, podemos ver que no sólo es ocasión gozo para aquel que recibe el beneficio divino, sino también para el enviado prometido, nuestro Señor Jesús viene a salvarnos, su Corazón santísimo se goza en hacer la voluntad de Aquel que le ha enviado con esta misión, el Señor sale a nuestro encuentro ansia rescatarnos de las garras del pecado y de la muerte, para hacernos partícipes de su gloria, en el podemos contemplar como se realizan las palabras del profeta “Me alegro en el Señor con toda el alma y me lleno de júbilo en mi Dios, porque me revistió con vestiduras de salvación y me cubrió con mato de justicia, como el novio que se pone la corona, como la novia que adorna con sus joyas”

Así vemos que el gozo que experimenta aquel hombre que ha vivido un encuentro con Cristo Jesús tiene su raíz profunda en el mismo gozo del Corazón del Señor, como diría santa Teresa “amor saca amor”. Y ¿de donde brota la alegría de Jesús? de haber entrado en la voluntad del Padre, por ello ese es el camino que también nosotros habremos de seguir. Según la definición clásica la alegría es un sentimiento que se produce cuando se está en posesión de un bien, por tanto la alegría que es más que un sentimiento, la dicha que no pasa, o mejor dicho el gozo verdadero sólo se alcanza cuando se comienza a disfrutar del bien verdadero y firmemente estable , y cuando nuestro corazón va en búsqueda no sólo de “algo bueno” sino de la fuente de la cual procede todo bien, entonces encuentra un puerto seguro. Sólo en Cristo el hombre puede encontrar por tanto realmente la felicidad plena.

“La verdadera alegría no es fruto del divertirse, entendido en el sentido etimológico de la palabra di-vertere, es decir, desentenderse de los compromisos de la vida y de sus responsabilidades. La verdadera alegría está vinculada a algo más profundo. Ciertamente, en los ritmos diarios, a menudo frenéticos, es importante encontrar tiempo para el descanso, para la distensión, pero la alegría verdadera está vinculada a la relación con Dios. Quien ha encontrado a Cristo en su propia vida, experimenta en el corazón una serenidad y una alegría que nadie ni ninguna situación le pueden quitar. San Agustín lo había entendido muy bien; en su búsqueda de la verdad, de la paz, de la alegría, tras haber buscado en vano en múltiples cosas, concluye con la célebre frase de que el corazón del hombre está inquieto, no encuentra serenidad y paz hasta que descansa en Dios (cf. Confesiones, I, 1, 1). La verdadera alegría no es un simple estado de ánimo pasajero, ni algo que se logra con el propio esfuerzo, sino que es un don, nace del encuentro con la persona viva de Jesús, de hacerle espacio en nosotros, de acoger al Espíritu Santo que guía nuestra vida. Es la invitación que hace el apóstol san Pablo, que dice: «Que el mismo Dios de la paz os santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Ts 5, 23). En este tiempo de Adviento reforcemos la certeza de que el Señor ha venido en medio de nosotros y continuamente renueva su presencia de consolación, de amor y de alegría. Confiemos en Él; como afirma también san Agustín, a la luz de su experiencia: el Señor está más cerca de nosotros que nosotros mismos: «interior intimo meo et superior summo meo» (Confesiones, III, 6, 11).”

Benedicto XVI, Angelus 11 de diciembre de 2011

Al escuchar el testimonio de Juan Bautista que nos anuncia la llegada del Salvador, roguemos al Espíritu Santo nos conceda la gracia de saber preparar nuestros corazones para acoger con docilidad y generosidad la llegada del Niño que llega a la tierra para abrirnos el camino hacia el cielo.

IMG: Fotografía del Papa Francisco usando ornamentos rosados que son característicos de la celebración litúrgica de este día