La Compasión amorosa de Jesús

8 de enero o martes después de epifanía

1 Jn 4, 7-10. Dios es amor
Sal 71. Que te adoren, Señor, todos los pueblos
Mc 6, 34-44. Al multiplicar los panes, Jesús se manifiesta como profeta

Hemos escuchado en la primera lectura, dos afirmaciones sublimes, preciosas, y santas que nos llevan a contemplar la bondad que el Creador de todo cuanto existe ha tenido con la humanidad. San Juan nos ha dicho “Dios es amor” y más adelante nos dice en qué consiste este amor “no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” pero ¿qué significa que nos amó primero? Lo podríamos responder con unas palabras de san Pablo “…Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, aunque estábamos muertos por nuestros pecados, nos dio vida en Cristo…” (Ef 2, 4-5)

El texto del Evangelio es sumamente ilustrativo, esa mirada de compasión que Cristo ha arrojado sobre aquellas multitudes hambrientas que le seguían, es la mirada misericordiosa que le ha llevado a dar su vida por ellos, esa es la misma mirada preciosa y llena de amor con la que Él vio la humanidad en el momento en que lo crucificaban y que le llevo no sólo a perdonarla, sino que incluso ha buscado justificarla “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, sublime abismo de amor que se encuentra en el corazón de aquel que dio su vida por ti y por mí.

Esa misma mirada, es la mirada con la que te ha visto y te ha amado, con la que ha contemplado tu historia, con la que contemplado tu vida, con la que ha contemplado tu corazón. Él se encarnó en el vientre purísimo de María y se hizo hombre, para amarnos y amarnos hasta el extremo, al punto de entregarse a la muerte por nosotros. Él no te ha querido simplemente dar un pan que sosiega temporalmente el hambre, sino que se quiso dar a sí mismo en la  Eucaristía para que tu sed de amor fuera colmada, y descubrieras el verdadero alimento que constituye para ti y para mí el pan del camino, y del camino hacia el cielo.

Lo diría con palabras preciosa san Beda el venerable “La mayor prueba de amor de Dios está en que, cuando todavía no podíamos pedirle el perdón de nuestros pecados, Él nos envió a su Hijo para perdonarnos por la fe en Él y llamarnos a la comunión con la gloria del Padre”

Si alguna vez te has sentido cansado en el camino, como cuando buscas hacer oración y de repente la fatiga del trabajo cotidiano te hace pensar mejor descansar que rezar; cuando agobiado quizás por el peso de batallas en las que quizás has resultado herido, como cuando te llega la tentación y quizás has tropezado o incluso caído; cuando andas abatido porque no encuentras un momento de calma en medio de la tormenta, como cuando ves sólo líos en el familia, enfermedades y miseria económica; cuando sientas que estás a punto de sucumbir y te sientes que ya no das una, en ese momento, vuelve tu mirada al pesebre con los magos, vuelve tu mirada al pesebre con los pastores, vuelve tu mirada al pesebre con María, vuelve tu mirada al pesebre con José, vuelve tu mirada al pesebre con los ángeles, y recupera la esperanza porque ese Niño, ese bendito Niño, ese precioso Niño, ese Divino Niño, te anuncia que el mal no tiene la última palabra, que la victoria no es de la muerte, que el vino al mundo para destruir esas cadenas que nos atan y llevarte a aquella tierra en la que mana leche y miel. Dios no te ha engañado con falsedades como quien vive mintiendo, como se dice popularmente, “bajando el sol, la luna y las estrellas” “haciendo castillos en el aire”; no, el Hijo de Dios se hizo hombre, podríamos decir que Él mismo ha bajado para llevarte al cielo hacia las moradas eternas.

Querido hermano, viendo al niño Jesús en Belén,  contempla esas situaciones como lo miraban los santos, como santa Teresa que decía que esta existencia terrena en medio de los sufrimientos y angustias “no es otra cosa sino una mala noche en una mala posada”. Es decir estos sufrimientos son poca cosa porque habrán de pasar, en el combate espiritual ,que no es sino una búsqueda del Amor, hemos ya vencido sino somos fieles a la palabra del Señor, lo que nos espera es la eternidad en la presencia de nuestro Amado. Ya lo dice el salmo: “Confía en el Señor y haz el bien; habita tu tierra y guarda la fidelidad. Pon tu delicia en el Señor, y te concederá los deseos de tu corazón” (Sal 36, 4-5) .

Dios es amor, Benedicto XVI, nos enseñará que esas palabras «expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. (…) “Hemos creído en el amor de Dios”: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva»

En este período de Navidad, en el que recordamos la fidelidad del Señor que ha cumplido sus promesas a su Pueblo, suscitando en medio de él a su Hijo bendito, no nos sorprende ver como Jesús va desarrollando las palabras que los profetas había anunciado desde antiguo.  Ellos habían hablado que Dios mismo apacentaría a su Pueblo, y la palabra que el Evangelio nos transmite este día, es justamente el cumplimiento de ésta promesa. Jesús con sus palabrsa y luego a través del pan multiplicado, sacia a los que le seguían con el alimento del alma y del cuerpo. Jesús movido por sus entrañas de misericordia siente “compasión” por aquellos que venían a buscarle en busca de consuelo.

Es más el ejemplo de los mismo apóstoles nos interpela pues ellos tampoco pensaron en si lo que tenían alcanzaría para cubrir sus propias necesidades, antes bien su dificultad estuvo en el no haber podido encontrar una solución para aquellos que seguían a Jesús, es ahí donde Cristo interviene. San Juan Crisóstomo dirá:

Observemos el abandono confiado de los discípulos a la providencia de Dios en las necesidades más grandes de la vida y su desprecio hacia una existencia lujosa: eran doce y tenían sólo cinco panes y dos peces.  No se preocupaban de las cosas del cuerpo; se dedicaban con celo a las cosas del alma. Es más, no guardaron para ellos estas provisiones: se las dieron en seguida al Salvador cuando se las pidió. Aprendamos de este ejemplo, a compartir lo que nosotros tenemos con los que están necesitados, aunque tengamos poco. Cuando Jesús les pide los cinco panes, no dicen: “¿qué nos quedará para más tarde? ¿De dónde sacaremos lo que nos hace falta a nosotros?” Obedecen en seguida…”  

Al rumiar la palabra del Señor, y entrar en la profundidad de su mensaje, podemos llegar a descubrir el trasfondo del signo de este pan, ya una interpretación patrística del Padre Nuestro nos recuerda como el pan puede entenderse de tres maneras

Cuando decimos “danos hoy nuestro pan de cada día” no estamos haciendo otra cosa sino pedirle al Padre Eterno que nos dé su palabra, que nos instruirá en el camino de la vida que nos dé el pan material que necesitamos para alimentar a nuestro cuerpo y tener las fuerzas para trabajar por su Reino, y que nos dé el pan de la Eucaristía que nos nutre para la vida eterna, podríamos decir que pedimos a nuestro Padre el pan cotidiano, y el cotidianamente nos responde con Jesús, en quien todo hombre encuentra aquel que saciará hasta sus anhelos más íntimos.

Gran bendición del Señor, que no nos deja de sorprender, pues sus milagros son signos del poder que viene de lo alto, ellos nos revelan que el autor de Cielo y Tierra está entre nosotros. No hay nada que temer, su Divina Providencia conduce la historia, y no hay nada que nos llegue a hacer falta, pues “todo lo podemos en Cristo” como dirá san Pablo. 

El Señor nos da lo que necesitamos, lo da gratuitamente y lo da en abundancia, su generosidad es una de las características emblemáticas que mueven el corazón de los hombres, no se reserva nada. Lo vemos alimentándolos a todos, pero no se nos dice que Él coma, es más al principio de este pasaje evangélico se nos habla como de hecho no le quedaba tiempo ni a Él ni a sus discípulos para hacer esto, algo tan básico e indispensable, y sin embargo Él antepone las necesidad de sus seguidores antes que la propia fatiga. 

El destello de la cruz, brilla en un sacrificio que se culmina en el calvario pero que se va realizando de día en día, es el cordero degollado que derrama su sangre, que derrama su vida, para que los demás tengan vida.

Dirá el Papa Francisco:

vertener compasión, enseñar. Los podemos llamar los verbos del Pastor. Ver, tener compasión, enseñar. El primero y el segundo, ver y tener compasión, están siempre asociados con la actitud de Jesús: su mirada, en efecto, no es la mirada de un sociólogo o de un reportero gráfico, porque Él mira siempre con «los ojos del corazón».  Estos dos verbos, ver y tener compasión, configuran a Jesús como buen Pastor. Incluso su compasión, no es solamente un sentimiento humano, sino que es la conmoción del Mesías en quien se hizo carne la ternura de Dios.  Y de esta compasión nace el deseo de Jesús de alimentar a la multitud con el pan de su Palabra, es decir enseñar la Palabra de Dios a la gente. Jesús ve, Jesús tiene compasión, Jesús nos enseña. ¡Es hermoso esto!” 

Que al contemplar a Jesús manifestado y revelado a las naciones, podamos contemplar y hacer experiencia de ese amor que ha transformado la historia de la humanidad, y nos dejemos conducir por la voz del Buen pastor que nos amó hasta el extremo para hacernos gozar de la vida eterna.

IMG: «Multiplicación de los panes y peces» de Giovanni Lanfranco