Caminando junto a nuestro hermano mayor

Hemos comenzado la lectura de la carta a los Hebreos, un texto del Nuevo Testamento en el  cual encontramos la grandeza, la novedad y el esplendor de Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, que se ofreció a sí mismo como víctima en el santo sacrificio de la Cruz.

Si ayer contemplábamos la divinidad de Cristo, su preexistencia, su ser Creador, y por tanto su superioridad a los ángeles; hoy se nos propone contemplar con asombro y reverencia la maravilla de la Encarnación, pues Él siendo Dios se ha hecho hombre, y ha sido contado entre uno de nosotros, es más en su humildad, el Hijo del Altísimo, ha compartido todo con nosotros, incluso se ha dejado contar entre los pecadores, como lo vimos cuando desciende al Jordán para ser bautizado, iba en la misma fila de los fariseos, saduceos, soldados, prostitutas; lo vemos que extendía su mano a los leprosos; y en el Calvario moriría en medio dos malhechores. En su obediencia a la voluntad del Padre, Jesús ha sanado la desobediencia de Adán, Él se ha convertido en el primero de muchos, sufriendo en la Cruz nos abre el camino de la salvación, de la santidad, de la gloria, y como dirá la carta la carta a los Hebreos no teme llamarnos “hermanos” suyos.

Y si bien es cierto que a momentos atravesamos tribulaciones o caminamos por senderos tortuosos, e incluso nos sentimos en medio de un “valle de lágrimas”. Es la mirada en el resucitado que está sentado a la derecha del Padre la que reanimará nuestra esperanza. Porque donde está la cabeza, está el cuerpo. Ahí donde está Cristo estaremos nosotros con Él.

« “No se averguenza de llamarnos hermanos” (Hb 2, 12) ¿Ves como nuevamente muestra la superioridadd? En verdad, al decir “no se avergüenza”, muestra no la realidad de la naturaleza (de la fraternidad), sino del afecto del que no se avergüenza de todo lo que es y de la mucha humildad. Ciertamente, aunque proviene de un único (Padre), sin embargo nos santifica, (y de verdad) somos santificados. ¡Mucha la distancia! Él proviene del padre, como Hijo legítimo, es decir, de su misma sustancia; en cambio nosotros como criaturas, o sea, (provenientes) de la nada. ¡Así la diferencia es tanta! Por eso afirma: “No se avergüenza de llamarlos hermanos”, diciendo: “Anunciaré tu nombre a mis hermanos” (Sal 21, 23). En efecto, al asumir la carne, se arrogó también la fraternidad, y a la carne se unión igualmente la fraternidad. » San Juan Crisóstomo, Sobre la carta a los hebreos, 4, 3

El santo Evangelio por otra parte nos presenta como Jesús desde los primeros pasos de su ministerio público comienza a causar conmoción y expectación entre la gente. En un inicio san Marcos nos dejó claro cuál era el anuncio del Señor, el Reino de los Cielos ha llegado, y es necesario convertirse, luego nos enseña como esta conversión es un proceso de discipulado, implica un seguimiento cercano de Cristo con la consciencia que un día también seremos enviados a continuar su misión. 

Hoy de modo especial se nos presenta a Jesús como el Divino Maestro, que entra en la sinagoga y explica la palabra de Dios, es más no se limita a hacer una exposición teórica, sino que con gesto concretos manifiesta la realidad de lo que anuncia, de ahí que sus interlocutores “se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas” (Mc 1, 22). Estamos ante Dios que ha se hecho hombre para vencer las fuerzas del mal que oprimen al hombre.

Su palabra está garantizada por sus obras, sin duda alguna la Iglesia nos enseña que con esto Cristo ha revelado al Padre y el plan de salvación que había proyectado con sus gestos y palabras. Éste es el Hijo de Dios que ha venido a dar testimonio de Él y a reconducirnos a Él. Éste es el que habla y obra con autoridad. 

De hecho escribirá san Jerónimo:

«Que el demonio hubiera sido arrojado no era nada nuevo, pues también solían hacerlo los exorcistas hebreos. Pero, ¿qué es lo que dice? ¿Qué es esta enseñanza nueva? ¿Por qué nueva? Porque manda con autoridad a los espíritus inmundos. No invoca a ningún otro, sino que Él mismo ordena: no habla en nombre de otro, sino con su propia autoridad» S. Jerónimo, Commentarium in Marcum 2.

Es Cristo quien  ha restaurado la humanidad caída y la conduce hacia aquellas alturas para la que Dios la pensó, es Cristo quien se ha encarnado para sanar nuestra carne, es Cristo quien con sus gestos y palabras ha venido a dar vida donde antes hubo desobediencia y muerte, es Cristo quien ha vencido a las fuerzas del mal que buscan alejar al hombre del camino del amor, es Cristo quien hoy quiere entrar en nuestra historia y transformarla para que una historia que refleje la vida de los hijos de Dios.

Lecturas:
Hb 2, 5-12. Convenía que Dios consumara en la perfección, mediante el sufrimiento, a Jesucristo, autor y guía de nuestra salvación.
Sal 8. Diste a tu Hijo el mando sobre las obras de tus manos.
+Mc 1, 21-28. No enseñaba como los escribas, sino como quien tiene autoridad.

Martes – I semana del TO – Año impar