Amada en el amado transformada

Es interesante de cuando en cuando hacer un alto en el camino para contemplar nuestra propia vida y en ella ver cuáles son las categorías a través de las cuáles valoramos la realidad que nos rodea y también la que llevamos dentro de nosotros, ¿dónde desciframos la vida? ¿cómo vemos? ¿qué amamos? ¿qué es lo que deseamos? ¿qué es lo que tanto anhelamos?

En el III Domingo de Tiempo Ordinario que celebramos hoy, damos inicio a la lectura continuada del Evangelio, la Iglesia en la Sagrada Liturgia nos invita a meditar uno a uno los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) a lo largo de un año durante este tiempo litúrgico, es un peregrinar de la mano de los evangelistas en el conocimiento y amor por el Señor. Este año nos corresponde la meditación del evangelio de san Marcos quien recogería el testimonio de san Pedro, será a través de su mirada que contemplaremos al Señor Jesús que nos habla.

Qué importante es entonces abrir nuestra mente y nuestro corazón a la Palabra que se nos proclama hoy, son las primeras que pronuncia Jesús al iniciar su ministerio público “Conviértanse y crean en el Evangelio…” más aún Él busca que aquellos que le escuchan estén cerca de Él, que caminen con Él, tal y como lo refleja la inmediata llamada de los primeros discípulos cuando les dice “Síganme”, es palabra también nos es dirigida a nosotros hoy.

Este día también ocurre la celebración del Domingo de la Palabra de Dios, el santo Padre, ha querido llevarnos a contemplar en un domingo en particular el don excelso que el Señor nos ha dejado a través de las Sagradas Escrituras. Sabemos nosotros en la fe que Dios ha salido al encuentro de la humanidad, se nos ha revelado, nos ha hablado, nos mostrado quien es Él y su plan de amor para todos y cada uno, esa revelación ha llegado hasta nosotros a través dos vías, por un lado la sagrada Tradición, que podríamos decir es el testimonio que los apóstoles y los cristianos a lo largo de los siglos nos han transmitido sobre el Señor, y que, por otro lado,  de un modo especial ha quedado compendiado a través de las Sagradas Escrituras.

Al contemplar el texto de la Sagradas Escrituras, no nos encontramos simplemente ante un libro cualquiera, estamos ante las páginas que han sido inspiradas por el Espíritu Santo y que nos transmiten la Palabra de Dios. En ella descubrimos a Aquel nos amó primero, que ha salido a nuestro encuentro y nos ha llevado a ver la vida desde otro punto de vista. 

“…la Iglesia ha venerado siempre las divinas Escrituras como venera también el Cuerpo del Señor. No cesa de presentar a los fieles el Pan de vida que se distribuye en la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo.

En la sagrada Escritura, la Iglesia encuentra sin cesar su alimento y su fuerza, porque, en ella, no recibe solamente una palabra humana, sino lo que es realmente: la Palabra de Dios. «En los libros sagrados, el Padre que está en el cielo sale amorosamente al encuentro de sus hijos para conversar con ellos».”

Catecismo de la Iglesia Católica, n.103-104

Volviéndonos a las preguntas que nos planteábamos al inicio, la Sagrada Escritura es para todo cristiano el lugar de encuentro, de transformación, es ocasión de conversión de nuestra mente y corazón, de modo que conozcamos la verdad del mundo que nos rodea y amemos aquello que es realmente bueno. La lectura orante, sea personal o comunitaria, siempre guiada de la mano de la Iglesia, nos lleva a configurar toda nuestra vida conforme a la voluntad de Dios, nos lleva a ver las cosas al modo de Cristo, nos lleva a amar al modo de Cristo, nos lleva a encarnar en nuestra vida su misma vida. El encuentro con Dios en la meditación de la Palabra, es el encuentro entre el alma cristiana y su amado, ahí como diría san Juan de la Cruz, “la amada es en el amado transformada”. Así aprendemos nosotros a pensar y a amar en libertad y gracia conforme a nuestra vocación de hijos de Dios. 

“No faltan en la historia de la Iglesia recomendaciones por parte de los santos sobre la necesidad de conocer la Escritura para crecer en el amor de Cristo. Este es un dato particularmente claro en los Padres de la Iglesia. San Jerónimo, gran enamorado de la Palabra de Dios, se preguntaba: «¿Cómo se podría vivir sin la ciencia de las Escrituras, mediante las cuales se aprende a conocer a Cristo mismo, que es la vida de los creyentes?». Era muy consciente de que la Biblia es el instrumento «con el que Dios habla cada día a los creyentes». Así, san Jerónimo da este consejo a la matrona romana Leta para la educación de su hija: «Asegúrate de que estudie cada día algún paso de la Escritura… Que la oración siga a la lectura, y la lectura a la oración… Que, en lugar de las joyas y los vestidos de seda, ame los Libros divinos». Vale también para nosotros lo que san Jerónimo escribió al sacerdote Nepoziano: «Lee con mucha frecuencia las divinas Escrituras; más aún, que nunca dejes de tener el Libro santo en tus manos. Aprende aquí lo que tú tienes que enseñar».A ejemplo del gran santo, que dedicó su vida al estudio de la Biblia y que dejó a la Iglesia su traducción latina, llamada Vulgata, y de todos los santos, que han puesto en el centro de su vida espiritual el encuentro con Cristo, renovemos nuestro compromiso de profundizar en la palabra que Dios ha dado a la Iglesia: podremos aspirar así a ese «alto grado de la vida cristiana ordinaria», que el Papa Juan Pablo II deseaba al principio del tercer milenio cristiano, y que se alimenta constantemente de la escucha de la Palabra de Dios.”

Benedicto XVI, Verbum Domini n.72

Roguemos al Señor nos conceda la gracia en este día de saber profundizar en la meditación de las Sagradas Escrituras, para que orando con ellas, podamos dejarnos transformar por la Palabra de Dios y entrar en la verdadera conversión del corazón.

Jon 3, 1-5.20 Los ninivitas habían abandonado el mal camino
Sal 24. Señor, enséñame tus caminos
1 Co 7, 29-31. La representación de este mundo se termina.
Mc 1, 14-20. Conviértanse y crean en el Evangelio.