Sobre las amistades espirituales

La amistad es una parte importante de la vida espiritual de todo cristiano, ciertamente muy necesaria es este tipo de relaciones en toda etapa del camino, pues ellas nos animan y sostienen.  Asimismo, las malas amistades sabemos que pueden ser perniciosas y nos pueden llevar a alejarnos del recto sendero. Esto nos lo atestigua ya la Sagrada Escritura: en el Antiguo Testamento la sabiduría del Pueblo de Israel recoge el siguiente proverbio “Anda con los sabios y serás sabio; quien frecuenta a los necios se hará malo” (Pr 13, 20) y en el libro del Sirácides “El amigo fiel es seguro refugio, el que le encuentra, ha encontrado un tesoro. El amigo fiel no tiene precio, no hay peso que mida su valor. El amigo fiel es remedio de vida, los que temen al Señor le encontrarán.” (Si 6, 14-16) y por en el Nuevo Testamento san Pablo nos recuerda que “las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1 Co 15, 33). 

¿Por qué es tan importante detenernos a meditar en esto?

Dice san Pablo “fides ex audito” (La fe nos viene por el oído – Rm 10, 17). “Los sentidos son a la vida sobrenatural lo que las raíces a la planta; por ellas llega a la planta la savia. Se conoce, por supuesto, la influencia que puede tener en el desarrollo de la vida espiritual el medio, el ambiente en que se mueven los sentidos, y sobre todo, las amistades que lo afectan de modo profundo y constante. El alma que comienza será normalmente más sensible esta influencia de amistad” (Quiero ver a Dios, p. 269) 

Santa Teresa escribía: “Aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque nosea sino ayudarse unos a otros con sus oraciones. ¡Cuánto más que hay muchas más ganancias! …Y creo que el que, tratando con esta intención, lo tratare, que aprovechará a sí, y a los que le oyeren y saldrá más enseñado; aun, sin entender cómo, enseñara a sus amigos…Pues es tan importantísimo esto para las almas que no están fortalecidas en virtud, como tienen tantos contrarios y amigos para incitar al mal, que no se cómo lo encarecer…Porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante, según se tiene por bueno andar en las vanidades y contentos del mundo. Y para estos hay pocos ojos; y si uno comienza a darse a Dios, hay tantos que murmuren, que es menester buscar compañía para defenderse, hasta que ya estén fuertes en no les pesar de padecer; y si no, veránse en mucho aprieto…” Vida 7, 20-22

Esto que nos ha dicho la Doctora del Carmelo no es otra cosa sino lo que ya atestigua la Sagrada Escritura: “Más valen dos que uno solo, pues si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo que cae!, que no tiene quién lo levante. Si dos se acuestan, tienen calor, pero él solo ¿cómo se calentará? Si atacan a uno, los dos harán frente. La cuerda de tres hilos no es fácil romper” (Si 4, 9-12)

El mismo señor Jesús cultivó diversas amistades, a sus apóstoles comunicaba de modo especial los secretos de Reino de los cielos y les dio a conocer los misterios de su vida, había entre ellos algunos que le acompañaron de modo especial en momentos muy difíciles como la oración en el huerto, incluso se nos cuenta en el Evangelio como frecuentaba a Lázaro, Marta y María en Betania para descansar.

Si bien es cierto muchas veces el punto de partida de nuestras amistades son puntos de vista en común, simpatías naturales, la necesidad de apoyo y desahogo, así como cierto sentimiento de admiración y atracción por el otro, no significa que no podamos trascender a un tipo de amistad mucho más elevado, hasta vivir santas amistades. 

En primer lugar veamos los elementos que constituyen el verdadero amor de amistad. Según santo Tomás de Aquino (Cf. STh II-II, q. 23, a.1), hay tres elementos que la caracterizan: la benevolencia “cuando amamos a alguien de tal manera que le queramos el bien”, la reciprocidad “el amigo es amigo para el amigo” y la comunicación “esa recíproca benevolencia está fundada en alguna comunicación” es decir que se tenga noticia del amor.

San Francisco de Sales para discernir entre buenas y malas amistades, nos enumera una serie de elementos que ilustrarán mejor aquello que hemos de buscar trabajar en aras de cultivar buenas amistades y lo que hemos de evitar para evitar caer en la mundanidad en nuestras relaciones con los otros.

“La amistad mundana se distingue de la santa y virtuosa, como la miel de Heraclea se distingue de la otra; la miel de Heraclea es más dulce al paladar que la miel ordinaria, a causa del acónito, que le da un exceso de dulzura, y la amistad mundana suele producir una serie de palabras almibaradas, una sarta de frases apasionadas y de alabanzas inspiradas en la belleza, en la gracia y en las dotes sensuales; en cambio, la amistad sagrada usa de un lenguaje sencillo y franco, sólo alaba la virtud y la gracia de Dios, único fundamento sobre el cual estriba. La miel de Heraclea, una vez engullida, produce vértigos, y la falsa amistad provoca trastornos en el espíritu, que hacen titubear a la persona en la castidad y devoción, induciéndola a miradas afectadas, halagadoras e inmoderadas, a caricias sensuales, a suspiros desordenados, a ligeras quejas de no sentirse amada, a suaves, pero rebuscadas y cautivadoras exterioridades, a la galantería, a los besos y a otras familiaridades e intimidades indecorosas, presagios ciertos e indudables de una próxima ruina de la honestidad; al contrario, la amistad santa tiene los ojos simples y castos, sus caricias son puras y francas, sólo suspira por el cielo, sus intimidades son para el espíritu, únicamente se queja cuando Dios no es amado, señales infalibles de la honestidad. La miel de Heraclea perturba la vista, y esta amistad mundana perturba el juicio hasta el extremo de que los que están tocados de ella creen que obran bien cuando obran mal, y tienen por razones sólidas sus excusas, sus pretextos y sus palabras; temen la luz y aman las tinieblas; pero la amistad santa tiene los ojos claros y no se esconde, sino que gusta de aparecer ante las personas de bien. Finalmente, la miel de Heraclea llena la boca de amargura; de la misma manera, las falsas amistades se convierten y acaban en palabras y en demandas carnales y malolientes, y, si no son aceptadas, en injurias, calumnias, imposturas, tristezas, confusiones y celos, que degeneran, muchas veces, en embrutecimiento y locura; pero la amistad casta siempre es honesta, cortés y amable por igual, y nunca se muda, si no es en una más perfecta y pura unión de espíritu, imagen de la amistad bienaventurada que se vive en los cielos.” (Introducción a la vida devota, III, 20)

En el campo de las relaciones interpersonales que se viven al interno de toda comunidad, hemos de precavernos de un escollo particular, pues en aras de bien y de un amor de amistad pudiera existir una desviación de una santa amistad a un afecto desordenado cuando surgen lo que en espiritualidad cristiana han venido a llamarse “amistades particulares” esta se caracteriza por cierta exclusividad que se busca tener hacia “x” o “y” persona en razón de una afición mal sana, que me lleva al desprecio de los demás por concentrarme sólo en ella. Santa Teresa decía que este tipo de apegos pueden incluso llegar mermar nuestra relación con el Señor. Escribía a sus monjas “poco a poco quitan la fuerza a la voluntad para que del todo se emplee en amar a Dios…hace daños  para la comunidadmuy notorias…las hace comenzar el demonio para comenzar bandos en las religiones” (Camino de perfección 4, 5-6) ella descubría cierta acción maligna aquí puesto que por mantener amistades particulares las personas tienen a dividir las comunidades, no es extraño que en un grupo grandes de personas se experimente mayor simpatía por unos que por otros, es más surgirán naturalmente este tipo de relaciones, pero cuando al interior de comunidades no muy numerosas ya no sólo hay simpatías que lleven a unos en pos de otros, sino que degeneren en ciertos exclusivimos que conduzcan a la acepción de personas, entonces surge un problema serio que puede destruir la comunidad. Como vemos se manifiestan ya la señales que san Francisco de Sales nos enumeraba entre aquellas que calificaban una amistad mundana, pues estas amistades particulares a menudo se nutren de insignificancias.

Hemos de estar alertas entre nosotros para ver de no hacer de aquello que era una ocasión de virtud una ocasión de caída, cómo discernir…recurremos a las palabras de Jesús “por sus frutos los conocerán” (Mt 7, 16), esto fue lo que hizo por ejemplo san Juan de la Cruz meditando en estos aspectos y a partir de lo cual sacó un principio guía “Cuando la afición es puramente espiritual, creciendo ella, crece la de Dios, y cuánto más se acuerda de ella, tanto más se acuerda de Dios y le da gana de Dios, y creciendo en lo uno crece en lo otro” (Noche Oscura I, 5, 7).

Muchos hemos visto como las amistades de una persona terminan por influir siempre en su perseverancia en la comunidad, muchas veces que un hermano ya no continúe no se debe tanto a razones de discrepancias teológica o dificultades en la fe, sino que se viven problemas de relaciones humanas, los cuales será un caldo de cultivo para un sin número de dificultades más. La relación con el Señor no se puede vivir sin entrar en relación con los demás, puesto que el camino del peregrinaje hacia la patria celeste se recorre en comunidad, lo recorremos como Iglesia.

El padre Royo Marín, escribía en una de sus obras de espiritualidad cristiana que:

“La experiencia confirma diariamente estas verdades. El estímulo y acicate de un verdadero amigo es uno de los más eficaces para la conquista de sí mismo y la práctica del bien. Porque la amistad verdadera, como decía Bossuet, es “una alianza de dos almas que se unen para obrar el bien”. La verdadera amistad es desinteresada, paciente hasta el heroísmo, sincera y transparente. No conoce la doblez ni la hipocresía, alaba al amigo sus buenas cualidades, pero le descubre con santa libertad sus defectos y flaquezas con el fin de corregirle de ellas. Nada tiene de sensual; se aprecia y ama únicamente el valor moral del amigo. “La amistad-dice todavía Bossuet- es la perfección de la caridad”. Por eso no puede haber verdadera amistad si no va apoyada en la virtud “No puedo amar a alguien-escribe el P. Lacordaire-sin que el alma se vaya tras el corazón y ande Jesucristo de por medio. No me parecen íntimas las comunicaciones si no son sobrenaturales. ¿Qué intimidad puede haber donde no se va hasta el fondo de los pensamientos y de los afectos que llenan el alma de Dios?”  (Teología de la perfección cristiana, p.796)

Ya los antiguos monjes del desierto reflexionaban acerca de lo que caracterizaba y podía contribuir a una santa amistad y como propiamente hablando sólo es tal aquella que se basa en la virtud, es más llegaba a considerar como la perseverancia en ella acrisolaba verdaderamente las relaciones entre los que se consideraban amigos, y cómo la no firmeza de ánimo eventualmente conducía a un distanciamento, entre ellos, Juan Casiano nos transmite esta enseñanza profunda a través de unas palabras del Abad José:

“Entre todos los géneros de amistad, sólo hay uno que sea firme y estable. El que tiene como razón última no el favor que concilia una recomendación, ni el valor de los servicios prestados o de los beneficios recibidos, ni cierto contrato u obligaciones de parentesco, sino la sola semejanza de las mismas virtudes. Esta es, digo, la amistad que no puede romper ningún accidente ni destruir el tiempo y el espacio. Esta es la que ni siquiera puede borrar la misma muerte. Tal es la verdadera e indisoluble dilección que crece en razón directa de la perfección y virtud de entrambos amigos. Su nudo, una vez se ha formado no se deshace ni por antagonismos humanos, ni por la lucha de voluntades divergentes. Hay más. Hemos conocido a muchos en nuestra profesión monástica, que, tras de haber estado unidos, por amor a Cristo, con la más cálida amistad, no siempre pudieron conservarla intacta. El origen de su unión era bueno. Mas no se aplicaron con igual ardor a mantener uno y otro el propósito que habían abrazado. Su afección era de aquellas que no duran más que un tiempo efímero, por cuanto no se alimenta de una virtud pareja por ambas partes, sino que se sostiene por un esfuerzo unilateral, es decir, por la paciencia de uno solo.

Tal sociedad, por magnánimos e infatigables que seamos en conservarla, queda desarticulada y como condenada al fracaso, por la pusilanimidad de nuestro amigo. Y es que las imperfecciones de aquellos que caminan con tibieza a la perfección por más que las sufran los fuertes y tolerantes, los mismos imperfectos no pueden soportarlas. Mejor dicho, no pueden sufrir que les sufran. Viven en su corazón y están como connaturalizadas con ellos las causas de sus enojos; por eso no les dejan vivir en paz y armonía. Les sucede lo que al os enfermos. Imputan a negligencia de los cocineros o de sus domésticos las repugnancias de su estómago enfermizo. Y por mucho que se esmero uno en atenderles, no dejan de hacer responsables a los sanos de su abatimiento morboso, sin percatarse de que éste se encuentra en sí mismos y responde al estado anormal de su salud quebrantada.

Por tal razón, como decíamos, el lazo de una amistad fiel y constante sólo puede darse en la semejanza y paridad de virtud. Porque “El Señor hace habitar en la misma morada a los que son unánimes en sus costumbres” (Sal 68, 7)La dilección no puede subsistir sino entre aquellos que tienen un mismo propósito, una misma voluntad, y están de acuerdo en el sí y el no de sus juicios y opiniones.

Si deseáis también vosotros guardar sin ruptura vuestra amistad, procurad extirpar vuestros vicios y mortificar vuestra voluntad propia. Así, siendo unánimes en vuestro propósito, no teniendo más que una sola ambición, un solo idela común a los dos, podréis cumplir con celo el oráculo que colmaba las delicias del alma del profeta: “¡Ved cuan bueno y deleitoso es habitar los hermanos formando una misma cosa!” (Sal 132, 1)  Y esto no hay que entenderlo literalmente, sino de una manera espiritual. Poco importa, en efecto, cohabitar bajo un mismo techo personas de costumbres y temperamentos distintos. Ni empece tampoco a la verdadera amistad, que estriba en la igualdad de virtudes, el hallarse alejados por la distancia. Porque ante Dios lo que nos une en realidad y nos hace amigos es la unión y compenetración de los corazones, no precisamente la convivencia en la misma morada. Por ende, jamás podrá existir verdadera armonía donde impera la discrepancia de voluntades” (Juan Casiano, Colaciones XVI, III)

Podríamos decir que:  “Tres son las ventajas que proporciona la verdadera y santa amistad; la de encontrar en el amigo un consejero íntimo, al que confiamos los problemas de nuestra alma para que nos ayude a resolverlos; un corrector prudentey cariñoso, que nos dirá la verdad sobre nuestros defectos y nos impedirá cometer innumerables imprudencias; un consolador, en fin, que escuchará con cariño el relato de nuestros dolores y encontrará en su corazón las palabras y remedios oportunos para suprimirlos o suavizarlos.” A. Royo Marín, Teología de la perfección cristiana, p. 797

Antes de concluir queda un punto a tratar, si amor de amistad propiamente dicho se puede tener sólo con el virtuoso ¿significa que no se puede ser amigo de los pecadores?

Una santa amistad ciertamente nos llevará a potenciará los elementos de bien que hay entre los amigos. Incluso un hombre santo podría llevar a un pecador a la conversión puesto que a fin de cuentas, el santo no es sino un reflejo de Cristo Jesús, pues el amor lleva a ser semejantes a los que se aman, y si esto lo vemos con nuestra amistades humanas, cuanto más se verá en nuestra relación con Jesús. Ahora bien, esto no puede darse por sentado en los principiantes que son muy susceptibles a dejarse llevar por el mundo y los malos ejemplos bajo apariencia de bien, aún deben de purificar mucho su sensibilidad para resistir a las tentaciones, e incluso el más avanzado no debería darse por ciento por ciento seguro sino que habrá de caminar con suma vigilancia en estos campos, recordando que la razón principal de amor al pecador más allá de las simpatías naturales, es el hecho de que son amados por el Señor, lo podríamos explicar con algunas palabras de santo Tomás de Aquino diciendo que aunque es cierto que “la amistad con quien es honesto no se tiene más que con el virtuoso como término principal. (Pero) En atención a él se ama también a quienes están con el vinculados, aunque no sean virtuosos. De este modo la caridad, que sobre todo es amistad de lo honesto, se extiende a los pecadores a quienes amamos con caridad por Dios” (Sth II-II, q. 23 a. 1, sed contra 3). En última instancia el amor de amistad elevado por la caridad teologal será el impulso de todo misionero en la obra evangelizadora, puesto que descubriéndose amado por el Señor cuando aún era pecador, se sentirá motivado a corresponder a ese amor, amando a otros como el Señor lo hizo con él, no desde un pedestal sino abajándose sin dejar de ser quien es buscará elevarlo no hacia sí, sino hacia Jesús. Fue el amor el que impulso al Hijo de Dios a asumir nuestra naturaleza humana, fue el amor el que le llevó a predicar desde el inicio “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15) y lo reconocería el discípulo amado através de aquellas palabras del cuarto evangelio, puesto que llegada la hora de la Última Cena “…sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amo hasta el extremo” (Jn 13, 1) y fue ese amor por los hombres el que en el madero de la cruz lo llevo a decir “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). 

La conversión del pecador no la podemos dar tampoco como un proceso automático y veloz, habitualmente es un proceso que debe enfrentar los escollos de las imperfecciones propias del que ofrece su amistad así como la libertad y la fuerza de los malos hábitos de aquel del cual se busca ser amigo, así como tampoco podemos olvidar lo que ya mencionamos anteriormente en la Conferencia del abad José, acerca de como el que se empecina en el mal no resiste que le resistan y habitualmente se aleja. 

No obstante el mismo amor de Cristo y a Cristo que no merma y que nos impulsa (Charitas Christi urget nos – 2 Cor 5, 14) habrá de llevarnos en la búsqueda del que estaba pérdido, pero para mantener vivo y honesto ese amor es necesario ciertamente mantener verdaderas amistades santas con otras personas, que nos ayuden a no flaquear y nos impulsen por la senda del bien, de ahí que la misión no es tarea de un solo individuo sino que vamos como Iglesia.

Es profundo el rol de una buena amistad, puesto que nos lleva a apartarnos del pecado y nos anima en el desarrollo de la vida de gracia, puesto que los amigos consuelan en los momentos de tristeza, fortalecen en los momentos de dificultad, protegen en los momentos de peligro, corrigen en los momentos en que se yerra y nos impulsan a perseverar y mejorar cuando vamos por la vía adecuada. Un buen amigo buscará el bien del otro y la verdadera amistad espiritual persigue el bien sobrenatural de aquellos que se aman con este amor. Nada mueve tanto a la virtud como una santa amistad, por lo que un amigo será siempre un aliado en el buen combate de la fe, nos impulsará siempre ir al cielo, nos conducirá cada vez más a la unión con Dios. 

“Oh dichosas almas que son amadas de los tales! ¡dichoso el día en que los conocieron! ¡Oh Señor mío! ¿no me haríais merced que hubiese muchas que así me amasen? Por cierto, Señor, de mejor gana lo procuraría que ser amada de todos los reyes y señores del mundo; y con razón, pues éstos no procuran, por cuantas vías pueden, hacer tales que señoreemos el mismo mundo y que nos estén sujetas todas las cosas de él. 

Cuando alguna persona semejante conociereis, hermanas, con todas las diligencias que pudiere la Madre procure trate con vosotras. Quered cuanto quisiereis a los tales. Pocos debe haber, mas no deja el Señor de querer se entienda cuando alguno hay que llegue a la perfección. Luego os dirán que no es menester, que basta tener a Dios. Buen medio es para tener a Dios tratar con sus amigos; siempre se saca gran ganancia, yo lo sé por experiencia; que, después del Señor, si no estoy en el infierno, es por personas semejantes, que siempre fui muy aficionada me encomendasen a Dios, y ansí lo procuraba” Santa Teresa, Camino de perfección 11, 4 (Códico de El Escorial)