Vida que engendra vida

La voluntad del Señor sobre la vida del hombre es clara en toda la Sagrada Escritura, desde el primer libro hasta el final su amor y misericordia disipan cualquier tiniebla de aquel que con humildad se acoge a Él.

El profeta Ezequiel nos recuerda una vez más que Dios quiere que el hombre se vuelva a Él y se salve, Dios pone todo a su disposición, la acción de su gracia es manifiesta a lo largo de su vida, aunque claro hace falta entrar en la conversión y creernos de verdad que su Palabra es verdadera, como dirá un salmo hemos de hacer la prueba y ver que bueno es el Señor.

Las palabras del Señor diciéndonos que no quiere la muerte del pecador sino que cambie de conducta y viva hacen recordar aquellas que decía ya en el Deuteronomio 30, “pongo ante ti vida y muerte, bendición o maldición, elige la vida para que seas feliz” y enumera una lista de bendiciones, nos recuerda el salmo 1 y la dicha del hombre que vive según la voluntad de Dios, el cual es similar a “un árbol frondoso plantado a la orilla de un río” , nos recuerda la alegría de Jesús al ver como Zaqueo, un hijo de Abraham, entró en la conversión, nos recuerda los esfuerzos del apóstol san Pablo que se desgastaba por anunciar el Evangelio en medio de grandes persecuciones, nos recuerda la alegría de Juan que en las visiones del Apocalipsis contempla a los justos triunfantes vestidos de blanco alabando a Dios por sus bendiciones luego de haber dado su vida en testimonio de Cristo.

Por otro lado las palabras fuertes sobre aquellos que se vuelven al mal o se obstinan en el camino que se aleja del Señor expresan de alguna manera más que la ira la tristeza del corazón del Señor, que busca por muchos medios atraernos hacia sí, recordemos las lágrimas que Jesús vertía contemplando a Jerusalén y su obstinada necedad al negarse a creer en el Señor no obstante todos los signos y prodigios que realizó.

El contacto con el mensaje del amor misericordioso de Cristo, lleva al hombre a maravillarse en la contemplación de Aquel que dio su vida para el perdón de los pecados.


“Tú eres el Señor de la misericordia: ten, pues, misericordia también de mí, pecador, que te ruego y te suplico en muchos suspiros y lágrimas. (…) ¡Oh Dios, benigno y misericordioso! Eres llamado paciente con los pecadores; incluso Tú mismo has dicho: Si el pecador se convierte, no pensaré más en su injusticia, en lo que cometió (cfr Ez   18,21-22). Mira que he venido y me postro delante de ti: tu esclavo culpable se atreve a suplicar tu misericordia. No pienses en tantos pecados míos y no me desdeñes por mi injusticia. (…) Tú, Señor, estás habituado a usar de misericordia y de bondad, y a perdonar muchos pecados”

Juan Mandakuni, Oratio 2-3


Pero sabemos también que la vida cristiana no es un intimismo que nos aísla de los demás, entrar en nosotros mismos para descubrir al Dios de la misericordia nos lleva a conformar nuestro amor con el suyo, un amor que se pone en evidencia en el contacto con el hermano.

De este modo, al reconocernos amados incluso cuando erra amos en el camino de la vida nos lleva a amar a nuestro hermano incluso en aquellos momentos más oscuros y difíciles. Todas las relaciones humanas de ordinario atraviesan períodos de crisis, la debilidad humana nos lleva en tantas ocasiones a caer y dejarnos llevar por nuestro egoísmo y por nuestra soberbia sin embargo, el Señor que conoce nuestros corazones quiere llevarnos por su amor a resolver esas situaciones, poniéndonos en paz con nuestros hermanos.

Dios es bueno, y como hijos suyos busca llevarnos a vivir en fraternidad y armonía, purificándonos en la escuela del perdón recíproco. Esa escuela es fuente de gracias abundantes comenzando por la libertad del corazón.


“Con dos alas se levanta el hombre de lo terreno, que son: simplicidad y pureza. La simplicidad está en la intención y en la pureza del afecto. La simplicidad busca a Dios, la pureza lo encuentra y lo gusta. Ninguna obra buena te resultará difícil si estás interiormente libre de todo afecto desordenado. Si tú sólo quieres lo que Dios quiere y lo que es útil a tu prójimo, entonces gozarás de libertad interior.

Si tu corazón es recto, toda criatura será como un espejo de vida y un libro lleno de santas instrucciones. No existe criatura tan insignificante y tan deleznable que no refleje de alguna manera la bondad de Dios. Si poseyeras suficiente inocencia y pureza, verías todo sin obstáculos. Un corazón puro penetra cielo y tierra. Cada uno juzga de las cosas exteriores según lo que alberga en su corazón. Si hay alegría alguna en el mundo, la posee el corazón puro.”

Imitación de Cristo, II, 4


Que el Señor nos conceda la gracia de sabernos reconciliado con El en su Hijo para que a nuestra vez nosotros podamos vivir reconciliados con nuestros semejantes, construyendo un mundo donde reine el amor misericordioso del Padre. Así sea.

IMG: “Jesús recibe a Zaqueo” , vitral de la iglesia del Buen Pastor en Jericó

Viernes – I semana de Cuaresma

Lecturas:

Ez 18, 21-28. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado, y no que se convierta de su conducta y viva?
Sal 129. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?
Mt 5, 20-26. Vete primero a reconciliarte con tu hermano