Perseverancia y Servicio

“Ustedes procuren que lo que han oído desde el principio permanezca en ustedes. Si permanece en ustedes lo que han oído desde el principio, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre. Y ésta es la promesa que él nos hizo: la vida eterna.” 1 Jn 2, 24-25

Queridos hermanos han concluido una etapa en un camino de formación[1], ha sido una etapa intensa en la cual han aprendido no sólo un conocimiento teórico como quien estudia para pasar un examen en la escuela, sino sobre todo el conocimiento de Cristo que es la Verdad en la cual descubrimos el plan de Dios para la humanidad, Él es la verad que se ha de hacer vida en cada uno día con día. Todo esto que han aprendido debe permanecer en ustedes como decía la cita de la Escritura que escuchamos al inicio, es más, debe de profundizarse cada vez más a través de la oración. No se trata ahora de que todo terminó, antes bien, es un nuevo comienzo, pues la meta es el cielo, la comunión plena en el amor con Dios Padre, Hijo, y Espíritu Santo, y en este caminar hemos de comenzar una y otra vez, pues la conversión a Dios para el cristiano no es sólo un momento puntual en la historia sino que es ante todo una actitud permanente y renovada.

Hoy son enviados en misión, para dar testimonio de Cristo vivo y presente en medio de nuestro mundo, servir en Cristo y a Cristo es reinar en este mundo, sí, reinar sobre el imperio de las fuerzas del mal, reinar sobre el afán desordenado de poder, de fama o de la propia excelencia, es reinar sobre la autorreferencialidad, sobre la mundanidad espiritual y sobre la indiferencia, es reinar sobre la mediocridad, el derrotismo y los complejos de culpa. El verdadero discípulo de Jesús sabe salir de sí mismo a través del servicio, para él servir es poner por obra el mandamiento del amor, y el amor sólo puede crecer si el hombre se entrega cada vez más intensamente, si busca darse en cada actividad y ocasión con la única intención de dar gloria a Dios, al ejemplo de Cristo buscará amar hasta el extremo (cf. Jn 13, 1) y esto sólo se logra a través de la perseverancia.

¿Qué es la perseverancia? En sí misma es una virtud, y en cuanto tal sólo puede forjarse en el corazón del hombre a través de la práctica, una virtud sabemos es un hábito bueno que nos permite hacer las cosas de modo suave, fácil y alegre en toda ocasión, pero para que eso pueda llegarse a dar es necesario una sana disciplina y partir de una “determinada determinación” como diría santa Teresa, es decir, decidirse de una vez por Cristo y la vida nueva que nos propone y estar dispuesto a hacer lo necesario para vivirla. 

Esta virtud es una hija de la fortaleza, y consiste en una “inclinación a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación nos ocasione” (Antonio Royo Marín, Teología de la perfección cristiana p. 593). Es decir en cuanto hija de la fortaleza nos ayuda a perseverar en la búsqueda del bien y a resistir cuando el mal ataca, de modo especial realiza esto ayudándonos a través de la persistencia en el tiempo cuando la adversidad se prolonga, de ahí que sea muy importante trabajarla no sólo en vistas al servicio sino a cualquier virtud que queramos acuñar en nuestra vida.

¿Cómo perseverar como un verdadero servidor de Jesucristo? Sirviendo (y sirviendo con una mirada sobrenatural sobre la situación) toda ocasión que se presente para ayudar a otro, todo ocasiónpara hacerle más fácil y llevadera la vida, toda ocasión para hacer el bien será un momento para ejercitarnos, más aún cuando el trabajo nos resulte incomodo o la persona a la que se nos presente la oportunidad de servir no nos sea simpática, es entonces cuando se forjará el corazón del auténtico servidor. El grado de perfección de nuestro servicio dependerá no de la grandeza de la obra que se realiza o del agradecimiento que nos dan, sino del amor que pongamos en Él, recordemos nada es pequeño cuando se hace por amor al Señor, es ahí donde obra la caridad que convierte en oro todos nuestras buenas obras.

Es importante recordar hermanos que aquel que se dispone a servir al Señor se debe preparar la prueba, pues tendrá que enfrentarse a diversos tipos de combate, a veces con enemigos externos a Él, como las seducciones del Maligno que busca tentarle al pecado o del mundo que ataca a los seguidores de Cristo de dos maneras según nos dice san Agustín “los halaga para seducirlos y los aterroriza para quebrantar su resistencia” (Sermón 276, 2), así como de algún enemigo interno a sí mismo, lo que llamamos la debilidad de la carne, que no es otra cosa sino la debilidad ante las amenazas del mundo y que se manifiesta en el deseo desordenado de placer y la huida del sufrimiento. 

A veces hermano habrás de sufrir no por ataques propiamente hablando sino por las purificaciones necesarias en orden a la santidad de vida puesto que es necesario romper con aficiones a las que podamos estar apegados (por ej. ciertos gustos o comodidades), que no siempre son propiamente pecado u ocasión de pecado pero que sí son imperfecciones que impiden alzar el vuelo hacia las alturas que el Señor nos ha pensado, ya lo decía san Juan de la Cruz “Porque eso me da que una ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida se estará éll como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más facil de quebrar; pero, por fácil que es, si no le quiebra, no volará” (Subida al Monte Carmelo, I, 11, 4)

Por ello decía el sabio en el Antiguo Testamento “Hijo, si te acercas a servir al Señor prepara tu alma para la prueba. Endereza tu corazón y sufre con paciencia, y no te inquietes cuando persiste la adversidad. Únete a Él y no te separes, para que seas enaltecido al final de tu vida. Todo lo que te sobrevenga, acéptalo, mantén ánimo grande en los reveses humillantes; porque el oro se prueba con el fuego, y los elegidos, en la fragua de la humillación. En la enfermedad y en la pobreza ten confianza en Él. Confía en Él y te ayudará; endereza tus caminos y espera en Él.” Si 2, 1-6

Jesús, querido hermano te pone en guardia, recuerda que nos ha dicho “velen y oren” sobre todo porque la tentación de la tibieza estará siempre a la puerte, la enfermedad de la pereza espiritual (acedia) es muy contagiosa. ¿Cómo sabemos si hemos caído en ella, si nos hemos acomodado, entrado en la mediocridad y dejado arrastrar por la mundanidad? Pregúntate: “¿sé nadar contra corriente?” que no es simplemente llevar la contraria o buscar entrar en conflicto sino buscar vivir la fe aunque las situaciones se presenten adversas. Algunos síntomas de la acedia[2] son: 1)somos inestables – vivimos distraídos, 2) obsesión por la propia imagen, por salvaguardarse a sí mismo a nivel superficial, 3) aversión hacia el propio deber de estado, 4) negligencia en la vida espiritual y 5) un cierto pesor del alma que nos hace perder la alegría, que nos hace perder la esperanza de la santidad. ¿Qué hacer si llegamos a caer? Opongamos cinco medios para enmendarnos si esto llega a pasar: 1) Lágrima de contrición, 2) equilibro en la vida, apoyarse en un horario y un plan de vida, 3) jaculatorias y repetición de versículos de la Sagrada Escritura (contestar a la tentación sin entrar en diálogo con la memoria de la Palabra de Dios, 4) Meditación sobre la muerte y la vida eterna, 5) pedir el don de la perseverancia.

Ahora bien, llegado a este punto recordemos la persverancia es una virtud por lo tanto debe ejercitarse con disciplina y en libertad, pero la perseverancia final es don del Señor, porque nadie puede resistir los embates de los enemigos del alma por sí solo, pero en Cristo muerto y resucitado sí que podemos vencer, Él nos da la gracia para poder perseverar hasta el final por lo que hemos de disponernos a ella, pidiéndola por una parte pero también utilizando los medios ordinarios a través de los cuales Jesús nos la comunica, podríamos decir que la perseverancia se forja viviendo unidos al Señor a través de los diferentes medios de crecimiento en la vida espiritual, bien lo dice el Señor en el Evangelio “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no pueden hacer nada.” (Jn 15, 5) Recordemos algunos de ellos:

  • La lectura constante (diaria) de la Palabra de Dios, lo decía el versículo con el comenzabamos, “recuerda lo que has oído”, arraigate cada vez más en la Sagrada Escritura de manera que ella modele tu modo de pensar, de hablar, de obrar y de sentir. “Quien no conoce las Escrituras no conoce a Cristo” decía san Jerónimo. 
  • En este sentido tu oración debe siempre estar animada por ella, el servidor del Señor debe ser el discípulo que esta “siempre a la Escucha de su Maestro”, que sabe descubrir en el silencio de la oración personal un ocasión de un encuentro vivo de ojos abiertos y corazón palpitante con Jesús, clamando por ser llenos del Espíritu Santo para secundar la voluntad del Padre en nuestra vida. Pero que también, el servidor del Señor, sabrá valorar con alegría y profundidad la oración comunitaria uniéndose a los hermanos para dirigirse al Señor, de un modo especial a través de la celebración de la Sagrada Liturgia “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Tampoco olvidemos el rol de Nuestra Buena Madre y el rezo del santo Rosario que tanto bien puede hacer y que es una manera de servir a través de la oración.
  • La lectura espiritual es decir, libros que nos ayuden a nutrir el alma con cosas buenas, los grandes clasicos como “La Imitación de Cristo” o el “Combate espiritual”, la vida de santos o libros de formación en la fe son elementos que siempre nos ayudaran a crecer espiritualmente. Podríamos también suscribirnos a canales de videos o sitios web que nos presenten este tipo de elementos, recordando la regla de san Ignacio “no el mucho saber harta y satisface el alma sino el gozar internamente de las cosas de Dios”
  • Una vida sacramental activa es imprescindible para todo cristiano, más para aquellos que se comprometen de un modo especial a ser verdaderos agentes de pastoral, nemo dat quod non habet, nadie da lo que no tiene, la frecuencia de la Eucaristía es sumamente clave para acrecentar nuestra unión a Jesús y conservar, acrecentar y renovar la vida de la gracia en nosotros y en caso de perderla sabemos que hemos de acudir con prontitud al sacramento de la Reconciliación.

    Pero no hemos de olvidar, que aunque sólo hayamos cometido pecados veniales, la confesión frecuente es sumamente conveniente, el Papa Pio XII nos recuerda que ella nos ayuda “para progresar cada día con mayor fervor en el camino de la virtud, queremos recomendar con mucho encarecimiento el piadoso uso de la confesión frecuente, introducido por la Iglesia no sin una inspiración del Espíritu Santo: con él se aumenta el justo conocimiento propio, crece la humildad cristiana, se hace frente a la tibieza e indolencia espiritual, se purifica la conciencia, se robustece la voluntad, se lleva a cabo la saludable dirección de las conciencias y aumenta la gracia en virtud del sacramento mismo” (Mystici Corporis 39)
  • La frecuencia y participación activa en la Asamblea (Comunidad), este es otro pilar clave, ya lo dice la carta a los Hebreos “Fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras; no faltemos a las asambleas, como suelen hacer algunos, sino animémonos cuanto más cercano ven el día” (Hb 10, 24-25). A través de ella te vinculas a la vida de la parroquia, a la vida de la Iglesia del Señor que camina en estas tierras, recuerda que el Señor aunque llamó a los discípulos uno a uno, los llamó para formar una comunidad entorno a Él.

    Puede que lleguen a haber (o más bien seguramente habrán) problemas con algún hermano, recuerda que caminas entre hombres y mujeres de carne y hueso, que van luchando igual que tú, no has sido puesto entre ángeles de luz, y las diferencias que surjan serán el cincel con el que el Espíritu Santo nos irá moldeando y quitando las impurezas que puedan haber en nosotros. Claro esto no significa que nos propongamos convertirnos en una cruz para el otro, debería ser al contrario, deberíamos buscar ser “cirineos” para el otro. Cuando surja un problema muy importante será hablar con quien pueda hacer algo respecto para ayudar a resolver la situación, de otro modo nos convertimos en chismosos y murmuradores y de una ocasión de crecimiento y purificación haríamos una ocasión de división y destrucción. La comunidad cristiana es escuela de amor y por tanto también escuela de perdón.
  • El ejercicio de las obras de misericordia, todo buen cristiano debe recordar que la vida virtuosa implica aprender a configurar su obrar con el de Cristo, y de un modo especial sabemos que destaca el salir al encuentro del pobre y necesitado, salir de nosotros mismos para entrar en el corazón misericordioso del Señor y desde ahí socorrer al prójimo “En verdad les digo que cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25, 40)

En síntesis, ejercitarse en el servicio a través de lo ordinario de cada día, la vigilancia frente a los enemigos del alma y la práctica de los medios de crecimiento con los cuales correspondemos a la gracia de Dios son la manera através del cual iremos forjando la perseverancia en nuestros corazones teniendo siempre como motivo la mayor gloria de Dios y el amor a los hermanos, así todo lo aprendido en este tiempo será de gran provecho para la vida de cada uno, la vida de la comunidad, la vida de la Iglesia porque darán frutos de vida eterna.

“Sólo importa una cosa: que lleven una vida digna del Evangelio de Cristo, para que, tanto si voy a verlos como si estoy ausente, sepa que están firmes en un solo Espíritu, luchando unánimes por la fe del Evangelio” Flp 1, 27

IMG: «Lavatorio de los pies» del Giotto


[1] *Predicación preparada con ocasión de la finalización del curso de preparación para Servidores de la Renovación Carismática

[2] Tomado de la Conferencia “En tiempos recios, amigos fuertes de Dios” de Mons. Ignacio Munilla quien a su vez se basa en el Tratado Práctico de Evagrio Póntico