La gloria de la Cruz

“Fuera de la Cruz no hay otra escala por donde subir al cielo” (Sta. Rosa de Lima, vida). El misterio de la cruz siempre ha dejado perpleja a la humanidad, pues por naturaleza aborrecemos todo sufrimiento y buscamos tantas veces de modo desordenado los placeres que se oponen a él. No obstante desde la antigüedad los profetas ya habían anunciado el sacrificio redentor del Mesías, como lo escuchamos en la primera lectura, aún no se lograba comprender el significado de aquella palabra, esto será revelado plenamente sólo en la pasión de Cristo.

La escena que contemplamos en el evangelio es tan natural y lógica humanamente hablando, quien busca exaltar alguien habitualmente no prevé humillaciones y dolor. San Pedro hace un reclamo al Señor Jesús porque no logra concebir como aquel al que hace un momento ha proclamado como Hijo de Dios y Salvador del mundo deba de sufrir tal y como se los está diciendo. Aún no ha comprendido que por la cruz habría de llegar la salvación del mundo, juzgaba con categorías meramente humanas, no alcanzaba a contemplar la realidad con la mirada sobrenatural de la fe, recordemos que aquel que ve el mundo con fe comienza a ver el mundo con los ojos de Dios. Comienza hacer un examen de la realidad que ya no considera sólo las causas y fines próximos, sino que su horizonte se extiende a considerar las causas primeras y los fines últimos. Todo se juzga según las categorías que Jesús nos ha revelado en el Evangelio por lo que negarse a sí mismo, tomar la cruz y seguir a Cristo en lo ordinario de la vida se traduce en nuestra colaboración con Él en la redención de la humanidad.

En la práctica esto implica como diría un maestro de vida espiritual: “estar íntimamente convencido de que en orden a la vida eterna es mejor la pobreza, la mansedumbre, las lágrimas del arrepentimiento, el hambre y sed de perfección, la misericordia, la limpieza de corazón, la paz y el padecer persecución (Mt 5, 3-10) que las riquezas, las violencia, las risas, la venganza, los placeres de la carne y el dominio e imperio sobre el mundo” e incluso “una vida larga importa menos que una vida santa” al final la cruz viene iluminada por la gloria de la resurrección “el sufrir pasa pero el premio de haber sufirdo bien no pasará jamás; que las cosas son como las ve Dios y no como se empeñan en verlas los hombres su criterio mundano y antojadizo…y que después de las incomodidades y molestias de esta “noche en una mala posada” que eso es la vida del hombre sobre la tierra, en frase de santa Teresa – nos aguardan para siempre los resplandores eternos de la ciudad de los bienaventurados” (A. Royo Marín, Teología de la Perfección Cristiana pp. 479-480)

¿Cómo asumimos la Cruz de cada día? Muchos ejemplos podemos poner de lo ordinario de la vida, pero los que siempre salen a la luz son aquellos que vienen de nuestra convivencia en familia: el soportar pacientemente los defectos de los demás, el auxiliar a quien está enfermo, el saber escuchar al que esta en el cuarto de al lado y se siente sólo, evitar las críticas y las murmuraciones, los reproches a los demás…en pocas palabras siempre que devolvemos bien por mal estamos asumiendo la Cruz, no estamos hablando simplemente de evitar un conflicto o de dar un trato políticamente correcto o diplomático, ¡No!, Más que buscar actos que “me traigan paz a mí” buscaré realizar gestos que me ayuden a ser paciente con el otro, estamos hablando de verdaderos actos de amor, verdaderos actos que buscan el bien para otro no obstante muchas veces esto me haga sufrir, pues sé que el bien del otro también es mi bien, buscamos hacer que nazca en nosotros una amabilidad (entendida como capacidad de amar y ser amado) que busca ser reflejo del amor de Cristo. Unirnos a Cristo en la Cruz es unirnos en amor con Él, por eso el cristiano se gloria de la Cruz.

“Que nadie se avergüence por los signos de nuestra salvación, tan dignos de veneración y adoración; la cruz de Cristo es fuente de todo bien. Gracias a ella vivimos, somos regnerados y salvador. Llevemos, pues, la cruz como una corona de gloria. Esta pone su sello a todo lo que nos conduce a la salvación: cuando somos regnerados por las aguas del bautismo, está ahí; cuando nos acercamos a la santa mesa para recibir el Cuerpo y la Sangre del Salvador, está ahí; cuando imponemos las manos sobre los elegidos del Señor, está ahí. Cualquier cosa que hagmos, ahí se levanta ella, signo de victoria para nosotros. Por eso la ponemos en nuestras casas, en nuestras paredes, en nuestras puertas; la trazamos sobre nuestra frente y nuestro pecho; la llevamos en nuestro corazón. Porque es el símbolo de nuestra redención, de nuestra liberación y de la infinita misericordia de nuestro Señor” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, n. 54)

Lecturas

• Is 50, 5-9a. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban.

• Sal 114. Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos.

• St 2, 14-18. La fe, si no tiene obras, está muerta.

• Mc 8, 27-35. Tú eres el Mesías. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

IMG: «Cristo resucitado» en la fachada de la Basílica de san Pedro