San Martín de Porres y la alegría

La alegría es una de las notas características de aquellos que viven una vida de santidad, o lo que es lo mismo, una vida animada por el Espíritu Santo, de hecho sabemos, el gozo es uno de sus frutos. Si nosotros estamos llamados a ser por gracia lo que Cristo es por naturaleza, y Él, siendo Dios es eternamente feliz, ese gozo divino es ya una realidad en nosotros siempre que vivimos de acuerdo a nuestro ser hijos amados del Padre obrando conforme a su voluntad, es decir, la felicidad no estará sólo al final de nuestra, ahí llegará a su plenitud, pero ella ha comenzado aquí ahora, desde que renacimos a la vida eterna por el bautismo.

En los libros sapienciales encontramos afirmaciones como «Aparta de tu corazón la tristeza» (Qo 11,10); «Hijo, en cuanto te sea posible, cuida de ti mismo […]. No te prives de pasar un día feliz» (Si14,11.14); Nuestra Buena Madre alababa al Señor diciendo«Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1,47) y del mismo Jesús, en quien el hombre descubre su plenitud, se nos dice en la Escritura «se llenó de alegría en el Espíritu Santo» (Lc 10,21) es más a su paso «toda la gente se alegraba» (Lc 13,17). 

El cristiano vive alegre sea porque cree, sea porque esper, sea porque ama, porque cree en la Alianza pactada con el Dios bondadoso fuente de todo bien; porque espera la plenitud del Reino y confía en que el Espíritu Santo dará todos los auxilios necesarios para alcanzarlo; porque al saberse Amado por el crucificado que dio su vida por su salvación no puede sino amar. Nuestro gozo es profundo y firme, aunque a veces tenga que asumir el calvario.

El Papa Francisco nos enseña que:

“El santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor. Sin perder el realismo, ilumina a los demás con un espíritu positivo y esperanzado. Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17), porque «al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado […] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo». Hemos recibido la hermosura de su Palabra y la abrazamos «en medio de una gran tribulación, con la alegría del Espíritu Santo» (1Ts 1,6). Si dejamos que el Señor nos saque de nuestro caparazón y nos cambie la vida, entonces podremos hacer realidad lo que pedía san Pablo: «Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos» (Flp 4,4). 

Los profetas anunciaban el tiempo de Jesús, que nosotros estamos viviendo, como una revelación de la alegría: «Gritad jubilosos» (Is 12,6). «Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén» (Is 40,9). «Romped a cantar, montañas, porque el Señor consuela a su pueblo y se compadece de los desamparados» (Is 49,13). «¡Salta de gozo, Sión; alégrate, Jerusalén! Mira que viene tu rey, justo y triunfador» (Za 9,9). Y no olvidemos la exhortación de Nehemías: «¡No os pongáis tristes; el gozo del Señor es vuestra fuerza!» (8,10).” Gaudete et exsultate n.122-123

El cristiano no vive de rentas, de alegría vanas y mundanas, pasajeras y ocasionales, que a lo sumo empachan pero no sacian el corazón. Nuesta alegría va más allá encuentra su fundamento en vivir según nuestra naturaleza como hijos del Padre, y encuentra en el hermano, en la comunidad una ocasión de mulitplicación.

San Martín de Porres también brilló por esta característica:

Fray Francisco de Arce relata que:

«Siempre vio al venerable hermano fray Martín de Porres comportándose con sus hermanos frailes y con las personas laicas que hablaban con él, de un modo muy pacífico y amoroso, procurándoles encaminar al servicio de Dios Nuestro Señor y dándoles saludables consejos. Y jamás le vio este testigo con el rostro airado ni siendo impaciente, sino que tenía siempre el rostro alegre y el corazón pacífico y sereno, dando a entender que en su alma moraba la gracia del Espíritu Santo y ésta regía sus acciones».

Fray Francisco Guerrero afirmó en el Proceso de Beatificación que agradecía ver a fray Martín con el rostro «siempre contento y risueño». Y fray Salvador de la Mota dijo que tenía «siempre el rostro muy alegre y que sus ojos miraban humildemente hacia el suelo, lo que movía a todos a tenerle veneración y respeto».

Y el capitán Juan de Guarnido

«Sabe este testigo, como persona que vivió en el convento mucho tiempo, que en los sacrificios e incomodidades que sufrió el venerable hermano fray Martin de Porres, y en las enfermedades que tuvo, todo lo padecía con mucha paciencia y humildad, conformándose con la voluntad divina. Y que era en las mayores penalidades cuando él estaba más contento y alegre, y parecía no sufrir cosa alguna. De lo que se deduce que tuvo la virtud de la fortaleza, porque siempre mostraba tenerla en dichas ocasiones»

La alegría del cristiano encuentra solido fundamento en su amor a Dios, san Martín lo tuvo todo encontra, o más bien todo a favor para vivir en tristeza y amargura, para acabar de lo peor, sin embargo, justo ahí, en donde la posibilidad de miseria era mayor, ahí actuó el Espíritu de Dios para suscitar al santo que conocemos hoy. Decía un anciano párroco, nada cambia tanto como cuando yo cambio primero; nadie vive la vida que no quiere, uno decide como quiere vivir. ¿Estamos dispuestos a acoger el don de Dios, que por la fe nos conduce el camino que lleva a la felicidad que se prolongará a la eternidad?

*Las citas son tomadas de “El buen religioso. La espiritualidad de san Martín de Porres a partir de las fuentes documentales” de Fran Julia de Cos, O.P.

Img: “Glorificación de san Martín de Porres” de Fausto Conti