Preparen el camino del Señor

1.    Celebración de la Palabra (45 min)

• Ba 5, 1-9. Dios mostrará tu esplendor.

• Sal 125. El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.

• Flp 1, 4-6.8-11. Que lleguéis al Día de Cristo limpios e irreprochables.

• Lc 3, 1-6. Toda carne verá la salvación de Dios.

Eco de la Palabra:

-¿Qué dice el texto?

– Algunas preguntas para suscitar el diálogo (¿qué me dice el texto):

-Auténtico, Breve y Cristocéntrico

¿Cuáles son los vestidos de “luto y aflicción” que podría estar llevando en estos días? ¿Qué significaría para mí hoy por hoy vestirme con el “esplendor de la gloria de Dios”?

Siguiendo el salmo ¿cuáles son las grandes cosas que Dios ha hecho por mí, mi familia, mi comunidad, en este año?

¿Tengo confianza en que Dios está obrando en mi vida o me he dejado llevar por el desaliento? ¿sí o no? ¿por qué?

¿Oro por mis hermanos de comunidad como lo hacía Pablo? ¿puedo decir que estoy creciendo en sensibilidad espiritual? ¿Qué “frutos de justicia” he dado en este año?

¿Qué experimenta mi corazón cuando hoy a san Juan Bautista decir que hay que preparar los caminos del Señor?

2.    Catequesis (30 min)

El tiempo de adviento nos recuerda ciertamente la espera dichosa con que los profetas anhelaban la llegada del Mesías Salvador que habría de devolver “la paz y la gloria” al Pueblo de Israel tal y como lo dice el libro del profeta Baruc, sin embargo, toda palabra profética, si bien sabemos es una palabra de Dios a su pueblo en un “aquí y ahora” concretos, tiene como perspectiva la manifestación plena del triunfo del Señor sobre las fuerzas del mal, lo que hace que el horizonte se haga más amplio y nos haga poner la mirada en lo que como cristianos anhelamos en la segunda venida de Cristo. Mientras vamos de camino hasta ese encuentro definitivo con Él vamos buscando progresar en el amor de día en día como diría san Pablo, en eso consiste en última instancia la preparación del camino que nos pide san Juan Bautista.

La primera lectura de este domingo nos hace entrar en el espíritu de los profetas, recordando como su misión fue siempre un estar de parte de Dios en todo, transmitir la palabra que les era dada en favor del Pueblo, en ocasiones para moverlos a la conversión en caso se hubiesen desviado del camino, en otras ocasiones para darles esperanza y consolar su corazón. Es justamente ese el caso que nos ocupa este domingo de la mano del profeta Baruc. Estamos en el cuarto canto de consuelo que este libro presenta, anunciando la vuelta del exilio al que los israelitas habían sido llevados a causa de su pecado. Aquel pueblo habría de volver a su tierra, el lugar donde conoció la paz y la gloria de Dios. Cuando se habla de “paz en la justicia” hemos de recordar que para ellos el término justicia era equivalente a decir “voluntad de Dios” esto nos hace recordar una máxima de vida espiritual que san Juan XXIII solía repetir “la voluntad de Dios es nuestra paz”.

La “gloria de la piedad” es la manifestación del poder de Dios que ha intervenido una y otra vez en favor de su Pueblo, cuando está esta ausente, todo es miseria, tristeza y desesperación, anunciar que esta gloria volverá por tanto hace entrar al hombre en la espera dichosa de una nueva intervención del Señor en su favor, rescatándolo de aquellas situaciones de muerte en la que se puede encontrar su corazón. De ahí que el salmo de este domingo se dedique a recordar las grades cosas que Dios ha obrado en la historia del pueblo de Israel, esto justamente hacer un ejercicio de memoria deuteronómica como diría el Papa Francisco.

Si bien es cierto el profeta anuncia la llegada de Dios, también nos invita a la preparación del camino para ese momento, este oráculo tiene sus paralelos en otros profetas como Isaías de quien hace eco san Juan Bautista, quien habrá de ser aquel que haga la preparación inmediata de la llegada del Salvador.

 «Juan es más que un profeta. En él, el Espíritu Santo consuma el hablar por los profetas. Juan termina el ciclo de los profetas inaugurado por Elías. Anuncia la inminencia de la consolación de Israel, es la voz del Consolador que llega. Como lo hará el Espíritu de Verdad, vino como testigo para dar testimonio de la luz. Con respecto a Juan, el Espíritu colma así las indagaciones de los profetas y la ansiedad de los ángeles (1 P 1, 10-12): «Aquél sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios […] He ahí el Cordero de Dios» (Jn 1, 33-36).» Catecismo de la Iglesia Católica 719

El mensaje del Precursor es situado por el evangelio de Lucas en un aquí y ahora concretos, recordemos que este evangelista desde el inicio manifiesta su interés por ser preciso al momento de contar todos los eventos que se vivieron en torno a Jesús. Su interés principal frente al último de los grandes profetas será transmitir su mensaje “preparen los caminos del Señor” y para ello nos recuerda que “los montes deben abajarse” y “los valles elevarse” de este modo nos invitará al arrepentimiento de nuestro mal obrar para recibir a Jesús. Los montes derribados han sido leídos en las tradición espiritual como un desterrar de nosotros el espíritu soberbio que marca la vida de aquel que no se abre a la acción de Dios en su historia, sea porque no se cree necesitado de Él, sea por sus egoísmos o búsqueda de falsas seguridades personales; por otro lado los valles elevados, son un testimonio aquellos de animo apocado, tristes o incluso indiferente que han de salir de esa situación para actuar con firmeza de cara a la conversión del corazón y la vida de santidad.

«Para preparar el camino para el Señor que viene, es necesario tener en cuenta las exigencias de conversión a las que invita el Bautista. ¿Cuáles son estas exigencias de conversión? Ante todo, estamos llamados a llenar los vacíos producidos por la frialdad y la indiferencia, abriéndonos a los demás con los mismos sentimientos de Jesús, es decir, con esa cordialidad y atención fraterna que se hace cargo de las necesidades del prójimo… Luego necesitamos allanar tantas asperezas causadas por el orgullo y la soberbia. Cuánta gente sin darse cuenta tal vez, es soberbia, dura, no tiene una relación de cordialidad. Hay que superar esto cumpliendo gestos concretos de reconciliación con nuestros hermanos, de pedidos de perdón por nuestras culpas. La conversión, de hecho, es completa si lleva a reconocer humildemente nuestros errores, nuestras infidelidades, incumplimientos» Papa Francisco, 9 de diciembre de 2018

En este sentido la carta de san Pablo nos hace entrar en la dinámica de como los cristianos, habiendo entrado ya en la vida nueva de Cristo, hemos de asumir este compromiso de preparar el camino al Señor que habrá de venir nuevamente a la historia de la humanidad visiblemente como lo vino hace más de dos mil años, e incluso podríamos decir, nos enseña cómo hemos de vivir su continua venida invisible en los sacramentos, en la oración y en el prójimo.

En primer lugar hemos de tener presente que la obra no es nuestra, sino de Dios, ese el fundamento de toda nuestra confianza, cuando en el camino de la fe hacemos experiencia de situaciones difíciles, adversidades o incomprensiones, recordemos, hemos de seguir avanzando un paso a la vez, sabiendo que el Señor llevará a feliz termino lo que ha comenzado en nosotros. Tengamos presente que san Pablo escribe la carta a los filipenses en la cautividad, es decir, el apóstol encerrado en la cárcel por anunciar el Evangelio nos está animando a imitar su confianza en el Señor. En segundo lugar, hemos de orar continuamente los unos por los otros, así como Él oraba por las comunidades, y aún desde el cielo seguirá orando por la Iglesia.

«Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los santos. En la intercesión, el que ora busca “no su propio interés sino […] el de los demás” (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (cf. San Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc23, 28. 34).» Catecismo de la Iglesia n.2635

¿Cuál es la intención de la oración de san Pablo? Que crezcamos en el amor en atención a un vida santa. Nunca hemos de olvidar esto, sobre todo al final de un año, la meta de la vida cristiana es la configuración con Cristo para mayor gloria de Dios, es que nosotros vivamos cada vez más plenamente por gracia lo que Cristo es por naturaleza, es decir que vivamos como hijos amados del Padre. El verdadero progreso en la vida espiritual se mide por nuestra capacidad de amar. Preparar el camino del Señor es un continuo ejercicio del amor.

3.    Edificación espiritual (45min)

¿Qué aprendí en esta Catequesis?

¿Qué experimenta mi corazón cuando escucho la expresión de san Juan XXIII “la voluntad de Dios es nuestra paz”?

¿Qué “montes” quiere abajar Dios en mí? (mi espíritu de rivalidad, soberbia, autosuficiencia, rebeldía, etc.) ¿Qué “valles” quiere elevar? (mi ánimo apocado, la tristeza nacida de complejos de culpa mal sana, la indiferencia hacia el prójimo, mi falta de compromiso con la comunidad, etc.)

El cristiano al finalizar un año busca ir más allá de una lista de buenos propósitos, se dedica a hacer un examen de conciencia para trabajar su corazón de cara a la conversión. Llegados al final de esta año te invito a examinarte ¿cómo has trabajado tu defecto dominante? ¿te has detenido a considerar cuál es y como enfrentarlo? ¿cuáles son los mayores obstáculos que has experimentado en este año en tu camino de conversión? ¿cómo los has trabajado? ¿qué virtudes has comenzado a adquirir este año? ¿cómo está tu vida de oración? (como la haces, a qué horas, cuanto tiempo, etc) ¿cómo esta tu contacto con la Sagrada Escritura? ¿cómo ha sido tu perseverancia en la vida sacramental? ¿cuándo fue la última vez que ayudaste un pobre? ¿A qué te quieres comprometer con Jesús en esta Navidad?

IMG: «San Juan Bautista» de Anton Raphael Mengs