Pescador de hombres

El Santo Padre continuamente nos ha venido haciendo mención en diferentes ocasiones del carácter misionero de la Iglesia, de cómo sabiendonos amados por Dios no podemos guardarnos esa alegría sólo para nosotros mismos, sino que antes bien, hemos de ir y compartirla con los demás. Ante el encuentro con el amor misericordioso de Dios que se nos manifiesta nuestro corazón no queda indiferente, es necesario tomar una postura, tanto Isaías en la primera lectura como Pedro en el Evangelio son un ejemplo de esto, y al aceptar el plan de Dios, al decir sí “envíame a mí” o “en tu nombre echaré la red” se comienza la transformación de la propia historia, no sólo se reconoce la voz de Dios sino que confía en ella y ahí es cuando la experiencia de su grandeza nos asombra.

Todo cristiano descubre en sí mismo este ardor de ir y querer comunicar aquello que ha visto y oído, anhela en lo profundo de su corazón que otros también hagan experiencia de ese amor, que como fuego transforma lo que toca, por eso en la Iglesia a la hora de hacer visiteos, de proclamar la Palabra, de dar un consejo, decimos que no hacemos proselitismo, porque el objetivo no es simplemente buscar adeptos para aumentar números, siendo la meta la santidad de vida, la intención del cristiano es siempre ante todo compartir esa Palabra que transforma la vida del hombre y la realidad en la que se desarrolla.

Cristo pasó por la barca de Pedro, se subió en ella para predicar a las multitudes que lo seguían, ¿qué habrá pensado Pedro al verlo ahí? ¿qué palabra habra escuchado de Él para más tarde confiar en Jesús cuando le dijo “rema mar adentro”? ¿Qué han contemplado los ojos de Pedro que siendo el pescador y Jesús carpintero decide fiarse de su palabra aún y cuando habiendo trabajado toda la noche no han sacado nada? ¿qué movió la mente, el corazón y los brazos de Pedro para actuar conforme a lo que Jesús decía? Podríamos preguntarle a Pedro ¿no estabas cansado? ¿no estabas a caso harto por el tedio de pasar toda la noche fatigado y luego cuando ya estás por retirarte que venga uno y te diga que le prestes tu barca? ¿no te sientes frustrado, molesto y triste por no obtener frutos en tu trabajo? Y sin embargo, Pedro va y hace lo que Jesús le dice, tiene todo en contra, pero como dicen cuando las cosas no pueden ir peor es que muchas veces nos abrimos a nuevas posibilidades, como quien estando en el punto más oscuro y frío de la noche sabe que ya sólo puede salir el sol con un nuevo amanecer, así como Pedro va y contempla la grandeza del amor misericordioso de Dios que viendo su miseria tiene compasión y le muestra bondad, al punto que ya no pudo arrastrar la red él solo.

Pedro fue sorprendido por el amor del Señor ¿cuál será el mar en el que Jesús querrá adentrarse contigo? El mar era el lugar de la faena, el lugar de la batalla, el lugar donde se trabajar, el lugar que a veces es sereno y otras veces tumultuoso, el mar es ahí donde el hombre se juega la vida y donde a veces por el peso del calor, el movimiento de las olas, por el gélido frío, o quizás simplemente por la dureza del esfuerzo realizado parece que se pierden las fuerzas y los ánimos. El mar en el que te mueves puede ser tu historia personal, tus recuerdos, las heridas del pasado, aquellos rincones de ti donde Cristo quiere llegar junto a ti, quizás será tu familia, trabajo, amigos, pasaje o polígono, ese mar en el que te parece que ya hiciste todo y te parece que no hay fruto, que como Pedro y los otros has “trabajado toda la noche y no has pescado nada”, donde ya mejor es quedarse en la orilla y lavar las redes para guardarlas porque ya no tiene caso seguir, es ahí donde Cristo te dice “Duc in altum” (Rema mar adentro) es ahí donde te dice “vamos” que hoy es el momento de echar la red.

Entonces ¿Qué significa echar la red sino entrar en la obediencia de la fe y acatar la palabra de Cristo? Pero ¿cómo adquiriré la confianza de Pedro en Él para finalmente lanzar esta red si no he escuchado su predicación como lo hizo Él al recibirlo en su barca? De ese modo se nos muestra que la escucha de la palabra del Señor en la oración remonta su gracia a la misma fuente de donde broto la confianza de Pedro, escuchar la voz del maestro. ¿Quieres entrar en la voluntad de Dios? Haz oración y escucha su voz, entonces su Palabra transformará tu alma, le dará no sólo la confianza para remar sino la nueva esperanza para hacer su voluntad, entonces dirás como Pedro “en tu Nombre” que es lo mismo que decir “por tu Palabra” “echaré la red”. Y contempla las maravillas que Cristo obrará en tu vida, su bendición colmará los anhelos de tu corazón. Entonces te conocerás como el te conoce, tu te llamarás a ti mismo “hombre pecador” y Él te llamará y te hará “Pescador de hombres”, entonces finalmente abandonarás las viejas redes de tus seguridades terrenas y comenzarás caminar en fe con mayor libertad dentrás del maestro y ahí es cuando descubrirás en ti que nace el deseo de compartir tu alegría, de dar a los demás un aliento nuevo, de ser un misionero de Cristo.

IMG: «Pesca Milagrosa» de Jacopo Bassano

Lecturas:

Is 6, 1-8. Aquí estoy, Señor, envíame

Sal 137, 1-8. Cuanto te invocamos, Señor, nos escuchaste

1 Cor 15, 1-11. Eso es lo que hemos predicado y lo que ustedes han creído

Lc 5, 1-11. Dejándolo todo lo siguieron.