Caridad

“Un mandamiento nuevo les doy: que se amen unos a otros. Como yo los he amado, ámense también unos a otros.” (Jn 13, 34)

Entre todas las virtudes existe una cuyo valor sobrepasa en modo excelente a las demás, la práctica de esta constituye de hecho toda nuestra santificación, esta es la virtud de la caridad. 

El Catecismo de la Iglesia la define como: “ …la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios.” (Catecismo n.1822) Vivir la caridad es hacer nuestro el mandamiento del amor, es entrar en la voluntad del Padre, es amar como Él ama, incluso a aquellos que nos hacen entrar en el sufrimiento.

San Pablo nos hace una explicación maravillosa de esta virtud: «La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7).

“Comienza santo Tomás diciendo que la caridad es una amistad entre Dios y el hombre. Como toda amistad, importa necesariamente una mutua benevolencia, fundada en la comunicación de bienes (II-II, 23-I). Por eso, la caridad supone necesariamente la gracia que nos hace hijos de Dios y herederos de la gloria. El hombre que por naturaleza no pasa de siervo del Creador, llega a ser, por la gracia y la caridad, hijo y amigo de Dios. Y si ya aquella servidumbre le ennoblece tanto (servir a Dios es reinar), ¡quién podrá medir la altura a que nos eleva la caridad de Dios, “que se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5, 5). A ti que debieras permanecer siervo, te admite Dios como amigo. ¡Dignidad incomprensible del cristiano!” (Fray Antonio Royo Marín o.p.)

En la misma definición de caridad descubrimos qué es lo que hemos de amar, en primer lugar, a Dios mismo como Sumo bien, amar a Dios porque Él es bueno, a Él anhelamos, en su presencia queremos estar, pero también implica amar lo que Él, amando, ha creado como bueno, al prójimo y a nosotros mismos.

Amar en este sentido es el ejercicio de nuestra voluntad que busca el bien, en sí mismo, para los otros y para nosotros mismos. De ese mismo deseo de anhelar el Bien Supremo que es Dios mismo, se desprende que hemos de amar aquello donde Él se manifiesta y por tanto hemos de cuidar de todas las criaturas que no son sino una manifestación de su bondad. 

La caridad transforma todo lo que toca, puesto que al ordenar todo en el amor de Dios y en el amor a Dios, convierte en oro todas nuestras acciones. El hombre en todo su obrar se mueve buscando siempre un bien, esta búsqueda al ser permeada de la caridad, se purifica de todo aquello que pueda ser ocasión de pecado y se enciende en el fuego del amor divino, haciendo de nuestras obras una ocasión de gloria para el Padre. La caridad crece a lo largo de toda nuestra vida, no tanto por repetición de actos sino por una mayor radicación en nosotros, ella se puede arraigar y penetrar cada vez más en todo nuestro obrar. 

San Francisco de Sales, en su obra “Tratado del amor de Dios” nos enseña algunas consideraciones que hemos de tener en cuenta para crecer en Caridad. Él nos invita a tener presente que el amor por Dios nace de la consideración de las perfecciones divinas consideradas en sí mismas y de los beneficios divinos, máxime la creación, la conservación y la redención; de los impulsos de la gracia sobre el hombre libre; de la fe, la esperanza, la contrición y los atractivos de Jesucristo. Lleva a meditar sobre como se ha de crecer en el amor por las obras buenas y por la gracia (nunca ausente de quien ama).

La gracia y la acción hermanadas van conduciendo al alma hacia la perfecta unión que se consuma en el cielo. Es importante la vigilancia sobre sí mismo ya que el hombre puede abandonar a Dios, yendo tras las criaturas: por la inconstancia de su voluntad, por la flaqueza humana ante las tentaciones, por su propia miseria, incapaz de amar realmente si la gracia no le ayuda. El propone considerar cinco modos en que se puede vivir el amor a Dios:

1) Amor de complacencia: por el gozo de ver amado y honrado a Dios,

2) Amor de condolencia, por la compasión a Jesús doliente y la pena por los pecados

3) Amor de benevolencia: Desea que Dios sea conocido amado y servido en la tierra, suspira por amarle y verle amado en el cielo; se une con ardor a las alabanzas que Dios se tributa a sí mismo.

4) Amor de conformidad, por el que unimos nuestra voluntad a la voluntad de Dios, de tres maneras por la obediencia a sus mandamientos, por la docilidad a sus consejos y por la atención a sus inspiraciones.

5) Amor de sumisión, unimos nuestra voluntad al beneplácito de Dios. Así nos unimos por el abandono al divino beneplácito, por la santa indiferencia, un afecto o apego al querer divino que lleva al alma a pasar por encima de los propios afectos y repugnancias naturales, para unirse sólo a la voluntad de Dios. Se trata de amarlo en las consolaciones, en sus mandatos e inspiraciones y en las tribulaciones.

La caridad ciertamente nos reclama también el ejercicio del amar a nuestro prójimo buscando su bien, entendido en un modo integral, tanto del alma como del cuerpo. En la caridad estamos llamados a amar a todos los hombres, asemejándonos al Padre que hace salir su sol sobre buenos y malos como nos dice Jesús en el sermón de la montaña; este amor se manifiesta en actitudes y comportamientos concretos, considerando al hombre aquí y ahora pero también en aquello a lo que aspira, por eso al cristiano le interesa el bienestar material de su hermano pero también el desarrollo de sus potencialidades, lo que se conoce habitualmente como promoción humana, de modo que el verdadero desarrollo humano sea un crecimiento también en santidad de vida, decía san Irineo “La gloria de Dios es que el hombre viva y la vida del hombre es la contemplación de Dios”

Ver nuestras relaciones con el prójimo en la caridad divina no destruye lo que hay en ellas de bondad humana, los afectos y los sentimientos forman parte también de ella, nuestra capacidad de cariño y ternura forma parte de la vivencia de la virtud de la caridad, el amor de Dios no anula nuestra humanidad, antes bien la purifica si lleva algo de viciado y la eleva hacia las alturas en que los hombres formamos la gran familia de Dios en el amor de Jesús. La caridad teologal es la verdadera fuerza que transforma una comunidad y una sociedad, esto es lo que el Papa Francisco nos ha recordado en su encíclica Fratelli Tutti, la importancia de la caridad en cuanto “amistad social”. 

“El amor implica entonces algo más que una serie de acciones benéficas. Las acciones brotan de una unión que inclina más y más hacia el otro considerándolo valioso, digno, grato y bello, más allá de las apariencias físicas o morales. El amor al otro por ser quien es, nos mueve a buscar lo mejor para su vida. Sólo en el cultivo de esta forma de relacionarnos haremos posibles la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos.

El amor nos pone finalmente en tensión hacia la comunión universal. Nadie madura ni alcanza su plenitud aislándose. Por su propia dinámica, el amor reclama una creciente apertura, mayor capacidad de acoger a otros, en una aventura nunca acabada que integra todas las periferias hacia un pleno sentido de pertenencia mutua. Jesús nos decía: «Todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8).” (Papa Francisco, Fratelli Tutti, n.94-95)

El amor lo transforma todo, lo más importante para un cristiano es justamente la vivencia del amor e impregnarlo todo de amor ya que Dios nos amó primero.