Fe

“Señor auméntanos la fe” (Lc 17, 5)

En nuestro ordinario día a día vamos por el mundo buscando un rumbo, un Horizonte, una Norte, una dirección, y no siempre acertamos, los criterios para tomar una decisión o para en frentar una determinada situación parecen cambiar tan rápido que hay quienes dicen que ya no hay nada bueno o malo o al menos es muy difícil de determinar, incluso algunos especialistas han venido a decir que vivimos en una sociedad líquida, porque siempre se adapta al medio en el que se encuentra, así como los líquidos toman la forma del recipiente donde están, más contemporáneamente el Papa ha dicho que vivimos incluso en una sociedad “gaseosa” dando a entender como carente de forma, ¿será que vivimos como barco a la deriva a punto de naufragar?

El cristiano sabe que tiene un Horizonte, que su barco va en rumbo, conoce al Puerto que se dirige, el de la Patria celeste, el viento que le conduce es el del Espíritu Santo y que la técnica de navegación le viene dado por la fe. 

La fe para los cristianos es un don que se nos ha dado de lo alto a través de la santa Iglesia de Dios, es decir nadie se da la fe a sí mismo, la fe es ante todo transmitida por la comunidad creyente, la fe es un don de Dios.

 “…la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.” (Catecismo de la Iglesia n.166)

 Junto a esto no podemos evitar recordar que también es responsabilidad nuestra abrazarlo y hacerlo fructificar. La fe se nos da en el Bautismo y por eso este sacramento recibe también el nombre “iluminación”. El bautizado es un hombre que recibiendo la luz de Cristo, no ve las cosas como la ven todos, no busca detenerse en las apariencias, sino que va más allá, busca ver todo bajo la mirada de Dios. Nuestra fe no anula la razón, la supone, la ilumina, es como una antorcha que le hace capaz de ver más lejos. Por esto san Pablo decía que los cristianos son los iluminados. 

“La fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma. Por la fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (DV 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la voluntad de Dios. “El justo […] vivirá por la fe” (Rm 1, 17). La fe viva “actúa por la caridad” (Ga 5, 6).” (Catecismo de la Iglesia n. 1814)

Esta luz nos viene fundamentalmente de su Palabra, ella brilla de modo especial cuando meditamos la Sagradas Escrituras, cuando meditamos los tesoros de la Tradición y cuando nos abrimos  a la guía de nuestra Madre la Iglesia. La vida del cristiano es un continuo dejarse iluminar y un continuo ser luz que ilumina, con su presencia, con sus actitudes y comportamientos está llamado a disipar las tinieblas que oscurecen este mundo y que conducen a la muerte. Tan importante es su rol que no puede ser descuidado. 

“El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla: “Todos […] vivan preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia” (LG 42; cf DH 14). El servicio y el testimonio de la fe son requeridos para la salvación: “Todo […] aquel que se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, le negaré yo también ante mi Padre que está en los cielos” (Mt 10, 32-33).” (Catecismo de la Iglesia n. 1816)

Esa luz que el Señor arroja sobre nuestra mirada nos hace ver el “sendero recto” por el cual somos conducidos en medio de los caminos de este mundo rumbo a la tierra prometida. Esa luz nos ayuda a saber reconocer su vara y su cayado sobre todo en los momentos de dificultad. Esa luz ilumina las verdes praderas en que nos hace reposar y las fuentes tranquilas que reparan nuestra fuerza desgastadas en el combate de la fe. Esa luz es la que nos lleva a reconocer la bondad y misericordia del Señor que nos acompañan toda la vida y llegará a la plenitud de su iluminación cuando lo contemplemos cara a cara y vivamos su casa por años sin término.

La experiencia del amor misericordioso de Cristo lleva al hombre a descubrir en Él a Dios, no podemos quedar indiferentes, al escuchar su Palabra y ponerla por obra somos iluminados por su luz y lo contemplamos, la oración me lleva a decir “¡Sí!¡Él siempre ha estado ahí! ¡Él se ha manifestado en mi vida! ¡Yo le he visto! ¡Me dijo esto en aquella ocasión! ¡Él me ha mostrado su amor! ¡Él es Dios!”

La fe es un tipo de conocimiento al cual llegamos en virtud del que lo manifiesta, así como una persona en caso de un sismo se fía de un ingeniero para revisión estructural teniendo en él una fe Humana, así el hombre fiándose de Dios que no miente ni quiere engañarnos puesto que es la Verdad misma, se adhiere personalmente a Él y tiene por cierto todo lo que Él le ha dicho de sí mismo y que la Iglesia nos transmite como tal.

Para crecer en la fe hemos de recordar que en primer lugar se trata de una virtud teologal, esto significa que Dios la ha infundido en nuestra alma, por lo cual lo primero que hemos de hacer es clamar al Señor que aumente en nosotros “Creo, Señor, pero ayuda tu mi poca fe” (Mc 9, 24).

Segundo siendo una virtud también crece en cuanto la ejercitemos, por un lado profundizando nuestros conocimientos sobre la fe, participando en formaciones, catequesis, la lectura espiritual, hoy en día podcasts o videos de sitios católicos etc. Pero no basta con eso, porque mucha fe no es tanto mucho saber sino afianzar nuestra capacidad de creer en Él. Por ello también hemos de rechazar todo aquello que pueda suponer un peligro para nuestra fe como lecturas peligrosas o sitios que viven poniendo en tela de juicio la religión sin estar debidamente formado creyendo que podremos solos bajo la escusa que es necesario conocer al enemigo para combatirlo, una palabra de las Confesiones de san Agustín nos podría ilustrar en esto, Alipio amigo suyo creía que podría resistir ir a un circo romano donde luchaban los gladiadores a muerte y permanecer inmune cerrando los ojos resistiendo la tentación de deleitarse en la barbarie que suponía la masacre, y cual fue la sorpresa que termino vociferando más que los demás “¿Qué más? Contempló el espectáculo, voceó y se enardeció, y fue atacado de la locura, que había de estimularle a volver no sólo con los que primeramente le habían llevado, sino aparte y arrastrando a otros consigo.” (San Agustín)

Para crecer hemos de hacer cada vez más nuestros los valores del Evangelio, de modo que en todo sea nuestro criterio para juzgar la realidad: 

“Hemos de procurar que nuestras ideas sobre los verdaderos valores de las cosas coincidan con las enseñanzas de la fe, a despecho de lo que el mundo pueda pensar o sentir. Y así hemos de estar íntimamente convencidos de que en orden a la vida eterna es mejor la pobreza, la mansedumbre, las lágrimas del arrepentimiento, el hambre y sed de perfección, la misericordia, la limpieza de corazón, la paz y el padecer persecución (mt 5, 3-10) que las riquezas, la violencia, las risas, la venganza, los placeres de la carne y el dominio e imperio sobre todo el mundo. Hemos de ver en el dolor cristiano una auténtica bendición de Dios, aunque el mundo no acierte a comprender estas cosas. Hemos de estar convencidos de que es mayor desgracia cometer a sabiendas un pecado venial que la pérdida de la salud y de la misma vida… Que la vida larga importa mucho menos que la vida santa…renunciando en absoluto a los criterios mundanos e incluso a los puntos de vista pura y simplemente humanos.” (Fray Antonio Royo Marín o.p.)