Catequesis Pequeñas Comunidades y Comunidades Eclesiales de Base
Fecha: 18/06/2026
Frase: “Permanecer fiel a lo que importa es costoso; cuesta ir contracorriente, cuesta liberarse de los condicionamientos del pensamiento común, cuesta ser apartado por los que «siguen la moda». Pero no importa, dice Jesús: lo que cuenta es no desperdiciar el mayor bien, la vida. Solo esto debe asustarnos. Preguntémonos entonces: Yo, ¿de qué tengo miedo? ¿De no tener lo que me gusta? ¿De no alcanzar las metas que la sociedad impone? ¿Del juicio de los demás? ¿O más bien, de no agradar al Señor y de no poner en primer lugar su Evangelio?” (Papa Francisco, Angelus 25 de junio de 2023)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
Jr 20, 10-13. Libera la vida del pobre de las manos de gente perversa.
Sal 68. Señor, que me escuche tu gran bondad.
Rm 5, 12-15. No hay proporción entre el delito y el don.
Mt 10, 26-33. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo.
¿Cómo vemos la persecución a la Iglesia hoy en día?
2. Catequesis (Juzgar)
En la catequesis anterior nos detuvimos en el envío apostólico tal como lo presenta Mateo en los versículos 9,36–10,8: la mirada compasiva de Jesús sobre las multitudes como ovejas sin pastor, la oración como raíz de toda vocación, y el envío de los apóstoles para compartir lo que gratuitamente había recibido (la lógica del don). Ahora el Discurso de la Misión da un paso más y baja al terreno de la historia concreta: ¿qué ocurre cuando el mensajero encuentra al lobo? La respuesta de Jesús, no es una estrategia de comunicación ni un protocolo de seguridad. Es una teología del testimonio que descansa sobre tres pilares: la providencia del Padre, la inmortalidad del alma y el protagonismo del Espíritu Santo. Lo que en la catequesis anterior era la lógica del envío, aquí se convierte en la lógica de la perseverancia.
I. El contexto: ovejas entre lobos
El evangelio de este domingo es el segundo movimiento del gran Discurso Misionero. Si los versículos 5-15 describían el envío en términos de autoridad y recepción, los versículos 16-42 lo hacen en términos de resistencia y perseverancia. Las instrucciones de Jesús se refieren no solo a los Doce, sino a todos los discípulos de Cristo que en el desempeño de su tarea habrán de sufrir contradicciones como Él mismo las padeció, pues «no está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su señor» (Mt 10,24). Se trata, en definitiva, de un protocolo de la misión: un modo ordenado de conducirse cuando el apostolado encuentra contradicción.
La imagen con que Jesús abre la sección —«los envío como ovejas en medio de lobos» (v. 16)— tenía resonancias inmediatas en el mundo judío. Un escrito rabínico del siglo I comparaba a Israel, en medio de los paganos, a una oveja rodeada de setenta lobos. Los lobos de Mateo son de naturaleza variada: los sanedrines judíos, los gobernadores paganos, y en algunos casos el seno del propio hogar. Ante todos ellos rige la misma instrucción: «sean prudentes como serpientes y sencillos como palomas» (v. 16). El apostolado no es ímpetu incontrolado ni cobardía calculada. Es predicar la verdad con prudencia, es un anuncio realizado con sabiduría.
La sección de los versículos 26-33, que es lo que específicamente se proclama el Domingo, construye su argumento sobre una paradoja: el miedo que paraliza al apóstol es precisamente la razón por la que debe proclamar, no la razón para callar.
II. El Evangelio no puede ser silenciado
El primer argumento que Jesús ofrece para desterrar el miedo no es el de la protección divina, sino de la naturaleza misma del Evangelio. «Nada hay oculto que no sea manifestado, ni secreto que no se conozca» (v. 26). Lo escuchado en el círculo íntimo debe proclamarse a plena luz; lo dicho al oído debe pregonarse sobre las terrazas. El Evangelio, por su misma naturaleza, está destinado a la proclamación universal. Ninguna persecución puede silenciarlo, porque no es la voluntad del apóstol sino el designio del Padre lo que lo sostiene.
Esta comprensión de la misión tiene consecuencias pastorales directas. El Concilio Vaticano II nos enseña que: «Toda la actividad del Cuerpo Místico dirigida a que todos los hombres sean partícipes de la redención salvadora, se llama apostolado, que ejerce la Iglesia por todos sus miembros y de diversas maneras» (Apostolicam Actuositatem, n. 2). Y el Catecismo de la Iglesia Católica subraya que los fieles cumplen su misión profética evangelizando «con el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra», y que esta evangelización «adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo» (n. 905). La vida del cristiano insertada en el mundo es el altavoz que lleva el Evangelio donde no llega el púlpito.
Esto significa que el discípulo no puede reservar su fe para el ámbito privado alegando prudencia o cortesía social. La prudencia que el texto del Evangelio exige acompaña a la proclamación, no la sustituye.
III. El único temor legítimo
El corazón teológico del pasaje está en el versículo 28: «No teman a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; teman más bien a aquel que puede hacer perecer en la gehenna alma y cuerpo». Esta distinción no desvaloriza el cuerpo humano, sino que reordena los miedos según su verdadera gravedad. La fe en la inmortalidad del alma era posición firme del judaísmo ortodoxo frente a los saduceos (que la negaban), de modo que los oyentes de Jesús comprendían perfectamente el peso de sus palabras: hay algo infinitamente más temible que la muerte física, y es la pérdida del alma (condenación) ante el juicio definitivo de Dios.
Para afianzar este argumento, Jesús recurre a dos imágenes de providencia en escala ascendente: los pajarillos vendidos por un as —la moneda más pequeña del sistema romano— de los que ninguno cae en tierra sin la voluntad del Padre; y los cabellos de la cabeza, todos contados. La conclusión es lógica y afectiva al mismo tiempo: «¿No valen ustedes más que muchos pájaros?» (v. 31).
Es precioso ver como san Jerónimo comenta este pasaje: “Si los pajarillos, que son de tan bajo precio, no dejan de estar bajo providencia y cuidado de Dios, ¿cómo vosotros, que por la naturaleza de vuestra alma sois eternos, podréis temer que no os mire con particular cuidado Aquél a quien respetáis como a vuestro Padre?” (San Jerónimo, Catena Aurea, ad Mt 10,29). La eternidad del alma no es solo un dogma consolador: es el fundamento de la providencia especial que el Padre ejerce sobre sus testigos. La providencia del Padre y la fortaleza del alma son las dos caras de la misma moneda: la primera es el fundamento objetivo; la segunda, la respuesta subjetiva del discípulo.
San Juan Crisóstomo lleva este argumento a su formulación más brillante en la tradición patrística. Observa que Jesús no promete librar a los apóstoles de la muerte, sino algo más grande: persuadirlos de que la desprecien. «Mucho más que librarlos de la muerte es persuadirlos de que desprecien la muerte» y añade una inversión lógica que ningún otro comentarista había formulado con tanta fuerza: «¿Temen la muerte, y por eso vacilan en predicar? Justamente porque temen la muerte, tienen que predicar, pues la predicación los librará de la verdadera muerte» (San Juan Crisóstomo, Hom. in Matth., 34, 2). El miedo a la muerte, en lugar de ser argumento para el silencio, se convierte en la razón más poderosa para hablar.
Entonces vemos en el fondo del texto una llamada de atención dejarse llevar por el temor al juicio de los hombres o reconocer como el único juicio auténtico a aquel que viene de Dios, es interesante a este propósito un comentario de Benedicto XVI:
«En el evangelio de este domingo encontramos dos invitaciones de Jesús: por una parte, «no temáis a los hombres», y por otra «temed» a Dios (cf. Mt 10, 26. 28). Así, nos sentimos estimulados a reflexionar sobre la diferencia que existe entre los miedos humanos y el temor de Dios. El miedo es una dimensión natural de la vida. Desde la infancia se experimentan formas de miedo que luego se revelan imaginarias y desaparecen; sucesivamente emergen otras, que tienen fundamentos precisos en la realidad: estas se deben afrontar y superar con esfuerzo humano y con confianza en Dios. Pero también hay, sobre todo hoy, una forma de miedo más profunda, de tipo existencial, que a veces se transforma en angustia: nace de un sentido de vacío, asociado a cierta cultura impregnada de un nihilismo teórico y práctico generalizado.
Ante el amplio y diversificado panorama de los miedos humanos, la palabra de Dios es clara: quien «teme» a Dios «no tiene miedo». El temor de Dios, que las Escrituras definen como «el principio de la verdadera sabiduría», coincide con la fe en él, con el respeto sagrado a su autoridad sobre la vida y sobre el mundo. No tener «temor de Dios» equivale a ponerse en su lugar, a sentirse señores del bien y del mal, de la vida y de la muerte. En cambio, quien teme a Dios siente en sí la seguridad que tiene el niño en los brazos de su madre (cf. Sal 131, 2): quien teme a Dios permanece tranquilo incluso en medio de las tempestades, porque Dios, como nos lo reveló Jesús, es Padre lleno de misericordia y bondad.» (Angelus 22 de junio de 2008)
IV. Dar testimonio o negar
El pasaje culmina con la consecuencia práctica de todo lo anterior: «A todo el que me confiese ante los hombres, yo también le confesaré ante mi Padre que está en los cielos; pero a quien me niegue ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre» (vv. 32-33). Negar a Cristo es desvincularse de Él bajo la presión del miedo, actuar como si no hubiera relación. Pedro lo hizo protestando que «no lo conocía» y que no era su discípulo. Ante la tentación de negarlo hemos de recordar que quien no se avergüenza de Cristo ante los hombres, tampoco quedará sin reconocimiento ante el único juez que de verdad importa.
El Catecismo nos recuerda que «El discípulo de Cristo no debe sólo guardar la fe y vivir de ella, sino también profesarla, testimoniarla con firmeza y difundirla». Y todos deben «vivir preparados para confesar a Cristo ante los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (CEC 1816; Lumen Gentium, 42). La expresión «que nunca faltan a la Iglesia» es muy significativa: las persecuciones no son un accidente histórico pasado sino un signo del testimonio cristiano auténtico en cualquier época. No se trata de buscarlas, pero tampoco de sorprenderse ante ellas como si contradijesen lo que Jesús enseñó. Son la forma en que el discípulo se hace semejante al Maestro.
En medio de todo confiamos en que el Espíritu Santo nos asistirá en aquel momento según las palabras del Señor. El Catecismo recoge esta enseñanza afirmando que «el Espíritu Santo es en verdad el protagonista de toda la misión eclesial» (n. 852; Redemptoris Missio, 21). El Espíritu no sustituye la inteligencia ni el carácter del testigo; los potencia desde dentro, los ordena hacia la verdad, los sostiene cuando las fuerzas humanas fallan. El supremo grado de este testimonio tiene un nombre preciso: martirio. El Catecismo lo define como «el supremo testimonio de la verdad de la fe», en el que convergen las tres virtudes teologales y la virtud de la fortaleza (n. 2473). Y la Iglesia guarda con el más exquisito cuidado la memoria de quienes llegaron hasta ese extremo.
V. El siglo XX: el siglo de los mártires
San Juan Pablo II afirmó en diversas ocasiones que el siglo XX fue el que más mártires produjo en la historia de la Iglesia. No es una afirmación retórica. Los regímenes totalitarios del siglo pasado —el nazismo, el comunismo soviético, los Estados anticlericales de América Latina— demostraron con una contundencia histórica sin precedentes que el «no teman» de Jesús no era una exhortación para contextos primitivos sino la descripción de una condición permanente del discipulado cristiano.
En México, la persecución cristera de 1926-1929 produjo una generación de mártires que hoy la Iglesia venera en sus altares. El beato Miguel Pro, jesuita, fue fusilado el 23 de noviembre de 1927 con los brazos extendidos en cruz, gritando «¡Viva Cristo Rey!». San Cristóbal Magallanes y sus veinticinco compañeros —sacerdotes y laicos—, canonizados por Juan Pablo II en el año 2000, dieron sus vidas en circunstancias que recuerdan punto por punto las que Jesús describía en Mateo 10: tribunales civiles, odio sistemático del Estado, ruptura familiar. La sangre de estos mártires es todavía hoy manantial de identidad y fortaleza para el catolicismo latinoamericano.
En Europa, el nazismo y el socialismo produjeron otros mártires. San Maximiliano María Kolbe se ofreció para morir en el búnker del hambre del campo de concentración de Auschwitz en lugar de un padre de familia. La beata María Restituta Kafka fue guillotinada en Viena en 1943 por negarse a retirar crucifijos de los hospitales bajo régimen nazi. El beato Titus Brandsma, carmelita holandés, murió en el campo de Dachau en 1942 después de haber rechazado publicar propaganda nazi en la prensa católica. Detrás de cada nombre hay una teología vivida del pasaje: la certeza de que el Padre cuenta los cabellos de su cabeza, que el Espíritu habla en el momento del juicio, y que confesar a Cristo ante los hombres tiene consecuencias eternas que ningún verdugo puede cancelar. ¿Qué decir de los mártires de nuestro país?
El Salvador ofrece una de las páginas más luminosas y más dolorosas del martirologio latinoamericano. El 12 de marzo de 1977, el jesuita Rutilio Grande era emboscado en la carretera hacia El Paisnal cuando se dirigía a celebrar la Misa, junto con dos compañeros laicos: Manuel Solórzano, de 72 años, y el joven Nelson Lemus, de 15. El 24 de marzo sería asesinado san Óscar Romero, mientras celebraba la Misa en el Hospital de la Divina Providencia. Meses más tarde El beato fray Cosme Spessotto, franciscano de origen italiano, sería asesinado el 14 de junio de 1980 luego de la celebración de la Misa en su parroquia. Pero el testimonio de sangre en El Salvador no se redujo a estos nombres. Cuatro misioneras norteamericanas —tres religiosas de Maryknoll y una ursulina— fueron asesinadas en diciembre de 1980. Varios sacerdotes diocesanos y religiosos corrieron la misma suerte. Y junto a ellos, una multitud silenciosa de catequistas, celebradores de la Palabra y animadores de comunidades que dieron su vida y de los que no siempre quedaron registros.
VI. La persecución hoy
Sería un error presentar la persecución como un fenómeno del pasado. Los datos del siglo XXI muestran que la Iglesia de Cristo sigue siendo en vastísimas regiones del mundo exactamente lo que Jesús describía: ovejas en medio de lobos. Según el informe de Ayuda a la Iglesia Necesitada de 2025, más de 360 millones de cristianos experimentan alguna forma de persecución, discriminación o restricción severa de su libertad religiosa. La geografía de la persecución contemporánea es más extensa que la del Imperio Romano del siglo I.
Nigeria es hoy uno de los epicentros más dolorosos. En el cinturón medio del país, milicias extremistas han arrasado comunidades enteras, quemado iglesias y asesinado a sacerdotes y catequistas. Según ACN, entre 2019 y 2024 más de 52.000 cristianos han sido asesinados en Nigeria. En Nicaragua, el régimen dictatorial ha convertido la persecución a la Iglesia en política de Estado: el obispo Rolando Álvarez fue encarcelado durante meses antes de ser expulsado del país en febrero de 2023, y decenas de sacerdotes han tenido que abandonar la nación.
Uno de los episodios más recientes y más conmovedores de persecución se produjo en Mozambique el 6 de junio de 2026. Monseñor Osório Citora Afonso, obispo de Quelimane y administrador apostólico de la arquidiócesis de Beira, misionero de la Consolata de 54 años, fue asesinado a tiros en su residencia episcopal durante la madrugada. Formado en Roma y Jerusalén, había trabajado años en el Dicasterio para la Evangelización del Vaticano, y era reconocido por su humildad, su profundidad intelectual y su coraje para alzar la voz contra la violencia yihadista que desde 2017 ha arrasado la provincia de Cabo Delgado —más de 300 católicos asesinados, al menos 117 iglesias destruidas. El Papa León XIV expresó su profunda tristeza. El cardenal Fridolin Ambongo, presidente del Simposio de Conferencias Episcopales de África y Madagascar, condenó el crimen como «bárbaro» y exigió justicia. Mons. Citora Afonso había seguido el camino que Jesús describía a sus apóstoles: fue enviado como oveja entre lobos, actuó con prudencia y sencillez, y murió dando testimonio de lo que había vivido.
Conclusión.
El Concilio Vaticano II afirma que el martirio es «un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (Lumen Gentium, 42). Ciertamente no todos estarán llamados al martirio, pero todos hemos de buscar forjar en el corazón una fe y una voluntad de mártir, capaz de dar testimonio en medio de un mundo que de muchos modos persigue al cristiano, con la confianza que el Señor es quien sostiene a su Iglesia.
4. Edificación espiritual (Actuar)
- ¿A qué le tienes miedo cuando se trata de dar a conocer tu fe?
- ¿Qué diferencia ves entre un cristiano prudente y uno cobarde?
- ¿Tu vida atrae a las personas hacia Cristo o las aleja?
- ¿Qué paso concreto puedes dar esta semana para ser más valiente en tu testimonio?