La vocación al don total

Virginidad, Celibato y el Reino de los Cielos

En los artículos anteriores de esta serie hemos recorrido el arco que va desde la creación del hombre hasta su destino escatológico. Contemplamos la belleza del estado original, el drama del pecado, el camino de la redención y la plenitud que aguarda en la resurrección. Queda por explorar una dimensión particular de la Teología del Cuerpo que San Juan Pablo II desarrolla con honda ternura: la vocación a la virginidad o al celibato por el Reino de los cielos. Esta vocación no es un apéndice ni un caso especial; ilumina desde dentro el significado de todo amor humano.


La escena del Evangelio: los discípulos y la respuesta inesperada

Todo comienza con una reacción casi cómica de los apóstoles. Jesús acaba de afirmar la indisolubilidad del matrimonio frente a los fariseos, recordando que desde el principio el Creador los hizo varón y mujer y que lo que Dios unió el hombre no puede separarlo. Los discípulos, al escucharlo, dicen entre sí: «Si tal es la condición del hombre con la mujer, preferible es no casarse» (Mt 19,10).

La respuesta de Jesús no acepta la lógica de ese planteamiento. Los discípulos estaban razonando en clave utilitaria: si el matrimonio es tan exigente, conviene evitarlo. Cristo no sigue esa línea. En su lugar, abre una perspectiva completamente nueva:

«Hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que fueron hechos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se han hecho tales por amor al reino de los cielos. El que pueda entender, que entienda.» (Mt 19,12)

Esas palabras constituyeron una revolución en el contexto judío. En la tradición de la Antigua Alianza, el matrimonio era un estado religiosamente privilegiado. La promesa hecha a Abraham —«serás padre de una muchedumbre de pueblos»— había configurado durante siglos una teología donde la fecundidad carnal era signo de la bendición de Dios. Elegir la continencia voluntaria era algo simplemente incomprensible. Y de repente Jesús la anuncia como una vocación particular y preciosa para el Reino.


Una opción que brota de la libertad del don

Lo primero que San Juan Pablo II subraya es que la continencia por el Reino no se elige por motivos de conveniencia ni como alternativa a algo que no funciona. Quien la elige, la elige porque ha descubierto en ella un valor particular.

«Los que hacen en la vida esta opción «por el reino de los cielos», no observan la continencia por el hecho de que «no conviene casarse», o sea, no por el motivo de un supuesto valor negativo del matrimonio, sino en vista del valor particular que está vinculado con esta opción y que hay que descubrir y aceptar personalmente como vocación propia.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 10 de marzo de 1982)

Esto tiene consecuencias muy concretas para la manera de comprender y de vivir el celibato sacerdotal o la vida consagrada. Un sacerdote o una religiosa que ha elegido este camino porque su experiencia familiar fue dolorosa, o porque el matrimonio le parece demasiado complicado, o porque prefiere la libertad de no tener compromisos domésticos —en ninguno de esos casos está viviendo la vocación de la que habla Cristo. La continencia por el Reino exige una motivación positiva, sobrenatural, personal. Exige haber descubierto algo.


El signo escatológico

¿Qué es ese algo que se ha descubierto? La clave está en la expresión misma que usa Jesús: «por el Reino de los cielos». El que elige la continencia voluntaria anticipa en su cuerpo, aquí en la historia, algo de la vida del «otro mundo», donde los resucitados «ni se casarán ni serán dados en matrimonio» (Mc 12,25). No porque el amor desaparezca, sino porque la plenitud de la comunión con Dios lo colma todo.

«La continencia terrena «por el reino de los cielos» es un signo que indica que el cuerpo, cuyo fin no es la muerte, tiende a la glorificación y, por esto mismo, es ya un testimonio que anticipa la resurrección futura.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 24 de marzo de 1982)

El célibe o la virgen consagrada viven en este mundo como pertenecientes ya al otro, apuntando con su vida entera hacia esa realidad que todos esperamos. Su elección es un lenguaje: dice que hay algo más grande que el amor conyugal, que el corazón humano está hecho para una comunión que lo trasciende todo, que Dios mismo puede ser la respuesta definitiva a la soledad originaria del hombre.


Una semejanza con Cristo

Hay un elemento que los primeros discípulos percibieron antes que nadie: Jesús mismo vivió célibe. No lo dijo explícitamente —la concepción virginal de María era todavía un misterio que ellos desconocían—, pero lo veían en Él cada día. Aquel hombre que proclamaba el Reino de los cielos, que hablaba del amor con una autoridad que venía de dentro, había elegido para sí el camino de la continencia.

Cuando san Juan Pablo II reflexiona sobre esta dimensión, señala que la vocación al celibato lleva en sí «la impronta de una semejanza particular con Cristo». El que la elige, participa de manera singular en el misterio redentor.

«La continencia voluntaria «por el reino de los cielos», la opción de la virginidad o del celibato para toda la vida, ha venido a ser en la experiencia de los discípulos y de los seguidores de Cristo el acto de una respuesta particular al amor del Esposo divino, y ha adquirido el significado de un acto de amor esponsalicio: esto es, de una donación esponsalicia de sí, para corresponder de modo especial al amor esponsalicio del Redentor; una donación de sí entendida como renuncia, pero hecha, sobre todo, por amor.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 21 de abril de 1982)


María y José: los primeros testigos

Hay un modelo histórico de esta fecundidad virginal que la Teología del Cuerpo propone contemplar: el matrimonio de María y José. En él coexisten, de modo misterioso, la perfecta comunión de personas y la continencia voluntaria. No son realidades que se excluyen; se complementan y se iluminan mutuamente.

María y José fueron los primeros en experimentar una fecundidad que no venía de la carne sino del Espíritu Santo. Y esa fecundidad produjo el fruto más alto de la historia: la encarnación del Verbo. Con ello, el matrimonio virginal de Nazaret se convierte en el modelo primordial de una nueva comprensión de la fecundidad: una fecundidad que no tiene por qué ser solo carnal para ser real, plena y desbordante.

«El matrimonio entre María y José encierra en sí, al mismo tiempo, el misterio de la perfecta comunión de las personas en el pacto conyugal, y a la vez el misterio de esa singular continencia por el reino de los cielos que servía, en la historia de la salvación, a la perfecta fecundidad del Espíritu Santo.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 24 de marzo de 1982)


Complementariedad, no competencia

La Teología del Cuerpo insiste con firmeza en que virginidad y matrimonio no se contraponen. Son dos vocaciones que se iluminan mutuamente y que la comunidad cristiana necesita en su conjunto.

El matrimonio revela algo esencial sobre el celibato: que la continencia no es huida del amor sino su expresión en otra forma. El célibe que nunca ha comprendido el valor del amor esponsal y la entrega conyugal difícilmente sabrá vivir su propia vocación desde una motivación positiva. Necesita entender a lo que renuncia, precisamente para darse cuenta de la grandeza de lo que elige en su lugar.

Y el celibato, a su vez, ilumina el matrimonio con una luz particular. Señala que el amor conyugal, con toda su belleza y su exigencia, es ya una anticipación de algo mayor, que todo amor auténtico tiende hacia Dios, que la donación esponsal apunta más allá de sí misma.

«El matrimonio ayuda a comprender la continencia por el reino de los cielos, y la misma continencia arroja una luz particular sobre el matrimonio visto en el misterio de la creación y de la redención.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 31 de marzo de 1982)


La fecundidad espiritual: una maternidad y una paternidad reales

Quienes viven la continencia por el Reino no renuncian a ser padres o madres. Lo son de otra manera. La paternidad espiritual de un sacerdote y la maternidad espiritual de una religiosa son tan reales como la paternidad y maternidad física —a veces más profundas, porque llegan al corazón de personas que nadie más alcanza.

El amor esponsalicio que encuentra su expresión en la continencia por el Reino lleva, en su desarrollo normal, a una paternidad o maternidad espiritual: esa fecundidad del Espíritu Santo de la que habla la catequesis. El célibe que no genera vida espiritual, que no cuida, que no acompaña, que no entrega, está viviendo su continencia de manera incompleta. Como la castidad esponsal en el matrimonio llama a la paternidad y maternidad físicas, la castidad celibataria llama a la paternidad y maternidad espirituales.

«El amor esponsalicio que encuentra su expresión en la continencia «por el reino de los cielos» debe llevar en su desarrollo normal a la «paternidad» o «maternidad» en sentido espiritual, de manera análoga al amor conyugal que madura en la paternidad y maternidad física.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 14 de abril de 1982)


La vocación ordinaria y la excepcional

Una precisión que la Teología del Cuerpo introduce y que resulta importante para la formación de los jóvenes es que la vocación ordinaria del ser humano es el matrimonio. El celibato por el Reino es la excepción, la llamada especial, el don extraordinario. No es una huida de algo menor hacia algo mayor; es la respuesta a una llamada que sale del camino común y entra en otro.

Esto significa que quien discerne su vocación no necesita preguntarse si está llamado al matrimonio —esa es su condición natural como persona creada varón o mujer, orientada a la comunión. La pregunta pertinente es si está llamado a salir de ese camino común para seguir el camino excepcional del celibato. Y esa llamada, cuando es auténtica, viene dada como un don: «No todos entienden esto, sino aquellos a quienes ha sido dado» (Mt 19,11).

«La continencia «por el reino de los cielos», la opción carismática, es una excepción respecto al otro estado, esto es, al estado del que el hombre «desde el principio» vino a ser y es partícipe durante toda la existencia terrena.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 10 de marzo de 1982)


La misma raíz: el significado esponsal del cuerpo

Hay algo que une la vocación al matrimonio y la vocación al celibato en lo más hondo. Ambas brotan del mismo significado esponsal del cuerpo, de esa capacidad inscrita en la masculinidad y la feminidad de hacerse don para otro. En el matrimonio, ese don se realiza en la entrega conyugal al cónyuge y en la apertura a los hijos. En el celibato por el Reino, ese mismo don se realiza en la entrega total a Dios, que se convierte en Esposo del alma, y en la fecundidad espiritual que de esa entrega brota.

Por eso la continencia verdadera no anula la masculinidad ni la feminidad. El sacerdote sigue siendo hombre; la religiosa sigue siendo mujer. Son esas realidades corporales las que expresan, en la continencia, un don total que tiene la estructura del amor esponsal. No se trata de un amor disminuido o compensatorio, sino del mismo amor elevado hasta su punto de máxima transparencia: la entrega de todo a Aquel que lo es todo.

«Basándose en la misma disposición del sujeto personal y en el mismo significado esponsalicio de ser, en cuanto cuerpo, varón o mujer, puede plasmarse el amor que compromete al hombre en el matrimonio para toda la vida, pero puede plasmarse también el amor que compromete al hombre para toda la vida en la continencia «por el reino de los cielos».» (San Juan Pablo II, Catequesis del 28 de abril de 1982)


Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.