Matrimonio, Celibato y el Amor Esponsal de Cristo
En los artículos anteriores de esta serie hemos recorrido el mapa completo que San Juan Pablo II despliega en la Teología del Cuerpo: el hombre original, el pecado, la redención, el horizonte escatológico y la vocación al celibato por el Reino. En este octavo artículo llegamos a lo que el Papa llama la clave hermenéutica de todo lo anterior: el amor esponsal de Cristo por la Iglesia, revelado en la Carta a los Efesios. Desde esa clave se ilumina tanto el matrimonio como el celibato, y se comprende por qué el cuerpo —varón y mujer— fue siempre mucho más que biología.
La renovación bautismal como punto de partida
Antes de entrar en Efesios 5, conviene repasar la arquitectura de todo lo que venimos construyendo. El hilo conductor de la Teología del Cuerpo es sencillo: Dios creó al hombre para la comunión; el pecado rompió esa comunión; Cristo vino a restaurarla. En esa dinámica, el bautismo ocupa un lugar central: es el umbral por el que cada persona pasa de la autonomía rota al filiación restaurada.
La Iglesia recuerda ese umbral cada año en la Vigilia Pascual, cuando renueva sus promesas bautismales. El que se bautiza renuncia a Satanás y a todas sus obras y promesas vacías, y dice sí a Cristo. Ese gesto no es mero rito externo: es el mismo lenguaje del cuerpo puesto al servicio de la fe, el mismo lenguaje que la Teología del Cuerpo ha ido descubriendo desde el principio. Y es también el fundamento de las vocaciones, porque para que el matrimonio sea sacramento ambos cónyuges deben estar bautizados, es decir, deben estar ya en relación con Cristo antes de poder ser el uno para el otro signo de su amor.
La complementariedad de las vocaciones
Toda vocación cristiana brota de esa relación de filiación con Dios. El celibato por el Reino es la vocación de quien vive íntegramente como hijo o hija de Dios, orientando toda su existencia hacia ese amor vertical que precede y fundamenta el amor horizontal. El matrimonio es la vocación de quienes, enraizados también en esa filiación, se hacen don el uno al otro a imagen de cómo Dios se da a su pueblo.
Ambas vocaciones se complementan, se necesitan y se iluminan mutuamente. La vida de los cónyuges recuerda al célibe que el amor tiene un rostro concreto y encarnado; la vida del célibe recuerda a los esposos que su amor apunta más allá de sí mismo, hacia la plenitud que solo Dios puede dar. El que elige el celibato valora el matrimonio precisamente porque entiende lo que renuncia; el que se casa comprende mejor su vocación cuando sabe que el modelo de su amor es el amor de Cristo, que es amor celibatario entregado hasta la muerte.
«La renuncia al matrimonio es, al mismo tiempo, una particular forma de afirmar el valor de lo que el no casado consistentemente se abstiene. Medimos las cosas por lo que estamos dispuestos a sacrificar para obtenerlas.»
(San Juan Pablo II, Catequesis del 28 de abril de 1982)
La clave de todo: Efesios 5
Llegamos ahora al texto que San Juan Pablo II llama el «coronamiento» de toda la Teología del Cuerpo. San Pablo escribe a los Efesios:
«Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla… Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Gran misterio es éste, pero yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia.» (Ef 5,25-32)
El Apóstol hace algo extraordinario: toma el texto más antiguo sobre el matrimonio en toda la Escritura —«dejarán al padre y a la madre y serán una sola carne» (Gén 2,24)— y lo lee a la luz del amor de Cristo por la Iglesia. No como ilustración ni como metáfora decorativa. Lo llama mysterion megas, «gran misterio». Con ello está diciendo que el matrimonio, desde el principio de la creación, contenía ya en su interior una orientación hacia la realidad que se revelaría plenamente en Cristo.
«La continuidad de la iniciativa salvífica de Dios constituye la base esencial de la gran analogía contenida en la Carta a los Efesios. Esta continuidad significa la continuidad e incluso la identidad del misterio en las diversas fases de su revelación: en la fase «más antigua» desde el punto de vista de la historia del hombre, y en la fase «de la plenitud de los tiempos».»
(San Juan Pablo II, Catequesis del 8 de septiembre de 1982)
El amor esponsal de Cristo como clave hermenéutica
La gran tesis que emerge de Efesios 5 es que el amor de Cristo por la Iglesia tiene estructura esponsal. Cristo se entregó a la Iglesia como un esposo se entrega a su esposa: totalmente, hasta el fin, sin reservas. En ese acto redentor hay algo que el Apóstol reconoce como nupcial: la donación de sí hasta la muerte, el deseo de la santidad y la belleza del amado, la voluntad de que la Iglesia aparezca «gloriosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada» (Ef 5,27).
El bautismo es el primer fruto de ese amor esponsal: a través de él Cristo purifica a su Esposa y la prepara para la unión definitiva. La Eucaristía es la expresión continua de ese mismo amor: Cristo «alimenta y abriga» a su Iglesia como el esposo cuida de su propia carne. El amor de Cristo no es un amor abstracto; se hace visible en los sacramentos, que son el modo en que ese amor celibatario y esponsal del Señor llega a la historia concreta de cada bautizado.
«Al entregarse a sí mismo por la Iglesia, con el mismo acto redentor Cristo se unió de una vez para siempre con ella, como el esposo con la esposa, como el marido con la mujer. El misterio de la redención del cuerpo lleva en sí, de alguna manera, el misterio de las bodas del Cordero.»
(San Juan Pablo II, Catequesis del 18 de agosto de 1982)
Lo que esto revela sobre el matrimonio
El matrimonio cristiano, a la luz de Efesios 5, no es solo una institución natural ni un contrato civil. Es el signo visible de una realidad que trasciende la historia: el amor de Dios por la humanidad, que ha tomado forma nupcial en la relación de Cristo con su Iglesia.
Esto tiene consecuencias muy concretas para cómo los esposos entienden y viven su amor. El marido que ama a su mujer «como Cristo amó a la Iglesia» está llamado a un amor que se entrega sin calcular, que busca la santidad y el florecimiento del otro, que no se apropia sino que se da. La mujer que recibe ese amor y corresponde a él desde la libertad del don completa la imagen de la Iglesia que acoge la donación de Cristo y le responde con su propio sí.
La «sumisión» de la que habla San Pablo no es subordinación de dignidad sino estructura del amor: en toda relación de amor auténtico hay un recibir y un dar, hay una asimetría que no daña sino que fecunda. Cristo da; la Iglesia recibe y responde. El esposo ama; la esposa acoge ese amor y lo corresponde. En ambos casos la dinámica es la misma que vimos desde el principio: el Padre quiere el bien, el hijo se fía y se entrega, el Espíritu es el fruto de ese amor.
«La relación nupcial que une a los cónyuges debe ayudarnos a comprender el amor que une a Cristo con la Iglesia. Pero al mismo tiempo, la analogía descubre la verdad esencial sobre el matrimonio: que corresponde a la vocación de los cristianos únicamente cuando refleja el amor que Cristo-Esposo dona a la Iglesia.»
(San Juan Pablo II, Catequesis del 18 de agosto de 1982)
Lo que esto revela sobre el celibato
La misma clave de Efesios 5 ilumina el celibato desde una perspectiva que pocas veces se articula con tanta precisión. Cristo, que es el modelo del esposo que ama hasta la muerte, vivió célibe. Su amor esponsal por la Iglesia no pasó por el matrimonio humano, sino por la entrega total de sí en la cruz y la autodonación continua en los sacramentos.
El sacerdote o el consagrado que vive el celibato por el Reino está llamado a encarnar ese mismo amor: el amor de Cristo-Esposo por su Iglesia, un amor que no tiene otro destinatario que ella, que no guarda nada para sí, que se entrega sin dividirse. Solo desde esa comprensión el celibato tiene sentido y, más aún, belleza. El que lo vive como renunciaa algo, pero no descubre en esa renuncia el amor que la fundamenta, vivirá en vacío. El que lo vive como respuesta al amor del Esposo divino, lo vive con gozo.
Por eso la clave para entender la sacramentalidad del matrimonio es el amor de Cristo por su Iglesia, y ese amor es un amor celibatario. Matrimonio y celibato no son mundos separados: son dos expresiones del mismo significado esponsal del cuerpo, dos maneras de participar en el único amor que da sentido a todo amor humano.
El gran misterio que todo lo contiene
Cuando San Pablo llama al matrimonio mysterion megas, está señalando que desde el principio el amor humano fue portador de algo que lo excede. No lo suplanta: lo cumple. El amor entre un hombre y una mujer que se entregan el uno al otro en el matrimonio no es solo un asunto humano; es un signo sacramental que apunta al amor de Dios por la humanidad, que es ese amor el que lo hace posible y lo sostiene.
El cuerpo —varón y mujer, en su capacidad de donarse mutuamente— siempre fue lenguaje de algo más grande que sí mismo. Lo fue en el jardín del Edén, cuando Adán reconoció a Eva como hueso de sus huesos y carne de su carne. Lo es en cada matrimonio cristiano que vive la entrega sin reservas. Lo es en cada vida consagrada que anticipa la comunión definitiva. Y lo será en la plenitud escatológica, cuando toda imagen ceda el paso a la realidad y el amor humano, purificado y glorificado, encuentre en Dios su origen y su meta.
«El matrimonio correspondiendo a la vocación de los cristianos, en su esencia más profunda, emerge del misterio del amor eterno de Dios al hombre y a la humanidad: de ese misterio salvífico que se realiza en el tiempo mediante el amor nupcial de Cristo a la Iglesia.»
(San Juan Pablo II, Catequesis del 18 de agosto de 1982)
Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.