El Sacramento Primordial

El Matrimonio desde la Creación hasta la Redención

En el artículo anterior recorrimos la gran analogía de Efesios 5: el amor esponsal de Cristo por la Iglesia como clave hermenéutica de toda la Teología del Cuerpo. En este noveno artículo de la serie profundizamos en lo que San Juan Pablo II descubre al fondo de esa analogía: el matrimonio es el sacramento primordial, inscrito en la obra misma de la creación, y su historia recorre toda la historia de la salvación.


El matrimonio en el plan eterno de Dios

La Carta a los Efesios comienza con una visión deslumbrante: antes de que existiera el mundo, el Padre eligió a la humanidad en Cristo para que fuera «santa e inmaculada ante Él» (Ef 1,4). Esa elección eterna es anterior a la creación y anterior al pecado. El hombre y la mujer fueron creados dentro de ese misterio de amor que el Padre tenía para ellos en su Hijo.

Esto ilumina el estado de la inocencia originaria de una manera completamente nueva. Adán y Eva eran personas envueltas en la gracia de la elección divina, llamadas a ser hijos adoptivos del Padre. La desnudez sin vergüenza, el don mutuo sin miedo, la comunión sin ruptura: todo eso era el fruto de esa elección eterna actuando en ellos desde el primer instante de su existencia.

En ese estado de inocencia originaria fue instituido el matrimonio. El Creador trajo a la mujer al hombre, el hombre la reconoció como «hueso de mis huesos y carne de mi carne», y en ese reconocimiento quedó inscrita la norma del matrimonio: «por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Gén 2,24).

«El matrimonio, instituido en el contexto del sacramento de la creación, no debía servir sólo para prolongar la obra de la creación —la procreación—, sino también para extender sobre las posteriores generaciones de los hombres los frutos sobrenaturales de la elección eterna del hombre por parte del Padre en el Hijo eterno.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 6 de octubre de 1982)


El cuerpo como signo visible del misterio invisible

Todo sacramento es un signo visible de una realidad invisible. El cuerpo humano —en su masculinidad y feminidad— es precisamente ese signo. Lo fue desde el principio de la creación, porque fue creado para eso.

El hombre varón y la mujer, al darse mutuamente en el matrimonio, hacen visible en el mundo algo escondido en la mente de Dios desde la eternidad: que Dios mismo es amor que se entrega, que quiere la comunión con el ser humano, que su misterio interno es una donación trinitaria de personas que se dan y se reciben. El cuerpo, al expresar el don de sí en la unión conyugal, es sacramento de ese misterio.

Por eso San Juan Pablo II puede decir que el matrimonio es sacramento primordial: es el primer signo eficaz de la gracia en la historia del mundo. Antes que el Bautismo, antes que la Eucaristía, antes que cualquier rito de la Antigua o Nueva Alianza. La primera liturgia de la historia fue el matrimonio de Adán y Eva.

«El sacramento, como signo visible, se constituye con el hombre, en cuanto cuerpo, mediante su visible masculinidad y feminidad. En efecto, el cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la eternidad en Dios.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 6 de octubre de 1982)


El pecado no destruyó el signo

Vino el pecado original y la inocencia se rompió. La vergüenza apareció donde antes había transparencia; la concupiscencia entró donde antes había libertad de don; la dominación reemplazó a la comunión. El matrimonio perdió la eficacia sacramental del principio, esa capacidad de transmitir la gracia con la pureza originaria.

Aun así, el signo permaneció. El matrimonio siguió siendo matrimonio. El cuerpo siguió siendo cuerpo. La unión entre varón y mujer siguió señalando el misterio del amor de Dios por la humanidad, aunque ahora lo hiciera desde dentro de la herida, oscurecido por la concupiscencia y desfigurado por la dominación. Como una lámpara cubierta de polvo que sigue siendo lámpara y sigue guardando luz dentro.

Los profetas del Antiguo Testamento captaron esa continuidad. Oseas, Ezequiel, Isaías: todos recurrieron a la imagen del amor esponsal para hablar de la relación entre Yahvé y su pueblo. Yahvé es el esposo; Israel es la esposa infiel que se ha ido detrás de otros amores. Y el esposo no repudia: busca, llama, promete. Isaías pone en boca de Dios palabras que arden de ternura:

«Tu marido es tu Hacedor, que se llama Yahvé de los ejércitos, y tu Redentor es el Santo de Israel… Por un breve momento te abandoné, pero con gran compasión te recogeré… mi amor misericordioso no se apartará de ti, ni mi alianza de paz se quebrantará.» (Is 54,5-10)

Esa tradición profética descubría que la razón por la que el amor conyugal puede ser imagen del amor de Dios es que el amor de Dios tiene estructura esponsal desde la eternidad. El matrimonio humano apunta hacia algo porque ese algo es lo que le da su sentido más profundo.


Cristo restaura y eleva el sacramento

Cuando Cristo responde a los fariseos que preguntan sobre el divorcio, se remite al principio: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y mujer?» (Mt 19,4). Con esa remisión al principio, Cristo confirma la indisolubilidad del matrimonio y, al mismo tiempo, abre el matrimonio a las fuerzas que brotan del misterio de la redención.

El sacramento de la redención recoge y transforma el sacramento primordial. La gracia de Cristo ilumina lo que el pecado había oscurecido. La vida según el Espíritu ordena lo que la concupiscencia había desordenado. La indisolubilidad se vuelve posible —difícil, pero posible— desde la fuerza que brota de la cruz. Lo que Cristo restaura en el matrimonio es su capacidad de ser signo transparente del amor de Dios, esa transparencia que el estado de inocencia originaria tenía y que la redención devuelve como tarea y como don.

«El matrimonio, como sacramento que nace del misterio de la redención y que renace del amor nupcial de Cristo y de la Iglesia, es una expresión eficaz de la potencia salvífica de Dios, que realiza su designio eterno incluso después del pecado y a pesar de la triple concupiscencia oculta en el corazón de cada hombre, varón y mujer.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 1 de diciembre de 1982)


El matrimonio como gracia y como ethos

San Juan Pablo II subraya que el matrimonio, en el orden de la redención, es concedido a los esposos de dos maneras a la vez: como gracia y como ethos.

Como gracia significa que Dios mismo actúa en el matrimonio sacramental, que los esposos cuentan con una fuerza que viene de arriba y sostiene lo que humanamente sería imposible sostener, que el amor de Cristo por la Iglesia es el modelo y también la fuente del amor conyugal.

Como ethos significa que el sacramento convoca la libertad humana. Los esposos son llamados a vivir según el Espíritu, a dominar la concupiscencia, a asumir la indisolubilidad como vocación. El matrimonio es el lugar donde el eros y el ethos se encuentran y se fecundan mutuamente: el deseo ordenado hacia el bien del otro, la libertad del don que se renueva cada día.

Esta doble dimensión tiene consecuencias muy concretas. El sacramento actúa, y los esposos responden. La gracia habilita la libertad, y la libertad corresponde a la gracia. Entender el sacramento solo como eficacia automática empobrece la vocación; vivirlo solo como esfuerzo moral agota sin fruto. La Teología del Cuerpo sostiene que es las dos cosas a la vez.


El bautismo, la Eucaristía y el matrimonio

El texto de Efesios 5 alude, de modo discreto pero real, a los sacramentos de la Iglesia en relación con el matrimonio. Cuando San Pablo escribe que Cristo «amó a la Iglesia y se entregó por ella… purificándola mediante el lavado del agua con la palabra» (Ef 5,25-26), está hablando del Bautismo. Y cuando habla de Cristo que «alimenta y abriga» a su Iglesia como el esposo cuida su propia carne (Ef 5,29), está evocando la Eucaristía.

El matrimonio cristiano guarda con estos sacramentos una relación profunda. Los sacramentos de iniciación tienen una lógica análoga a la del matrimonio: en el Bautismo se hacen promesas, y la Eucaristía las renueva y confirma repetidamente. En el matrimonio se hacen votos, y la unión conyugal los renueva y confirma cada vez que los esposos se dan el uno al otro. En ambos casos hay una promesa inicial que funda todo, y una renovación continua que la mantiene viva.

Por eso vivir el matrimonio como mero cumplimiento de un compromiso jurídico es quedarse en la superficie. El matrimonio sacramental es una liturgia doméstica, una renovación cotidiana del voto de amor, una participación en la vida que Cristo da a su Iglesia.


La esperanza del matrimonio

La última clave que San Juan Pablo II ofrece en estas catequesis es la de la esperanza. El matrimonio tiene una orientación escatológica. «En la resurrección ni se casarán ni serán dadas en matrimonio», dijo Cristo a los saduceos, porque en el mundo futuro el sacramento cederá el paso a la realidad que significaba. El matrimonio apunta hacia las bodas definitivas del Cordero.

Mientras tanto, cada matrimonio cristiano es signo de esperanza en el mundo. En un mundo donde el amor se negocia, el matrimonio indisoluble dice que el amor puede ser total. En un mundo donde la concupiscencia domina, el matrimonio casto dice que el cuerpo puede ser don. En un mundo donde la muerte parece la última palabra, el matrimonio que genera vida dice que hay algo que viene del Padre y permanece para siempre.

«El matrimonio, como sacramento primordial que renace del amor nupcial de Cristo y de la Iglesia, proviene del Padre. Y si el mundo pasa con sus concupiscencias, el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.» (San Juan Pablo II, Catequesis del 1 de diciembre de 1982)


Artículo preparado en base a las Catequesis de san Juan Pablo II sobre el amor humano y un curso sobre Teología del Cuerpo del P. Sean Kilcawley de la diócesis de Lincoln.