«Los hombres tienen muchas opiniones, te confunden con profetas, con sabios, con gente grande. Pero yo les pregunto a ustedes que han estado conmigo tres años, ¿quién soy yo? Y entonces la voz del primer Papa es la que responde: -Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo,- en Ti, se ha encarnado toda la grandeza de Dios,,, Tú eres la esperanza de la redención de los hombres,,, tú eres todo». Y la respuesta de Cristo: -«Bienaventurado Simón, eso que acabas de decir no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Eso es fe. Tú crees y la re, como acaba de decir aquí el locutor de la Misa, es iniciativa de Dios. Dios la da y a ti te la ha dado en toda su plenitud. Tú me has descubierto, en medio de los hombres, yo soy el hijo de Dios, yo abarco la creación, por mí fueron hechas todas las cosas, yo soy la esperanza del mundo. ¡Dichoso que me conoces! Y por eso te digo, tú eres Pedro, tú eres piedra, esa fe que acabas de confesar es el fundamento de esta Iglesia, para eso voy a organizar mi Iglesia, para mantener entre los hombres la fe en el verdadero Dios, para que siga proclamando durante los siglos que yo soy Cristo, el Hijo de Dios vivo». (San Óscar Romero, Homilía del 27 de agosto de 1978)
1. Celebración de la Palabra (Ver)
• Is 22, 19-23. Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David.
• Sal 137. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.
• Rm 11, 33-36. De él, por él y para él existe todo.
• Mt 16, 13-20. Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos
¿Quién es Jesús para la gente hoy?
2. Catequesis (Juzgar)
En el XXI Domingo de Tiempo Ordinario Ciclo A continuamos la reflexión del Evangelio de san Mateo, damos un salto al capítulo 16. Jesús llega con sus discípulos a Cesarea de Filipo, una ciudad edificada en honor del emperador y situada junto a un antiguo santuario dedicado al dios Pan, y precisamente allí, lejos del ambiente religioso conocido de Israel, formula primero una pregunta general que cualquiera podría responder sin comprometerse, «¿quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», para volverse enseguida hacia los que caminan con Él y plantearles la pregunta que ya reclama una respuesta personal, «y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?», quedando así trazada, entre esas dos preguntas, toda la distancia que separa el conocimiento recibido de segunda mano del conocimiento que nace de un encuentro propio.
Los discípulos responden citando las opiniones que habían escuchado circular entre la gente, mencionando a Juan el Bautista, a Elías, a Jeremías y a los profetas en general, de modo que queda de manifiesto que la multitud reconocía en Jesús una figura religiosa admirable, situándolo dentro de la larga serie de los grandes enviados de Dios, porque cada una de esas comparaciones, siendo verdadera en su intención de honrarlo, dejaba a Jesús clasificado entre los precursores en lugar de reconocerlo como Aquel hacia quien todos esos precursores estaban orientados desde el principio.
Simón Pedro toma entonces la palabra y pronuncia la primera confesión de fe de todo el evangelio, diciendo «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo», una frase que reúne en pocas palabras dos afirmaciones de enorme densidad, porque llamarlo Cristo es reconocerlo como el Ungido esperado por Israel, aquel que recapitula en su persona la dignidad del profeta, la del sacerdote y la del rey, ya que los tres recibían la unción según la antigua Ley, y llamarlo Hijo de Dios vivo es afirmar algo que ningún profeta anterior había podido reclamar para sí, distinguiendo con esa sola palabra al Dios verdadero, fuente de toda vida, de los ídolos muertos que los pueblos paganos veneraban precisamente en templos como el que se alzaba junto a esa misma ciudad.
Jesús responde declarando bienaventurado a Simón, y lo hace señalando de dónde procede esa confesión, porque emplea una expresión semita muy concreta al decir que «no te lo reveló la carne ni la sangre», con la cual excluye a la vez el razonamiento humano y la simple tradición recibida de los mayores, afirmando que ha sido el Padre celestial quien se lo ha dado a conocer, y estableciendo de este modo que la fe pertenece al orden del don antes que al del mérito, siendo siempre reconocer a Jesús como Hijo de Dios el resultado de una iniciativa que viene de lo alto y que el creyente únicamente acoge.
«Caro et sanguis non revelavit tibi […]: no te lo reveló la carne y la sangre, esto es, no lo tuviste por la tradición de los judíos, sino por revelación de Dios. […] No lo tienes por industria natural, sino por mi Padre. Pues nadie conoce al Hijo sino el Padre. Porque es propio de aquel manifestar, de quien es propio conocer.»
Santo Tomás de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, cap. 16, lección 2.
Benedicto XVI, predicando sobre este mismo pasaje ante una multitud de jóvenes reunidos en Madrid, explicó esta misma gratuidad situándola en el corazón de lo que significa creer, afirmando que la fe compromete a la persona entera y no solamente su entendimiento, con lo cual la confesión de Pedro queda entendida como un acto que involucra su inteligencia, su voluntad y su afecto, todo movido por una gracia que lo precede y que él simplemente recibe.
«La fe no es fruto del esfuerzo humano, de su razón, sino que es un don de Dios […]. Tiene su origen en la iniciativa de Dios, que nos desvela su intimidad y nos invita a participar de su misma vida divina. La fe no proporciona solo alguna información sobre la identidad de Cristo, sino que supone una relación personal con Él, la adhesión de toda la persona, con su inteligencia, voluntad y sentimientos, a la manifestación que Dios hace de sí mismo.»
Benedicto XVI, homilía en la Santa Misa de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, Madrid, 21 de agosto de 2011.
A la confesión de Pedro corresponde entonces una segunda declaración de Jesús, formulada con la misma solemnidad, cuando dice «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia», dándole con ello un nombre nuevo que en toda la tradición bíblica acompaña siempre el inicio de una vocación, del mismo modo que Abram recibió el nombre de Abraham y Jacob recibió el nombre de Israel, quedando así establecido que recibir este nombre significa recibir también una misión que antes no tenía.
El nombre de piedra pertenece en el Antiguo Testamento al vocabulario reservado a Dios mismo, siendo llamado roca en los salmos y en el cántico de Moisés, lo cual convierte en un gesto verdaderamente asombroso que Jesús transfiera ese nombre a un hombre concreto, y la tradición ha entendido siempre este gesto reconociendo que Pedro recibe el nombre de piedra en cuanto confiesa la verdad sobre Cristo, participando de ese modo en una solidez que pertenece originalmente a Dios y que a Cristo mismo, sin ninguna clase de mediación, pertenece por naturaleza.
«¿Acaso son fundamento Cristo y Pedro? Ha de decirse que Cristo lo es por sí mismo, pero Pedro en cuanto tiene la confesión de Cristo, en cuanto es su vicario. […] Cristo es fundamento por sí mismo, y los apóstoles lo son por concesión de Cristo y por la autoridad dada por Cristo.» Santo Tomás de Aquino, Super Mt., cap. 16, lección 2.
Cuando promete edificar su Iglesia, Jesús recoge el mismo término con que la antigua traducción griega de las Escrituras designaba a la asamblea que Dios había convocado en el monte Sinaí, mostrando con esa elección que su intención no es fundar una comunidad religiosa distinta del pueblo elegido: es convocar a ese mismo pueblo llevado ahora a su cumplimiento, reunido alrededor de aquel a quien Pedro acaba de confesar como Hijo de Dios vivo.
La promesa continúa con la entrega de las llaves del reino de los cielos, imagen tomada del libro del profeta Isaías, donde Dios retira su cargo a un mayordomo infiel y lo entrega a otro llamado Eliaquim, otorgándole la llave de la casa de David con la fórmula de que abrirá y nadie cerrará, y cerrará y nadie abrirá, de manera que Pedro recibe con esta misma imagen el oficio del mayordomo que administra la casa en nombre del rey, quedando siempre el reino en propiedad de Cristo y quedando Pedro constituido en su servidor autorizado para gobernarlo.
La expresión atar y desatar procede del vocabulario que los maestros de Israel empleaban para declarar prohibido o permitido algo según la Ley, y también para admitir o excluir a alguien de la comunidad, de modo que en estas dos palabras queda comprendida tanto la autoridad para enseñar con garantía la doctrina recibida como la potestad para gobernar la vida concreta de los creyentes, siendo ambas cosas ejercicio de un mismo oficio recibido de Cristo.
Cuando Jesús afirma que las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia, emplea una imagen que en el mundo semita designaba el poder de una ciudad, porque junto a las puertas se sentaban los ancianos para impartir justicia, y aplicada a la morada de los muertos la expresión anuncia que la fortaleza de la muerte no logrará retener a la Iglesia edificada sobre esta confesión, situando de este modo la promesa entera dentro del horizonte de la resurrección, que es precisamente lo que la muerte nunca consigue impedir.
El mismo capítulo que registra esta promesa registra también, unos versículos más adelante, el momento en que Jesús llama a Pedro con el nombre de Satanás por oponerse al anuncio de su propia pasión, dejando ver con esta cercanía entre los dos episodios que la solidez prometida a la Iglesia no descansa en la firmeza personal del apóstol: descansa en Cristo, que edifica y que sostiene, mientras Pedro permanece siendo, en su propia humanidad, tan frágil como cualquier discípulo llamado a seguirlo.
Jesús ordena entonces a sus discípulos que no digan a nadie que él es el Cristo, y esta orden de silencio se comprende mejor cuando se advierte que el título de Mesías estaba cargado en Israel de expectativas políticas capaces de desfigurar por completo el sentido de su misión, de modo que Jesús prefiere esperar a que la propia cruz llene esa palabra de su significado verdadero, dejando que sus discípulos aprendan primero a través de qué camino habrá de manifestarse su gloria, antes de que se proclame abiertamente un título que una multitud todavía no preparada correría el riesgo de malinterpretar.
Toda esta escena queda, finalmente, orientada hacia la vida de la Iglesia entera, porque la confesión que Pedro pronuncia en nombre propio se convierte de inmediato en fundamento de una comunidad, y el Papa Francisco, predicando sobre este mismo pasaje el día de los santos Pedro y Pablo, llevó la pregunta de Jesús directamente a la vida de quien lo escucha, recordando que de poco sirve conocer los artículos de la fe cuando esa fe no llega a convertirse en la orientación concreta de la propia existencia.
«Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. Pues de poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida. Él nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: “¿Quién soy yo para ti?”.»
Francisco, homilía, 29 de junio de 2017.
Benedicto XVI había señalado ya, en esa misma línea, que esta fe recibida como don se vive necesariamente en comunión con los demás creyentes, apoyándose cada uno en la fe de sus hermanos y sirviendo igualmente de apoyo para la fe de otros, de manera que la confesión de Pedro, pronunciada en singular ante Jesús, termina convirtiéndose, por la propia lógica del texto, en el fundamento de una Iglesia entera y no en la posesión privada de un solo hombre.
La pregunta de Cesarea de Filipo permanece, entonces, siempre actual, porque cada generación de creyentes ha de responderla de nuevo, pronunciando cada vez, con la misma libertad con que la pronunció Pedro, un reconocimiento vivo que se distingue de cualquier fórmula repetida de memoria, un reconocimiento que solamente la gracia hace posible, y que al ser acogido convierte a quien lo recibe, del mismo modo que convirtió a Simón, en piedra viva de un edificio que Cristo mismo sostiene y que ninguna fuerza, ni siquiera la de la muerte, logrará derribar.
3. Edificación espiritual (Actuar)
Si Jesús te preguntara hoy, a ti directamente, «¿quién dices que soy yo?», ¿qué le responderías con tus propias palabras?
Alguna vez tu idea de Jesús fue más una opinión aprendida que un encuentro personal? ¿Qué la cambió?
¿Qué significa para ti que la Iglesia no dependa de la fuerza de sus miembros, sino de Cristo que la sostiene?
¿Vivimos nuestra fe más en soledad o apoyándonos unos en otros? ¿Qué ejemplo de esto vemos en nuestra propia comunidad?